
La fiebre del biodiésel es comparable a la fiebre del oro de antaño: es tal el ansia de producir este combustible que en países como México, el precio del maíz se incrementa día por día por el encarecimiento del cereal por culpa de empresarios norteamericanos que ya lo pagan a buen precio para estos fines. Y es que ya le han debido de ver la parte buena, el sacar beneficio a costa de un combustible que cuesta relativamente poco producirlo. De ahí a que se convierta en el motor que mueve el mundo, como le pasa al petróleo, hay un paso. Y si no, al tiempo.
El caso es que el biodiésel se puede sacar casi de cualquier materia orgánica: grasas animales, vegetales, algas. Vamos, que no hay animal o planta que se salve. De aquí a unos años, me lo estoy viendo: “¿desea enterrar a su marido, incinerarlo o bien donarlo para biodiésel?”. Bien, bromas aparte, la imaginación al poder. Y sin ir más lejos, Anfaco-Cecopesca, un centro tecnológico pesquero gallego se propone extraer el biocombustible de los “efluentes de la industria conservera de productos marinos”. Es decir, en cristiano, del sobrante del pescado. Diego Paz, responsable de este centro dice que “en determinadas etapas de los procesos productivos se generan efluentes con alto contenido graso procedente de las materias primas o de los líquidos de cobertura que se introducen en los productos en conserva”. Que aquí ya no se tira nada, vamos. Del pescado, igual que el cerdo, vamos a aprovechar hasta los andares. Sin entrar en detalles demasiado escabrosos, tan sólo habría que separar estas grasas del agua y la materia sólida, y voilà! ya tenemos un principio de biodiésel.
La norma europea obliga a que en 2010 el 6% de los vehículos de la Unión puedan circular con este combustible. ¿Llegaremos?