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BITÁCORA

EL AMOR SE LLAMA OXITICINA

CARLOS RIVERA

25/02/2004




Ultimamente abundan, sobre todo en el mundo anglosajón, algunos científicios románticos que en vez de dedicar sus neuronas especulativas a la investigación del cuerpo han elegido la ruta bioquímica de la investigación del alma. A los poetas nos parece bien que la ciencia especule con el espíritu sensible que, como ya escribí en otra ocasión, puede ser un perfume, una libélula o ese apeirón puro e incorruptible ligado al ADN al que algunos llaman alma inmortal y otros, con un sentido materialista de la Historia, "el estiercol del campo del futuro" (Mao, político y poeta). No hace mucho un tal doctor Francis Crick, se ocupaba de la molécula del alma, sentando que la base de nuestra conciencia individual no es más que el simple producto de una reacción bioquímica de las neuronas cerebrales. Hoy es otro científico anglo, el doctor Gareht Leng, experto en el cerebro de la Universidad de Edimburgo, quien se ocupa de las conexiones de esa expresión inefable de la conducta a la que solemos llamar amor, antes atribuída a un tal Cupido, niño ciego de la ciega mitología que nos ha legado tantas falsas creencias. Dice el doctor escocés que descartemos al tal Cupido, que los griegos eran unos ilógicos confusos y que esa cosa que llamamos amor, aunque quiera decir sexo, hay que atribuirla a una neurona llamada oxiticina, que ayuda a afianzar el vínculo entre una madre y su bebé, entre el amado y la amada, con todas sus versiones de género y conducta. ¡Pues vaya chasco! Yo no sabía que aquella niña loca de los ojos verdes, de los cabellos rubios, de cuando yo sólo tenía diez añitos, me estaba alborotando esa neurona que, ignorante de mí, ni siquiera creía poseer. Ni que mis erráticos amores y desamores, antes de encontrar el amor de mi vida, fueran la consecuencia de un interruptor central que hacía y deshacía a su antojo entre las células nerviosas de mi cerebro. Vamos, como darle a la luz o como dejar a oscuras el aposento del alma, sin otra explicación que una excusa fisioilógica para que te enamores o desenamores, sin saber ni como ni cuando ni porqué. Todo pura química. O tal vez el azar y su agregada eterna, la necesidad. Doctores tiene la iglesia de la ciencia que poco a poco nos van despojando de las vicisitudes y contingencias del destino en esa lotería del amor, conducta tan simple como un ensayo de laboratorio que ha dejado a la intemperie a Cupido, el desvalido niño ciego cuyo carcaj se ha quedado sin esas flechas, envenenadas algunas, que llegaban directamente al corazón como el olor de una rosa o una carta del cielo. Y si a partir de Francis Crick comenzamos a creer en la molécula del alma ahora no tenemos más remedio que examinarnos el cerebro a ver si tenemos o no la neurona oxiticina, responsable del amor. Porque dice el investigador escocés que no es neurona universal, que algunas personas no tienen esa suerte de tenerla, lo que las mete en problemas a la hora de establecer relaciones permanentes de pareja, aunque sea maternofilial. Igual descubren, vaya usted a saber, que la neurona oxiticina de ciertas personas se va degenerando con el tiempo hasta llegar a la perversidad de convertir la noble causa del amor en maltrato o en su consecuencia más terrible: matarlo con premeditación y alevosía en cuerpo y alma. Todo es cuestión de poseer o no en la molécula del alma la neurona propicia o que en la suerte del ADN te toque un gen crucial a efectos del destino. En cualquier caso, las investigaciones de los científicos románticos están en vías de convertir las emociones en un tratado de bioquímica al que estamos vinculados por el azar genético y por el irrefutable credo de una ética desesperada. Considerando la cuestión en positivo y puestos a confiar en la ciencia, podría suceder que ese determinismo bioquímico pudiera ser manipulado y que las reacciones neurovegetativas del reino inmortal del ADN llegara un día que pudieran convertirse en ramificaciones de moléculas y neuronas nobles. En el lenguaje de los creacionistas sería como volver al principio de que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. A no ser que la ciencia descubra que Dios es una simple neurona filosófica que el cerebro produce para aliviar nuestra desesperanza.
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