La montaña mágica: Novela iniciática del humanismo filosófico
*Texto de Mauricio Otero
*Referencia : www.panoramacultural.net/Suecia/mPaginas
El tierno e inocente Castorp llega un día a pasar tres semanas de descanso venido del país llano, a hacerle compañía a su primo Joachim, y por una suerte de contagio histérico, permanece en ese limbo mágico, sin preocupaciones que no se refieran únicamente a su individualidad de ‘niño mimado de la vida’, como un ‘perfecto burgués’. Allí, en las alturas, cercano al cielo prometido, el héroe reflexiona que, huérfano y sin responsabilidad, recibe la educación que merece de su mentor, Settembrini, quien es el maestro liberador y republicano de este joven, que transcurre indeterminados siete años fuera del mundo cotidiano, descubriendo en su ‘incursión quieta’ las verdades sobre la existencia, de lo dulce y venenoso.
La circunstancia de haber situado en un sanatorio de lujo para tuberculosos, por entonces enfermedad que no tenía cura, hace que esta novela sea de ‘aventura’ espiritual, siendo el rito novicio la pérdida del protagonista en una tempestad de nieve mientras esquiaba, donde sueña y se ilumina, revelación de su estado de alma, de la cual sale ‘purificado’, como diría Naphta, el jesuita polemista de Settembrini.
En aquel viaje dentro de sí mismo, mediante la observación y el estudio, retirado del ‘mundanal ruido’, se plantean, a modo de ensayos -donde Thomas Mann es precursor novelístico, como Wilde- todas las interrogantes del género humano, la enfermedad y la salud, la muerte y la vida, el amor y el odio, la bondad y la maldad, el progreso y la decadencia, revolución versus tradición, el tiempo y la eternidad, la guerra y la paz…, en un contraste que siempre muestra las dos argumentaciones dialécticas que el conocimiento requiere.
La impresión de esta obra maestra de la literatura universal, de la historia contemporánea, es de las más altas que se han brindado a la humanidad. Magistralmente pintados, actuando con sus rasgos bien definidos, están todos los tipos de seres. Hasta Clawdia Chauchat, la mujer tártara que no respeta marido y que cuenta con la indulgencia de su enfermedad para llevar una vida libertina y acomodada, no exenta de planteamientos menos serios, de lo que el pedagogo Ludovico instilaba en Castorp, de ‘bellas letras’ o ‘bello estilo’, incluso en el sufriente de amor Wehsal, ora rastrero, ora despechado, pasando por el rotundo Peeperkorn, el viejo noble pícaro, que condenado por la enfermedad llega al ‘Berghof’, en Davos, a suicidarse de una manera tan original como su ‘personalidad’ estimaba, luego de una vida echada al comer y beber orgiástico, y cuyo hablar atolondrado e incoherente, nos recuerda hoy el ‘cantinfleo’, de Mario Moreno, el genio bufo mexicano.
El propio autor, nos señala que se trata de una historia hermética, y queda completamente acertado. Ya no es uno el mismo una vez leída la monumental obra de este antifascista, pieza clave en la liberación del oprobio nazi, y que como registra la historia, transmitía desde Estados Unidos, en época de la guerra, hacia Alemania, con el afán de despertar a sus compatriotas del delirio paranoico de Hitler. La inteligencia y audacia de Mann han sido de las más portentosas que nos ha regalado nuestra era, que el Nobel laurearía con una de las más altas justeza.
Con buen humor, ironía, diálogos con el lector, complicidad, Thomas Mann sigue a Dostoievsky, desarrollando una obra llena de sueños, de contemplación, pero extrañamente, orlada por la razón, en manos del profesor, quien le reprende constantemente de su afición a divagar al joven Hans Castorp. También las discusiones entre Settembrini y Leo Naphta, son ilustrativas de los mundos librepensador y eclesiástico, cada uno en sus tradiciones y progresos, como dos estados de vida ideológica que no terminan jamás de ponerse de acuerdo, hallando uno en el otro, que advierte el aprendiz.
Novela enciclopédica, tratado -biología, amor, psicología- nada escapa al análisis del mundo de la materia y el espíritu, donde los pacientes se entregan a matar el tiempo de la mejor forma posible, es decir, ‘acostumbrándose a no acostumbrarse’; los horizontales, en sus chaises longues ven pasar los días y las estaciones sin notar diferencia, logrando Mann crear una pequeña eternidad, uno de los más altos méritos de la novela. Sin embargo, como ocurre en ‘A puerta cerrada’, los protagonistas terminan alienados y el paraíso se rompe.
Es la atroz guerra que azota a Europa y las conciencias. Sólo un terremoto tal, logra hacer salir a los ‘pecadores’ de su estado suspendido, que huyen y van, lo más seguro, a morir, como otros tantos en el sanatorio y que veían en la lucha diaria y marcial, como en el caso de Joachim Ziemssen, el honor que la vida les negaba, y lo cual Thomas Mann se encarga junto a Erich María Remarque de ser cronista del desaliento y de la razón y la paz.
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