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» Atocha, hora cero / Homenajes a las víctimas del 11-M |
JOSÉ LUIS SAMPEDRO
Ante la tragedia, todavía herido, mi pensamiento de urgencia: Lo primero, solidaridad humana, padecer con los que sufren, ayudar en lo posible. Lo último, porque sería vileza, comerciar con la sangre, querer sacarle fruto partidista. Luego, podremos y deberemos decir más.
LUIS GARCÍA MONTERO
SONETO HERIDO
La lluvia en el cristal de la ventana, el aire de la plaza compartida, el pañuelo de sombras de la vida, la noche de Madrid y su mañana, el amor, la ilusión del porvenir, el dolor, la verdad de lo perdido, la constancia de un sueño decidido, la humana libertad de decidir, la prisa, la política, el mercado, las noticias, la voz, el indiscreto esfuerzo por saber lo silenciado, el rumor, las mentiras y el secreto, todo lo que la muerte os ha quitado, quisiera devolverlo en un soneto.
M.ª ÁNGELES MAESO
ATOCHA, 11 MARZO 2004
Otra vez es imposible llegar a Atocha. Otra vez cae la puerta de doscientos kilos y se abre un foso para los de siempre. Otra vez han gritado las sirenas a doscientos pasos de las fuentes y doscientos corazones no se han levantado. Otra vez un mar de hierro al rojo nos coge por los pies. ¿Por qué tantos al sur del agua dulce? Siempre tantos de este lado, ¿por qué? ¿Por qué tan colosales postigos? ¿Por qué sus ejes tan desquiciados? Siempre tantos fuera del cordón sanitario. Tantos, siempre de los de siempre. Tantos tan dormidos, tantos ya para siempre. Nunca amén.
HERME G. DONIS
VÍA MUERTA
Hay un número negro que no es el trece que le supera en fechoría: once de marzo de dos mil cuatro, siete treinta y cinco en punto. Un sobresalto rompe el duermevela de los sueños, rotos en mil pedazos el futuro y la esperanza se aprisionan, se esparcen por vagones y andenes que ya nunca llevarán a ninguna parte. Son las siete cuarenta en el reloj de pulsera desbaratado. En ese minuto, en ese instante, las madres sienten escalofríos en la nuca, no saben adónde dirigir su primer sollozo, las canciones de los niños se pierden sin ecos y sin rastros, la joven que guarda ilusiones en el fondo oscuro de sus ojos, los cierra sólo un momento –piensa– esperando que después de un corto sueño se despierte. Nunca más los abrirá. El frío es azul oscuro, denso. Mientras la ciudad contiene el aliento, las ventanas del cielo se cierran. Ninguno de sus habitantes quiere oír el clamor de la angustia que arrastra pies desnudos por ensangrentadas vías muertas. El día abominable en el que perros enfurecidos despedazaron a sus presas a dentelladas, ningún dios les puso freno. Miraron a otro lado. Doloroso final del recorrido. Triste mañana nuestra. Pero que recuerden los verdugos cómo son los temblores del parto, cómo nacen las margaritas del dolor de la tierra, cómo se levanta la mañana del clavel de la sangre en las heridas. Por si no lo saben, contádselo.
MANUEL RIVAS
En el silencio acuático del duelo, los peces de Madrid incuban esperanza en la boca.
MANUEL RICO
MADRID, 11 DE MARZO
Marzo desnivelado por las cifras del desaliento. Marzo de muerte, triste marzo de trenes y extrarradios marchitos, marzo de sueños rotos y niños deshabitados, de pronombres sin nombre, de apellidos quebrados y relojes sin hora, marzo de los teléfonos enmudecidos. Mi ciudad asolada. Mis tierras y mis trenes, asolados, mis ojos y mis manos y mis brazos, asolados. Muerte sembrada bajo la luz de un Madrid lateral hecho de andenes periféricos, de seres menesterosos, de mujeres crecidas en la sombra diaria del tiempo inabarcable del trabajo, de hombres cultivados en el silencio anónimo de las factorías; de humildes bachilleres y de párvulos, de viejos azorados por noticias de muerte, de bares conmovidos por la niebla y la sangre, de juguetes sin niño, de huérfanos sin ira, de vacías acequias, de fogatas sin lumbre. Madrid de hospitales, de lutos y de marzo. Capital de la niebla y del dolor. Ciudad de los estanques del silencio. Madrid desbaratado y mío. Madrid nuestro. Como los muertos, nuestro. Dueño de un mes de marzo descolorido y turbio, pero nuestro. Entre muertos y lágrimas, es más nuestra y cercana la ciudad. También más triste.
JUAN CRUZ
Acaso es hora de que las negras palomas hagan el viaje de vuelta.
EDUARDO JORDÁ
“¿De qué vale saber que de adioses y pérdidas está hecha la materia misteriosa que hace crecer sin fin al universo?”
ANTONIO COLINAS
EN EL LUGAR DEL ODIO
Acaso lo más duro y lo más cruel no sea el abrir violentamente lo negro en lo blanco: en la armonía el caos, en ojos inocentes un cuchillo de ira, en los labios más tiernos de juventud la muerte. Acaso lo más duro sea el odio: ese odio que establece diferencias, ese odio que se mama en pecho de odio, ese odio que se enseña y que se aprende, que enarbola banderas como pústulas y que niega brutalmente el amor. ¿Hasta cuándo en el mundo la dualidad más cruel, la ausencia de armonía? No me interesa tu patria, dador de males, eterno sembrador de odios diferentes. Sabemos que, como primavera temprana, como ojo inocente, como labio muy tierno, nunca cesa esperanza de germinar: lo hace con mayor rapidez que las mareas de sangre. Este jueves de marzo no llovía lluvia de odio: llovían manos mansas, que a todo y hacia todos se tendían, suavemente, como marea de música, sólo para sanar, para sanarnos. Por nada cambiaremos esa lluvia de manos. Eran manos de fuego de un amor que no quema. Eran manos que dan y nunca niegan la palabra, la idea. Marea del amor, más poderosa que el odio que se mama y que se escupe, que la sangre violada. Muchacha muerta que en la fotografía levantas dulcemente tu rostro hacia el cielo, muchacho muerto que pones tu oído en la tierra como para escuchar sólo música: estáis, en realidad, durmiendo, durmiendo. No turbéis más su sueño. No turbéis más sus sueños.
ENRIQUE FALCÓN
VIENTRES DE MADRID Y DE BAGDAD
“(...) la lógica de la guerra a todos sus niveles conduce al hermanamiento de todas sus víctimas civiles, sean éstas del bando que sean: un inesperado cordón umbilical parece unirlas todas y dejan sin argumentos, y completamente solos, a los señores canallas de la guerra.” Eugen Drewermsnn: “Contra la injusticia”
Sólo entonces os he visto. En la nuca partida del suelo iraquí. Y en la sangre bramando por la grava de Atocha. Y en el Pozo: izando sus calambres tras una siembra triste, los ombligos de los hombres abiertos y a cuchilla por los perros del Amo. Yo cuido de los vientres de las novias perdidas –los hombros de los niños se han quedado sin hora; cuido de las oraciones cansadas de la tierra y del largo cabello de todos nuestros muertos. Soy el pueblo sin puñal y tres veces devastado, el silbo de una cuenta enmudecida. Yo cuido de las flores y los peines: soy un hombre en la altura de todas vuestras muecas. Y escarbo en las costillas de la bestia besando lo imposible que habla en vuestra sangre: soy el hombre que cuelga de un ombligo, la cólera enterrada en los pozos del mundo. Y os digo: que la lumbre tronará por los espejos que un caballo volteará por vuestra boca que siempre las heridas de todos estos hijos saldrán casi estallando por un fundado cielo. Sólo entonces os he visto, a los unos y a los otros, sangre terca unida ahora: desde entonces sea el hombre yo bramo en vuestro propio cordón umbilical.
LORENZO OLIVÁN
EL OJO
Todo son pasajeros, pasajeros al tren, tiznada aurora, y horizontes de vías, punto en fuga a la ciudad. Hay un reloj de luna en la estación, crucificado en una hora eterna: tiempo martirizado por el óxido. Puedo ver la sonámbula marea de la gente esperando en el andén y el brillo del raíl cruzando el iris. puedo ver por sus ojos, puedo ver por absolutamente todos esos ojos desde un ojo total que los engloba. Busco, con ellos, luz, el ventanal, un poco de alimento a la mirada, ración del sol para iniciar el día. Y cómo mece al alma el balanceo, qué infancia recobrada levemente, qué viaje al despertar, aún dormidos. Todo tren lleva a la contemplación, y soy el extranjero, el estudiante u oficinista que se ve mirando. Pero, de pronto, el ojo, el ojo enorme, agigantado de tormento absurdo, ciego entre lo real y lo irreal. El ojo del horror en la mañana, del alba hecha pedazos, ese ojo que es corazón interrogando a gritos. Miro por ese ojo todavía y entre él y el que miraba el ventanal hay un segundo que no acaba nunca.
MARÍA TENA
PALABRA
Empezó en la radio muy temprano. Unos acababan de ducharse, otros salían hacia el trabajo, algunos a esa hora desayunaban. Por desgracia, muchos habían ya cogido el tren que les rompería la vida. “Una pequeña explosión”, dijeron al principio. “Hay que ser prudentes –decía Gabilondo–, todavía no sabemos nada seguro”. Ahora, varias horas después, se cuentan ya casi doscientos muertos, infinitos heridos. El locutor que estaba en la estación habló de regueros de sangre, de regueros de lágrimas, de cuerpos despedazados. Luego el televisor, la radio, los periódicos empezaron a mostrarnos las caras del desastre. Se necesitaron donantes y aparecieron miles, la solidaridad funcionaba, se ordenaba el sufrimiento. En Madrid ya nadie sonreía y el atardecer se había convertido en una mancha gris de duelo contenido. Capital del dolor. Nos queda la palabra, decía Blas de Otero. Es grave cuando los escritores no tenemos palabras. Y no las hay en este día de sangre en Madrid que ha estallado en nuestro camino al trabajo, en nuestra vida normal, en nuestros desayunos. Sólo pienso en una cosa mientras el dolor se agarra a la garganta, mientras las madres reconocen en el tanatorio los restos de sus hijos y algún compañero está aún sin localizar: quizás haya una palabra que nos pueda salvar en medio de esta tragedia inexplicable. La palabra de los demócratas, de los hombres de bien. Esos que no claman venganza o sangre y cuyas únicas armas son la ley, la paz, la dignidad. Esos que son distintos de los que hoy nos hirieron. Quizás haya una sola palabra que nos salve ante tanto dolor: Unidad.
CARMEN PÉREZ SAN JOSÉ
Inmensa tristeza, sufrimiento inútil, un sin sentido quitar la vida o dejarla mal herida física y psíquicamente. Este atentado brutal nos ha golpeado a todos, sumiéndonos en el dolor y a la vez espero nos refuerce en la unidad, porque el dolor, la pena, el desconsuelo de cada una de esas personas, de sus familias y amigos, es un dolor compartido, sentido, llorado, por tantas y tantas personas que sólo queremos vivir en paz.
CARLOS RIVERA
EN LA ESTACION DEL ALMA MIA
Mi poeta de cabecera, Rilke, me dice esta mañana que debo enmudecer. No sería capaz de extraer de mi alma la savia de una sílaba que pueda llorar por mí víctima acreditada entre las víctimas que viajaban en trenes con una bomba conflagrada dentro de su inocencia y que un poder maligno hizo volar en la estación del alma mía. Mi poeta de cabecera, Rilke, me ha pedido que riegue con mis lágrimas este poema.
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Carlos Rivera
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