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» La tumba de obsidiana de Rosa López de Diego |
La tumba de obsidiana
*Texto de Rosa López De Diego
*Referencia : www.destiempos.com
El pozo negro mató al hijo. La habitación de pizarra le ahogó en el vientre de la montaña. Con sus manos minerales le estrujó sus pulmones y le robó el aire y la luz. Lajas de sábanas cetrinas enterraron su corazón en un subsuelo equivocado. Murió el hijo en la mina. Murió bajo la lengua de herrumbre. Incubo de piedra enamorado de su juventud. El padre lloró en el cottage con lágrimas de tiza. Había perdido a la mujer en un parto de yerba oxidada, y por ello había odiado al hijo, y por ello le había amado hasta la locura, pero no supo regalarle los pájaros y las estrellas. Y por ello el rencor le había inflamado el cariño y la palabra. Ahora la caverna de alma obscura se lo arrebataba. El padre descendió al hoyo asesino y a la amargura. Los árboles se habían vuelto grises. Las gémulas, cubiertas de hollín, devoraban los colores. Ya no había jardines en la negrura. La campiña se convierte en funeral. En un tronco de abedul una ramita se convierte en oruga. La oruga en mariposa blanca. La mariposa atrapa el espíritu del hijo cuando éste se eleva desde la arteria de la mina. Sólo diminutos vestigios de alas rompen la libertad. El suelo desierto la recibe entre esquistos dolidos con el viento. La albura de su librea se salpica de escamas negras. Es un copo de nieve cenicienta que intenta remontar un vuelo utópico. Prueban sus alas de barro un esbozo de despegue, pero todo esfuerzo es inútil. El padre describe círculos de fuego alrededor del agujero carnicero. La mariposa a pequeños saltos alcanza su zapato. Con la mirada en el párpado roto de su caminar, el padre recoge el insecto de camisa tatuada de espanto. Acaricia su herida y nutre su pesadumbre. El tiempo cicatriza la carencia y el desencanto. La violencia de la pérdida se duerme bajo la almohada. La polilla aprende la noche y el hijo ausente descubre un ruiseñor en la entraña del padre. El padre derrama lágrimas de leche sobre los motores atrofiados de la mariposa. Purifica la negrura de su piel y de su alma, le amamanta alas y los anhelos de vuelo. Los músculos del lepidóptero se desperezan y sus venas revientan de vida. La plata engarza campanillas en su tórax. Palpita un ciervo recién nacido en su aleteo imberbe y emprende un malabarismo en el aire. El padre abre las puertas de carbón y el insecto de nieve mimetiza el crepúsculo y saborea el vértigo del espacio y el misterio de la luna. El espíritu del hijo, libre ya de resentimiento, asciende en una nube al paraíso. El padre, libre ya de dolor, vuelve a soñar con una mina de inflorescencias y ninfas de jade. La polilla, libre ya de sogas, cultiva tirabuzones en el aire. La tumba ya solo es color de obsidiana.
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Carlos Rivera
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