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El pordiosero-dandy
*Texto de Roberto Lumbreras Blanco
*www.losargonautas.net El nuevo pordiosero se sentaba en la entrada de la catedral junto al pordiosero sarnoso. El sarnoso estaba siempre sucio y sin afeitar, tirado en una postura indecorosa, y observaba al nuevo mendigo como el mono al humano. El pordiosero nuevo vestía un traje impecable de tres piezas y zapatos relucientes, y se sentaba con cuidado sobre un pañuelo bordado, para no mancharse de polvo, orín, o melaza de cerveza. Por eso al pordiosero nuevo se le llamó en seguida “El Dandy”. La mayoría de los paseantes se habrían apartado de acera antes de pasar ante del mendigo sarnoso, pero ahora era la acera más concurrida, porque todos querían ver de cerca al pordiosero-dandy, con su estampa de dignidad y glamour, mezcla de Diógenes el Cínico y Beau Brummel. El pordiosero-dandy daba mucha más pena porque no era mendigo profesional y dejaba patente la injusticia de la vida y la tragedia que le había sobrevenido. La gente se veía en él, temía de pronto los reveses de la fortuna, y pensaban que debían ser generosos con aquel hombre. Las mujeres eran las más dadivosas. Se diría que aquel mendigo era su “mendigo platónico”. Las ciudadanas se atusaban con disimulo antes de pasar ante el pordiosero-dandy, y con su mejor sonrisa le daban generosas limosnas, que llamaban, para no herirle en su orgullo, “contribuciones”. Las damas se acercaban primero al mendigo sarnoso y le echaban una moneda, como para entretener a la fiera, y luego iban donde su pordiosero-dandy, le daban la mano y le metínan con disimulo un billete que él se negaba a aceptar, pero acababa empuñando con una sonrisa y un movimiento de cabeza que decía: “¡Ay, señora, usted siempre tan generosa!... Dígame: ¿Cómo podré pagárselo algún día..?”.. Algunas, por temor a que el noble mendigo compartiera la limosna con el sarnoso, le daban la limosna en especie: una empanada de confitería, una entrada para la ópera, o un nuevo bastón con empuñadura de plata. El pordiosero-dandy llegó a ser muy popular. Muchos se prestaban a guardarle el sitio mientras se daba una vuelta para estirar las piernas o ir al w. c., le traían la páginas sepias de los periódicos, y echaban alrededor de su puesto ambientador y desinfectante para hacerle más soportable su vecindad con el mendigo sarnoso. El policía de barrio pensaba que El Dandy podía ser blanco fácil de violencia o de robo, y se acercó un día para presentarse y ofrecerse por si le molestaba el mendigo vecino. Incluso el candidato a Alcalde se hizo una foto dando un abrazo al pordiosero-dandy, y declaró ante la televisión local que bajo su mandato habría más mendigos como El Dandy. Era tan gentil el pordiosero-dandy que alguna dama libre o liberada, con la excusa de preguntarle la hora, le invitaba el fin de semana a su chalet para jugar al monopoly o bañarse en la piscina. A veces el pordiosero-dandy tenía que rehusar amablemente, porque otra más avispada o más bonita le había invitado a pasar un fin de semana en París, lo que no era una excusa, como podía demostrar la inscripción de su última pitillera de oro, y además estaba a punto de llegar el taxi que había mandado la bondadosa benefactora para recogerlo.
*Estos microrrelatos de Roberto Lumbreras Blanco fueron publicados originalmente en el libro Mundos Mínimos, editado por la Cátedra Miguel Delibes.
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Carlos Rivera
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