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BITÁCORA
LOS HERALDOS NEGROS
CARLOS RIVERA
17/03/2004
Escribo esta página a golpe de dolor, cuando ha explotado el tren de la democracia y cada palabra sólo puede ser un agujero negro sin salida (Miguel Angel Prieto Humanes, víctima). Mi cerebro me dice que debo mantener la calma. Hay golpes en la vida tan fuertes que sólo un sentimiento de odio nace de mí en estos momentos en los que un negro crespón me vela el alma ante los atentados terroristas de Madrid (Berta Gutierréz García, víctima), atentados contra la democracia que son como un hachazo mudo y homicida que nos dejan con la palabra al aire, emponzoñada palabra que estoy escribiendo al dictado de un inmenso dolor. "Son pocos, pero son / abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero / y en el lomo más fuerte". Estos versos son de Los heraldos negros (César Vallejo) que tomo como referencia y titular para ese negro día 11 de marzo, la fecha más siniestra de nuestra convivencia democrática (Pedro Hermida Martín, víctima). No son momentos para banderías ni discursos ni culpabilidades sino de un llanto único, de una única indignación y de una única fraternidad doliente ante los heraldos negros que la muerte ha vuelto a enviarnos (Eugenio Moreno Santiago, víctima). Son los jinetes del apocalipsis que van sembrando la muerte y el dolor en el nombre de un fanatismo ciego (Carmen Lominchar Alonso y Juan Carlos Sanz Morales, víctimas). Esta mañana me siento tan tristemente humano que no encuentro ni las palabras adecuadas para expresar esas "caídas hondas de los cristos del alma" que nos han dejado el alma a la intemperie (Antonio Sabalete Sánchez, víctima). ¿En nombre de qué idea o credo es posible concebir el odio llevado a extremos tales?. "Estos golpes sangrientos / son las crepitaciones de algún pan / que en la puerta del horno se nos quema" (Carlos Tortosa García, 31 años, víctima). Los versos de Vallejo son tan sangrantemente lúcidos como nuestras conciencias desarmadas ante cualquier atentado terrorista que priva de la vida, el único tesoro que realmente poseemos los nacidos (Gonzalo Barajas Díaz, víctima). En el caso de la tragedia de Madrid, como en el de las Torres Gemelas de Nueva York, el nombre de todas y cada una de las víctimas era el nombre del pueblo, la inocencia del pueblo. El Pozo del Tío Raimundo, Santa Eugenia y Atocha son nombres simbólicos de la clase obrera de Madrid que a tan tempranas horas busca cada mañana laborable las crepitaciones de esa metáfora del pan, del trabajo que dignifica sus vidas como cualquiera de las nuestras (Francisco Javier Mancebo Zaforas, Miguel Angel Badajoz Cano, víctimas). No suelen ir cargados esos trenes madrugadores de cercanías de privilegiados del sistema sino de gente que vive la existencia a trompicones y de estudiantes que significan en la vida de tales barriadas la primera generación universitaria de sus familias (Pilar Gámiz Torres, Encarnación Mora Donoso, víctimas). Familias que vinieron del sur, cruzando la aduana invisible de la esperanza que significaba en los años cincuenta y sesenta Despeñaperros. Entre los muertos y los heridos estaban los descendientes de aquellas generaciones expulsadas del secano y que tan bien conocieron el Padre Llanos y el Padre Díez Alegría. Entre los muertos y los heridos estaba también representada la inmigración del norte de Africa, del este de Europa y de la América hispana, la nueva pobreza que ha buscado asilo en barrios tan significados para la clase trabajadora de Madrid (Sam Djoco, Osama El Amrati, Segundo Víctor Mopocita, Marion Cinta Subervielle, Teresa Szpila Danuta, Anónimos y No Identificados Todos, víctimas). Esta vez le ha tocado a la clase trabajadora de Madrid. Mañana puede ser cualquiera de nosotros quien reciba inesperadamente la visita de los heraldos negros que vienen de los profundos abismos de la Historia, de la Religión y de la Política, "de alguna fe (abominable) que el Destino blasfema" (Vallejo), aunque a veces se oculte, con mentidos y desmentidos, la procedencia de los heraldos negros. Y aquí estamos, en el norte y en el sur, en el este y en el oeste, inermes y angustiados, en el punto de mira de los heraldos negros. Su amenaza nos homologa a todos. Sólo existe un antídoto contra ellos : la civilización llevada a su máximo grado. Política incluida.
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Carlos Rivera
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