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REGISTRO DE PROMESAS

CARLOS RIVERA

18/02/2004





Cuando Federico García Lorca viaja a Nueva York comienza a percibir el olor a podrido de la sociedad de su época. Un joven de privilegiado estatus económico de la burguesía de Granada que conocía el color de la pobreza de su entorno andaluz, de cuando un jornal de 2 pesetas daba la medida de ser pobre y de sentirse pobre, siente el dolor esclarecido de Poeta en Nueva York , un libro que nos revela su compromiso militante contra la civilización de la desigualdad. Versos como "hay un mundo de ríos quebrados / y distancias inaccesibles" llevan a Federico García Lorca del costumbrismo señoritil de ver los toros desde la barrera a la palabra digna que denuncia que en la pobreza no hay dignidad ni libertad posible. El poeta de Fuente Vaqueros ya había cruzado la peligrosa línea que separaba su mundo satisfecho del inframundo que en el campo andaluz y en la abigarrada desigualdad neoyorquina habían puesto en sus ojos y en su conciencia la alerta más sensible: saber que La riqueza de las naciones (título de la obra de Adam Smith, 1776) deja de serlo cuando en ese mundo satisfecho cualquiera podría sentirse pobre si no podía presentarse en sociedad con zapatos de cuero y, mucho menos, sin zapatos. Los referentes interpersonales como medida de la desigualdad convirtieron un libro como Poeta en Nueva York --dejando aparte los juicios literarios-- en una lúcida denuncia de cómo se vivía y se moría en aquel país que era ya entonces el más poderoso de la tierra. En el mundo de hoy aquellos referentes interpersonales de una sociedad en curso de desarrollo capitalista han dejado de serlo. Hoy todos tenemos zapatos, en el sentido metáforico y real del término, aunque no sepamos ciertamente a donde nos conducen. Los referentes de la pobreza son otros, según el grado de desarrollo de los países y su estructura social. El sociólogo Peter Townsend, distingue así tres concepciones del ser y del sentirse pobre: la subsistencia, las necesidades básicas y la privación relativa. En lo concerniente a la subsistencia, y por tomar una referencia literaria, retrocedamos a Charles Dickens, el espíritu de cuya obra reside en la interpretación del legado histórico de las "leyes de pobres" inglesas del siglo XIX. Por susbsistencia entendería actualmente un técnico de la FAO la eficiencia de los indicadores nutricionales en una familia, o sea, la eficiencia biológica. En vulgar: comer lo suficiente para vivir. Sin embargo, se es pobre aún cuando se satisfagan las mínimas necesidades de alimento, comida y vestido si no se tiene acceso a los niveles de salud, educación y a cierto nivel de satisfacciones mínimas para el desarrollo de la vida actual. Hasta ahí los tecnicismos nos conducen a la llamada privación relativa, que es la mayor generadora de desigualdad en las sociedades desarrolladas. Es un axioma de la medida del progreso social que "a mayor crecimiento, más pobreza se genera", pues no toda la sociedad participa de la redistribución del progreso económico. En el escaparate de las sociedades del bienestar se detienen, sin duda, todas las miradas. Sin embargo, la posesión de los bienes que se exhiben en el citado escaparate sólo está al alcance pleno de una reducida minoría. En ese sentido, y cuando se juega, como ahora, con promesas en vísperas de la campaña electoral, todos los partidos políticos suelen dirigir sus propuestas a la clase media y al electorado que conforma la pobreza relativa, la que no tiene al alcance de su bolsillo la posibilidad, por ejemplo, de poseer una vivienda digna. Se ha propuesto, desde Izquierda Unida, que las promesas electorales se depositen como un contrato voluntarista en el registro de las oficinas del Defensor del Pueblo. De este modo los ciudadanos, al término de cada legislatura, podrían saber quien ha cumplido las promesas y quien las ha utilizado a manera de cebo electoral. Arriesgada propuesta, pues me temo que de exigir el cumplimiento pleno de las promesas de campaña nos quedaríamos sin partidos a quienes votar en conciencia. Aunque no deja de ser una medida de pedagogía democrática avisar a los dirigentes políticos que es peligroso tomar el nombre del pueblo en vano, no vaya a ser que no los votemos al ver crecerles la nariz, como a Pinocho.
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