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BITÁCORA
CAMALEONES
CARLOS RIVERA
07/04/2004
El origen de la locución “cambiar de chaqueta” proviene del comportamiento de un personaje histórico, Carlos Manuel I, Duque de Saboya, que por motivos de conveniencia política solía alternar sus simpatías entre España y Francia usando un jubón (prenda antigua ajustada que cubría desde los hombros a la cintura) de color rojo, por un lado, y blanco por el otro, para poner de manifiesto sus relaciones ocasionales con uno u otro país. Tal argucia indumentario-política ya había sido adoptada en las guerras de religión con motivo de la Reforma de Lutero, entre los partidarios del fraile alemán y los “papistas”. Sabido es que al vaivén de las tornas que ocasionaban los movimientos diplomáticos y militares, el jubón, casaca, chaqueta, procurábase que fuera reversible, con lo que se acuñó la expresión análoga de “dar la vuelta a la chaqueta”. Es lo que hoy llamaríamos formas de transfugismo político, lacra de nuestra democracia de la que no ha podido librarse ninguno de los partidos representados en las instituciones. De tales movimientos chaqueteros, tan inherentes a la condición humana, interesa seguir la pista más segura, que no es otra que la de la ambición personal, el egoismo, la vanidad de vanidades y el horror al vacío de ciertos indivíduos tan pagados de sí mismos como insolventes en valores éticos. Todavía no ha tomado posesión el nuevo gobierno surgido del cambio electoral y ya se adivinan, que digo se adivina, se ven, los cambios de actitudes de ciertos sujetos y sujetas dispuestos a abdicar de las “firmes” convinciones que mantuvieron hasta la misma noche del 14 de marzo y preparados y dispuestos para ejercitarse en ese deporte nacional del camaleonismo y el cobismo, querencias ancestrales de la comedia humana que tan analíticamente retrató Balzac, jugador de conveniencia en todos los casinos del ser y el parecer y maestro del fingimiento no sólo con las damas de buen vivir sino con los poderosos de todo pelaje. Cierto es que queda disculpado el genial chaquetero francés por el acervo literario que nos legó acerca de las idas y venidas del ser humano en torno a la conquista de las ínsulas baratarias que, si no hacen la felicidad, como el dinero, ayudan a crecer y a prosperar. Triste espectáculo el que se observa en estos días de relevo político y del que no se salvan ni periodistas, ni intelectuales, ni capitanes de empresa. Triste espectáculo del que deberá tomar buena nota Zapatero para que no vuelvan a suceder peregrinas historias de roldanes, juanguerras y toda esa calaña que pulula en torno del poder y siempre arrima el ascua a su sardina buscando, a ser posible, hacerse dueño del espeto entero. Como indecente personaje que es, el chaquetero es reversible como los jubones del Duque de Saboya. Sus condiciones objetivas se basan en la necesidad de supervivencia que ya lleva añadidas sueldo y consideración ajena, vanidad, cinismo y una increible capacidad para medrar en cualquier campo político, religioso o social. Si llega el caso, el chaquetero será la más viva representación, con carácter tragicómico, de lo que puede ser un felpudo humano, obediente como una “geisha”, prostituído a conciencia por las gabelas del presente y del porvenir. Lo de menos, en estos personajes, es la competencia profesional. El habilidoso Roldán falsificó todos los títulos que pudo, dispuso de engrosar su curriculum con las más peregrinas suficiencias y no paró hasta conseguir el objetivo que pretendía. Lo curioso de estos personajes es que practican el exhibicionismo de su condición sin el menor rubor. Cuando uno los ha conocido debe borrarlos de inmediato de su agenda de fiabilidad porque sabes que un día te la acabarán jugando y aprovechándose de la confusión que crean te robarán no sólo la cartera sino el respeto que te tenías a ti mismo. ¡Ojo, pues, que se acercan los tiempos en el que veremos el milagro de la proliferación de estos señores y señoras que han sido socialistas de toda la vida, como antes lo fueron “peperos”¡. La fiesta acaba de comenzar y ya han entrado por la puerta trasera estos artistas del travestismo, aunque en realidad sólo sean como esos reptiles saurios que cambian de color según las condiciones ambientales, adoptando siempre el que mejor convenga a sus intereses espurios.
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