DE LA UNDERWOOD A LA CPU Claudio Rizo Añoraba la soledad ante el ordenador, el silencio ante la virtual página inmaculada que, en soberana y dictatorial verticalidad, ha sustituido, parece que por siempre, a la flexible y huidiza hoja adherida al rodillo de una Underwood. Y ahora, metido de hocico irredento ante mi pantalla de diecisiete pulgadas, me llega el monótono y sibilante sonido de la CPU que taladra y coarta mi fantasía. Suerte concomitante de los tiempos que vivimos. Qué inteligente es ahora este trebejo llamado ordenador que a tantas personas seduce y que a tantas, o eso dicen, envicia (aunque como explicaré más tarde, quizá no sea toda la culpa tan tuya como nuestra). Ordenador, te muestra tan propiciador de posibilidades como privador de las mismas; tan sabio y conocedor de trasmundos como mediato nacionalista de obsesiones compulsivas. Cuántas cosas das y cuántas quitas, mi querido trasto malsonante y demiúrgico artilugio. El día que algún Bill Gates te quite ese cancerígeno ruidito que me exacerba en más grado que me relaja, aprenderé a amarte todavía más. Mientras tanto, afanado en recodar, vago silente por la memoria de tus antepasados. Tus predecesores, estrictamente en cuanto a la escritura se refiere, eran pesados como mulas. Pesados en el sentido físico de la palabra, mucho más que tú, ingrávido “ordenata”, que te llevo y traigo al albur de mis caprichos. Mañana te harán de naturaleza tan diminuta que mi cajetilla de cigarros te podrá portar cada vez que vacío se quede de sus veinte taimados huéspedes. Cuando mis dedos suavemente se deslizan por la osamenta de tu elegante y bien dispuesto teclado, parezco el pianista de Roman Polanski. Pero al pretender mentalmente retroceder en el tiempo, únicamente entre quince y veinte años, advierto que estos mismos dedos, sibaritas y de refinado talle, montan en cólera ante la dureza física que encuentran en aquel pétreo teclado con forma de grada romana que mayestáticamente aún preside mi olvidada Olivetti. Qué petardazos soltaba aquel aparato con forma de meteorito. Qué incomodidad rectificar la b por la v. Sin embargo, y precisamente gracias a esta contingencia, nos cuidábamos más en la equivocación. Un error en la Oliveti, era un atraso en dos minutos; si se trataba de errores, exigía ya el reinicio del texto. Tú en cambio, trasto moderno, no sólo me permites la enmienda ipso facto, sino que me la adviertes, me la subrayas, me la haces grande, y casi tienes el descaro de llamarme inculto y reírte de mí si lo craso de mi yerro activa tu sistema anti-catetos. Aunque bien visto, prefiero a todas luces que me alumbres tú en nuestra intimidad y sin ecos, que no la hiriente luminosidad de una risotada pública. Hasta en tus admoniciones te quiero; no sé si por necesidad o por amor, pero te quiero. Y de la tinta... ¡Cuánta echaban tus precursoras en aquellas letras que se unían unas a otras! Qué emborronado dejaban el papel y qué grueso era su trazo. A ti, querido “ordenata”, te moldeo, te muto, te altero, casi diría que te crío. Te hago, como diría un buen cristiano, “a mi imagen y semejanza”. Te puedo elegir romana, griega, árabe, elegante, antigua, barroca... Si la moda tiende a la delgadez, te torno tísica; si propende a la gordura, oronda. Si me deprimo te comprimo, si me entusiasmo, te agrando. ¿Qué he hecho yo, querido artilugio sacado del futuro, para merecerte? Eres como el esclavo perfecto; al que tratas o maltratas sin dar explicaciones y sin oír lamentos. Eres el súbdito que todo lo hace sin rechistar; el que todo lo sabe y nada calla... Mi Oráculo de Delfos, mi NASA del espacio y mi Marqués de Sade de la palabra. Me llevas y me traes, de puerto en puerto cual marinero errante, sin cobrar peaje. Y ten claro que quienes te tachen de máquina portadora de depravación y corrupción en mentes inocentes, lo hacen cobardemente al no advertir el germen de tal depravación y corrupción en aquellas mentes que no te usan como los cánones normales y morales aconsejan. Te recuerdo, en aras a evitarte remordimientos injustos, que el carro de combate de la Underwood, así como otras bellas máquinas que han servido tanto para elevadas como para funestas obras, también inspiraron o sirvieron de trampolín a espíritus con morbosidad ingénita abogaran por literaturas impúdicas. ¿La culpa era de la chatarra material o de la morralla mental que las accionaba dando a luz a creaciones pestilentes del intelecto? De haber dado contigo los alquimistas medievales habrían verificado per secula seculorum su inverosímil teoría de la conversión de los metales en oro. Querido “ordenata”, hermoso heredero de la antaña Underwood, sabio y potencialmente ilimitado entresijo de hojalata, no te ofendas ante las ofendas de quienes piensas que tanto tú como la pedantemente llamada por pedantes “televisión basura”, sois inventos del demonio. El demonio no inventa, los hombres sí. Sólo quien te use para acrecentar su mente encallecidamente mugrienta, te tornará en el utensilio del demonio. De su demonio.
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