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Fragmento de “El efecto transilvania”
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Fragmento de “El efecto transilvania” de Juan Ramón Biedma


*Referencia : www.que-leer.orange.es/extra/queleer/audiolibros/masLibros.html



Aquello fue un gran embuste. Como si alguien te pidiera un vaso de agua, y al llegar a la cocina, te encontraras en un país distinto, sin pasaporte para vivir allí y sin ninguna posibilidad de retorno.
Todo el mundo ha oído hablar de los peligros que nos esperan en el interior de las iglesias. Y de que no hay abrigo que nos quite el frío de su oscuridad. Aunque no me negaba a acompañar a mi abuela de vez en cuando; era una de las pocas oportunidades que tenía de corresponderle por habernos acogido en su casa después del accidente de mi padre.
Ahora, cuando recuerdo todo lo que pasó esos días, después de tantos años, sigo escuchando la música sin música de aquella nave. Llevábamos poco tiempo allí, arrodillados en el reclinatorio, creo que invisibles, al fondo. Mi abuela, rezando, y yo imaginándome la estatua de San Pedro con un fusil de asalto o una guitarra eléctrica.
La tragedia se presentía en el aire. Como siempre.
Al final de nuestra fila, había una mujer de la edad de mi abuela y un chico de unos trece o catorce, como yo; los dos de rodillas también; si no fuera por sus rasgos latinoamericanos y porque eran más morenos que nosotros, cualquiera nos confundiría. Apenas había nadie más, sólo algunos ancianos hundidos en los bancos, y el cura que trajinaba en las zonas secretas del templo, y que salía y entraba del confesionario o por una puerta del lateral.
Daba igual que la parroquia de San Pedro fuera moderna y fea, a mí todas las iglesias me parecen el interior de un castillo medieval; ésa era otra de las razones por las que no me resistía a venir, no todos los días puede uno visitar el escenario de una película de terror.
Mi abuela terminó su oración y empezó a levantarse para ir a confesar, pero el chico del final de la fila se le adelantó. Era más bajo que yo, tenía cara de buena
persona. Vi perfectamen-te como abría la puerta de la cabina de madera al tenebroso vacío y la cerraba detrás de él.
Los tres nos sorprendimos cuando, a los pocos segundos, vimos surgir al cura para continuar con el arreglo del altar, pero por la puerta de la sacristía; todo el tiempo habíamos pensado que estaba en el interior del compartimento, junto al niño. Su abuela volvió la cabeza buscando a alguien que no se extrañara de su extrañeza, cruzó una mirada con nosotros, se levantó y se dirigió al confesionario, que no estaba más allá de tres metros.
Vacío.
Era imposible que el niño hubiera salido sin que lo vié-semos.
Al principio, empezó a gritar en voz tan baja que no se le escuchaba.
Fue subiendo el tono y perdiendo los últimos nervios. Se acercaron los parroquianos. Se abrió paso el cura con la sotana terminada en panza, las gafas marrones y el tono ronco y de-sagradable, más preocupado por evitar el escándalo que por ayudarla. La sujetó del brazo y consiguió que dejara de gritar. Ahora sólo interrumpía su llanto para preguntar «¿dónde está mi chibolo?».
Alguien propuso avisar a la policía y mi abuela me hizo una seña para que nos marcháramos.
Salí de la iglesia mirando la entrada negra del confesionario, con la sensación de que aquel chico se había perdido para siempre en los calabozos del Señor.
Lo que sí es verdad, de todo lo que comenzó a pasar durante aquellos días, es que debía tener cuidado con lo que contaba y con lo que no.
Un ejemplo fácil, el fin del mundo. Me había pasado toda la mañana dándole vueltas a una entrevista que vi la noche anterior en televisión, donde un hombre decía muy seguro que había logrado interpretar los geoglifos del Perú y que una marea destructiva estaba arrasando el continente europeo; en el año 2008 se acabaría toda forma de vida sobre España. Si se lo contaba a mi amigo Paco Ballesta, se pasaría la tarde largándome trolas intragables sobre el tema. No saqué nada en limpio por mucho que pensé en ello, pero al menos me sirvió para distraerme y no escuchar a los profesores que pasaban por cla-se; además, estábamos en 1994, teníamos tiempo de sobra para morirnos de asco mucho antes.
—Anoche vi a un científico en la tele que decía que España sufriría una hecatombe en el año 2008 —le dije a mi amigo; no siempre cumplo lo que me propongo.
—Normal —me respondió Paco.
—¿Lo ves normal?
—Claro, a los alienígenas les encantan las computadoras. El dos, en el lenguaje máquina, significa doble; y cero, cero, es destrucción, destrucción. Será su octavo intento. 2008. Está clarísimo.
Seguimos adelante.
Ballesta es capaz de inventarse cualquier cosa en medio segundo, soltarla, y quedarse tan tranquilo.
Andaba con una mano sobre mi hombro para orientarse, como solía; es ciego de nacimiento, pero creo que es él quien me guía a mí. Y no sólo porque conozca el barrio de San Pedro y a su gente mucho mejor que yo.
—Hay quien dice que los Reyes Magos fueron los primeros emisarios de los extraterrestres, y que una de sus misiones era anunciar el fin del mundo. Por lo visto… —No debí decirle nada.
Teníamos catorce años y lo conocía desde los cinco o seis, por temporadas, cuando iba de vacaciones a casa de mi abuela; ahora que mi hermano y yo nos habíamos venido a vivir a Sevilla, después de lo de mi padre, pasábamos casi todo el tiempo juntos.
—¿En qué número de San Benedicto vive Tona? —lo interrumpí.
—En el seis.
—Pues calla que ya casi estamos.
Lo estaba acompañando a casa de una compañera de clase para llevarle un estudio sobre cómics fantásticos en versión braille y normal. Yo sólo la conocía de vista, una repetidora como nosotros que llevaba los pantalones y los jerséis tan apretados que tenían que dolerle; debía de tener quince o dieciséis años y pasaba muchísimo de todo, pero no de los tebeos de terror, y de ésas no abundaban.
Mientras cruzábamos la plaza, la vi en su portal, con otra que también repetía curso en nuestro colegio y que me había llamado la atención porque tenía un arete dorado en la nariz, andaba a veces con los del Barrio Hundido y siempre iba muy seria. Las dos hablaban con mucho misterio. De pronto se quedaron quietas; Tona mirando a la del aro, y ésta mirando fijamente un montón de ropa usada, de la que se deja para que la recojan los de beneficencia, que había en un rincón del portal.
Sería por curiosidad, el caso es que le puse la mano en el pecho a mi amigo para indicarle que íbamos a pararnos.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
—Está en el portal con una amiga —le susurré—. Espera, que están… haciendo algo.
No pasaba nadie por la calle.
Las dos parecían muy concentradas, como si esperaran que saliera algo del montón de ropa vieja.
Entonces empezaron a volar.
A levitar, más bien, como los faquires sobre su alfombra mágica.
Dos botines zarrapastrosos de los que había en el montón de ropa se estaban levantando en el aire sin que nadie los tocara, despacio, como obedeciendo la mirada de la del aro, que los seguía fijamente.
Continuaban subiendo.
Tona se tapaba la boca con las manos para no gritar. Ya les habían rebasado la altura de la cabeza. Cuando se acercaban al techo, la del aro de oro alzó la mano, riéndose, la hizo girar y los botines también bailaron en el aire. Después los dejó caer con una reverencia a su amiga, que alucinaba. Como yo.
Cogí a Ballesta del brazo y le di la vuelta para irnos de allí antes de que nos descubrieran.
Lo difícil iba a ser contarle lo que había visto.
Mis padres me habían traído de visita a Sevilla un millón de veces, pero vivir aquí era muy diferente; sabía moverme, y había un gran número de lugares que me resultaban familiares, pero también estaba descubriendo otros muy extraños y sombríos. Sobre todo, desde que salí del hospital.
Como todos los meses, mi abuela me había enviado a pagar la cochera donde guardábamos el coche de mi abuelo. Estaba allí desde que se lo compró, en 1955. Mi abuelo murió muchos años después sin haberlo conducido ni una sola vez.
La noticia de la ejecución que iba a tener lugar en Sevilla había llegado a uno de los noticarteles que se habían puesto de moda en aquellos días, sucesos destacados que se recogían en vallas gigantescas patrocinados por una firma comercial.
Me quedé un buen rato debajo del cartel.
La Red de Tribunales Europeos aplicaba con más y más frecuencia la pena de muerte, pero debido a las movilizaciones de numerosos grupos opositores, había decidido llevar a cabo los ajusticiamientos cada vez en una ciudad distinta. Ahora le había tocado el turno a Sevilla. El 4 de abril. La condenada por un delito de asesinato, de origen peruano, tenía catorce años de edad.
El coche de mi abuelo no estaba en un garaje o un parking, sino en una antiquísima cochera del Muro de los Navarros, cerca de la Puerta Osario, que bien pudo ser construida para albergar coches de caballos.
Desde que vivía con ella, mi abuela me enviaba todos los meses para pagar la plaza de aparcamiento; no tenía que decirle nada al viejo propietario, bastaba con entregarle el sobre; después me daba una vuelta por el interior, me detenía un rato junto al coche de mi abuelo y me marchaba.
El día estaba nublado y el Muro de los Navarros, aún más; siempre me pareció una calle siniestra de la que se ramificaban callejuelas que llevaban a lugares horrendos, pero a mí casi todas las calles me parecen que llevan a lugares horrendos.
En una fachada podía verse un gran relieve de piedra representando una intervención quirúrgica que, por las indumentarias y el instrumental, tuvo lugar varios siglos atrás, y por lo tanto, sin anestesia. Los médicos iban vestidos de calle, parecían más torturadores que cirujanos, el enfermo se retorcía, la escena era aterradora.
Un mendigo, hasta el último centímetro de piel cubierto de vendas sucias y rotas, extendía su retorcida mano desde un portal.
Muy poca gente pasaba por aquella acera, pero todos, todos, lo hacían bajo una escalera de mano apoyada en la pared, aunque tenían espacio de sobra para rodearla. Yo también.
En la puerta de la cochera, junto a un contenedor de basura, había un piano de cola reluciente junto a varios muebles destrozados.
El encargado no estaba en su garita, así que entré para buscarlo. Se trataba de una gran superficie de techo muy alto, a esta hora sin más iluminación que la poca claridad natural que aún entraba por la puerta. Los vehículos estaban distribuidos en
varias calles; los del fondo, estacionados en la zona en la que el suelo subía hasta formar una rampa muy inclinada.
No se veía al dueño por ningún sitio.
Me dirigí directamente hacia el coche de abuelo, un Lancia Aurelia de 1955, negro, brillante. El dueño del garaje tenía instrucciones de mantenerlo limpio. Mi abuela me contó que se lo habían comprado en una época en la que mi abuelo «andaba mejorcito», pero que enseguida volvió a recaer. No se veían modelos como aquél más que en los museos. Me encantaba.
Lo habían destrozado.
Palmo a palmo, habían machacado el chasis, las ruedas, los cristales, los asientos, el salpicadero, todo. Un trabajo de destrucción limpio, tranquilo, ni siquiera se veían restos alrededor.
Escuché un sonido al final de la fila de coches aparcados en desnivel, el tiempo de mirar y un coche empezó a bajar, como si lo hubieran librado del freno, cobró velocidad mientras atravesaba el pasillo y se estampó contra otro de los vehículos. Inmediatamente, otro automóvil se soltó y volvió a ocurrir lo mismo.
No se veía absolutamente a nadie.
Otro vehículo más empezó a rodar para estrellarse.
Cada vez más cerca de mí.
Los coches estaban cayendo en la zona de la entrada, así que comencé a correr en dirección opuesta. Había otra puerta de salida al fondo del local, pero no siempre estaba abierta.
Los golpes de los vehículos al colisionar seguían escuchándose detrás de mí, uno tras otro, lentamente.
Me pareció que otros pasos a la carrera se unían a los míos, pero no quería mirar hacia atrás y no los escuchaba muy bien entre la sucesión de topetazos.
Mientras corría tuve la seguridad de que lo que le habían hecho al coche de mi abuelo era un aviso, pero no sabía de qué ni de quién.
Los impactos de los automóviles al chocar no dejaban de perseguirme.
Al doblar la última fila, me esperaba el resplandor del final de la tarde que entraba por la puerta abierta de par en par.
Por suerte, en invierno anochece pronto.
Ya había leído mis trece páginas diarias de La orden de la buhonería, la mejor novela del mundo, y estaba asomado a la ventana del dormitorio donde dormía, en casa de mi abuela, que en algún momento debería empezar a considerar mi casa y mi dormitorio.
Me había costado mucho tranquilizarme, no quería pensar en el episodio de la cochera.
Estaba dudando sobre salir de nuevo después de cenar o quedarme a no hacer nada. Eso sí, tan aburrido como para ponerme a estudiar no estaba. Lo bueno de repetir es que una parte de la materia te suena lo suficiente para tirar adelante, eso es lo que me decía a mí mismo a diario; la otra parte no te suena de nada, de ahí la gran cantidad de suspensos que estaba acumulando, y de eso prefería no acordarme.
Empezaba a tener frío cuando vi las cometas.
Docenas de cometas negras, allá por la zona del río.
Ahora sabía que la chica del aro en la nariz se llamaba Peña, que había entrado este año, como yo, en el colegio, y que sólo hablaba con Tona y con los chicos del Barrio Hundido. Mi ami-go Paco Ballesta era una estupenda fuente de información, sólo había que aprender a diferenciar qué parte de lo que te contaba era mentira, o sea, casi todo. No se había inmutado cuando le conté el episodio de los botines voladores; al momento había armado una historia sobre una secta de adoradores de Satán que estaba penetrando en el colegio, cuya máxima sacerdotisa era la tal Peña. Al menos sirvió para que dejara de hablar sobre el 2008 y el fin del mundo.
Abajo, mi abuela estaba llamando a mi hermano; por suer-te allí se cenaba temprano. Después de todo, esperaría una vez más a que se acostaran para dar una vuelta. Era una costumbre que tenía desde que me dieron de alta del hospital; apenas recordaba nada del tiempo que estuve ingresado allí; algunas imágenes que surgían de vez en cuando, un médico joven hablando con otro, de mí, diciendo algo de un «brote» y del «efecto Transilvania» cuando pensaba que yo no podía oírle, poco más.
Las cometas empezaban a confundirse con la noche.
En toda mi vida había visto antes una cometa negra.
—Parecemos el club de los repetidores —dijo Tona.
Durante el recreo, Ballesta y yo nos habíamos acercado a Tona y a su amiga, como quien no quiere la cosa; Peña se había dejado caer hasta sentarse en el suelo, y los demás la habíamos imitado.
—Fritz diría que parecemos el club de los pendejos —respondí.
—¿Quién es Fritz? —Tona.
—Un amigo nuestro mexicano. Otro repetidor. Está en Los Moros. —Así es como se conocía popularmente al colegio público de su barrio—. Vive en Pío XII.
—Fritz y su familia son exiliados —intervino Paco Balles-ta—; llegaron en una balsa hace un par de años, después de toda clase de penalidades; tres de sus hermanas y una tía política murieron por el camino; se cree que el resto de la familia tuvo que recurrir al canibalismo para sobrevivir.
—No le echéis cuenta a éste. El padre de Fritz es periodista y escritor, vino a España contratado por un periódico.
Siempre tengo que estar al tanto para que Ballesta no nos meta en un lío con sus mentiras. Pero casi nunca pasa nada. Sobre todo con las tías, nunca tiene ningún problema. Yo le digo que su éxito se debe al misterio de las gafas negras, y él se ríe, y se encoge de hombros. Más bien será por eso, porque siempre se encoge de hombros y les habla sin ningún reparo, o porque es rubio y parece un actor de cine.
—Ayer me quedé esperándote —le dijo Tona.
—Perdona, tuve que ayudar a Eme, que está terminando la mudanza —señalándome.
Eme, de Emeterio. Sin comentarios.
—Tú eres madrileño, ¿verdad, Eme? —Tona.
—Sí, pero ahora vivo aquí. —No quería entrar en detalles de la muerte de mi padre, ni del tiempo que estuve en el hospital nada más llegar a Sevilla.
—¿Tienes hermanos?
—Uno. Pero como si no lo tuviera. Tiene cinco años.
—Yo soy hija única, como Peña; vivo sola con mi padre, también como ella.
No le pregunté nada más para que ella no me preguntara. Cambié de conversación señalando la camiseta de Peña. Tenía que esforzarme para no mirar descaradamente el aro de oro terminado en dos pequeños búhos que llevaba en la nariz.
—¿Qué significa Nazca? —La palabra flotaba sobre un búho de alas abiertas. Otro búho.
—Una zona del sur de América. ¿No habéis oído hablar de los geoglifos? —Tona, contestando por su amiga.
—Me suena… —Ballesta se dispuso a iniciar una de sus patrañas, pero la otra no lo dejó seguir.
—Mi padre me ha hablado mucho de ellos. —A sus dieciséis años, parecía saber mucho de todo—. Nazca está en el Perú, es una de las zonas donde se han hallado estos geoglifos. Unos dibujos en la tierra hechos hace unos dos mil años. Pero son dibujos inmensos, algunos de varios cientos de metros, tan grandes que ¡sólo se pueden ver desde un avión! ¿Os hacéis una idea? Eso quiere decir que los que lo hicieron, no pudieron verlos nunca. Hay quien dice que son una pista de aterrizaje para naves extraterrestres, el caso es…
—¡Otra rata y aquí va el tío que las mata!
Era la frase preferida del Bumper, el bedel-vigilante, que nos observó y estuvo a punto de acercarse para decirnos algo, pero siguió su ronda por el patio-prisión mientras los alumnos-reclusos agotábamos los últimos minutos del recreo.
Últimamente habían tenido lugar una serie de robos en el colegio, objetos de todo tipo, y el Bumper había jurado públicamente atrapar y dar un escarmiento al responsable; ni se planteaba que el ladrón no fuera uno de los alumnos.
Los compañeros pasaban a nuestro lado y también se nos quedaban mirando, allí en el suelo. A mí me daba igual, hasta que me fijé en el cristal de la ventana de una de las clases que tenía enfrente.
El patio es un cuadrado de cemento rodeado de clases por todos los lados excepto por el de los servicios, y era lo más parecido a unas instalaciones deportivas que tenía el Recaredo. Un colegio caro, y famoso, según el director y propietario, porque hace veinte o treinta años, un equipo de alumnos quedó el tercero en un concurso televisivo llamado Cesta y puntos, por tener en su biblioteca un ejemplar original de un libro de Averroes, y por enderezar a chicos de los que era imposible hacer carrera en otros colegios.
La mayoría era gente descaradamente pija, después estábamos nosotros, que sólo éramos raros, y, por último, unos chavales de la zona del Barrio Hundido, a los que yo vigilaba a través de su reflejo en la ventana, mientras ellos nos miraban fijamente.
Ésos tenían un aspecto bastante peligroso.
Paco y yo les dábamos la espalda, pero Tona y Peña los tenían enfrente; era a esta última a quien miraban.
Yo no sabía sus nombres. Vestían ropa vieja y barata, parcheada y zurcida con colores chillones; no se juntaban con nadie, porque nadie esperaría encontrar a gente así en un colegio como éste. Venían a recogerlos cada día unos chicos algo mayores que ellos en una furgoneta destartalada.
Tona seguía con los geoglifos pero yo ya no escuchaba nada.
El de en medio, ciego y algo más bajo que los otros, se levantó la camisa y se escribió algo con el dedo en la barriga.
No pude ver qué escribía, pero sí reparé en que Peña sonrió.
Era muy guapa cuando sonreía. Y más cuando no.
Se fueron.
Me acordé de la teoría de Ballesta sobre la secta satánica, pero no quise seguir pensando en eso.
—¡Ya abre, ya abre, venid corriendo! —gritaba Águeda des-de la cocina.
Águeda era quien ayudaba de toda la vida a mi abuela con las tareas de la casa, vivía con nosotros, nunca se tomaba días libres. No era como de la familia, era la familia.
Cuando llegué, mi abuela ya estaba allí, con el brazo sobre los hombros de Víctor, mi hermano.
Los tres miraban embelesados una maceta que había junto al fregadero.
—¡Miradla bien! —nos advirtió Águeda muy nerviosa.
Una mata extraña y horrenda, parecía una de esas plantas carnívoras que salían en las películas de ciencia ficción. Y se estaba abriendo.
Por un momento pensé que iba a mostrar dos hileras de dientes, que el tallo crecería como un látigo y que se comería a mi hermano o algo así.
No hubo suerte.
Lo que pasó fue mucho peor.
Aquello era imposible.
La planta empezó a doblarse sobre sí misma bajo el peso del pollito recién nacido que cayó en la tierra de la maceta.
Habíamos visto un parto.
Un pollito pequeño y amarillento, como esos que venden a duro para que se los regalen a los niños.
—¿A que es gracioso? —Águeda.
Estaba vivo. Empezaba a moverse, como si acabara de salir de un huevo.
—Las vendían unos chicos en el mercado —seguía Águeda, como si aquello fuera lo más natural—. Hicieron una demostración allí mismo y se las quitaban de las manos.
Hasta yo, con lo distraído que todos dicen que soy, me fijé en los árboles muertos; desde que enfilé la Resolana no había visto ningún árbol que no estuviera seco, como quemado.
Eran las cinco y veinte, estaba empezando a llover, todos los coches habían decidido pitar al mismo tiempo; llevaban tanto tiempo atrapados en el embotellamiento que parecían circular por una ciénaga en vez de por una carretera.
Iba pensando que esa tarde todos se habían vuelto todavía más locos de lo normal; sobrepasé la Torre de los Perdigones, caminé un poco más, vi la pirámide.
Me quedé allí clavado.
Era tremenda, imponente.
La pirámide de Mahuachi.
No sabía cuál era el material oscuro en el que estaba construida —parecía barro endurecido, adobe—, ni cuántas docenas de metros tendría de altura, ni cuánto mediría de anchura o profundidad, pero tenía la impresión de no haber visto nunca nada igual.
Seguí allí como un idiota mirando los siete niveles en los que estaba dividida, los pasadizos que se podían advertir desde el exterior en las zonas inacabadas, las rampas de acceso, los escalones perfectamente milimetrados. Sabía que, a partir de la quinta plataforma, el pueblo llano tuvo prohibida la entrada en la pirámide original, que estaba reservada para los cultos secretos de los sacerdotes.
En el colegio también nos explicaron que se habían respetado con todo detalle las medidas de la pirámide de Mahuachi, que se encontraba en el sur del Perú; que este duplicado llevaba construyéndose en Sevilla desde hacía trece años y que las obras no terminarían hasta dentro de uno o dos. Por todos lados se veía carteles anunciando que el Grupo Sábato era el responsable de las obras; el mismo conjunto de empresas que daba nombre a la factoría abandonada del Barrio Hundido y a tantas otras repartidas por Sevilla.
Sevilla.
Era increíble ver aquella pirámide peruana empotrada en medio de una ciudad europea.
Alrededor de ella estaban plantando un amplísimo jardín, con un millón de macizos de flores distintas dispuestos en líneas que se abrían y cerraban en enrevesadas formas.
Sin embargo los árboles de las calles del exterior, incluyendo los arbustos que crecían a su pie, estaban renegridos, como si el jardín de la pirámide hubiera sido implantado en una ciudad sin vida.
El viento me golpeaba la cara con la mano abierta.
Según me habían dicho, algunos creen que la palabra Mahuachi significa «lugar de vientos»; otros, que «lugar de sacrificios».
Cené viendo la cara de la chica peruana que ejecutarían al cabo de unos días. En realidad sólo pusieron su fotografía en televisión durante unos segundos, pero yo seguí viéndola, superpuesta al resto de las noticias y a los anuncios y a todo lo demás.
De día, el sol me ciega, me detiene, me atraviesa la piel. Paso. Prefiero la noche, menos cuando hay luna llena.
En cuanto se acuestan salgo muy despacio, sin hacer ruido; diciéndome que es para no despertarles.
Me pongo el abrigo negro que, junto al ejemplar de La orden de la buhonería que encontré en su escritorio, son las dos únicas posesiones que he heredado de mi abuelo, y me largo; a él no lo conocí, estaba enfermo, pasó casi toda su vida entrando y saliendo de sanatorios; cuando estuve en el hospital, mi abue-la le dijo a un médico que no estaba dispuesta a repetir conmigo la historia de su marido y que yo no necesitaba esa clase de medicamentos.
Envuelto en el abrigo, que me estaba algo grande, daba vueltas por ahí, recogía cosas, chinas, siempre había algo interesante.
Después de rondar un rato cerca del cementerio, al igual que el día anterior, me dirigí a casa de Peña. No sabía muy bien por qué. Ella vivía en un piso bajo, así que a lo mejor esperaba verla realizar otra proeza como la de los botines voladores o algo así a través de las ventanas.
Hacía frío y eran más de las doce; no se veía un alma.
El barrio de San Pedro está formado por conjuntos de edificios que encierran un patio interior para tender la ropa o guardar las motos, las bicis y otros trastos, con algunas zonas de arriates plantados por los vecinos como único adorno; la mayoría tenían el suelo de albero y algunos, como el de Peña, eran grandes como un campo de fútbol, pero diseñados por un arquitecto borracho.
Sólo había que franquear una tapia no muy alta para colarse dentro.
Cuando salté, me di cuenta enseguida de que ya había alguien allí.
Por supuesto, aquello sólo estaba iluminado por las luces de algunas ventanas, no se veía casi nada. Los bloques de edificios están dispuestos irregularmente y sobraban las esquinas para ocultarme, de lavadero en lavadero, hasta que llegué a las inmediaciones de la casa de Peña.
Un hombre, con un azadón en la mano, miraba hacia su ventana.
Llevaba el pelo largo y vestía de oscuro, sólo le faltaba cambiar su herramienta por una guadaña.
Me dio la impresión que se había tomado un descanso, porque enseguida hundió el azadón en la tierra y empezó a removerla. Había clavado una serie de estacas en el suelo, atadas entre sí por cordeles que parecían guiarle en el trazado de la zanja que estaba cavando.
Profundizaba poco en la Tierra, como si, más que un hoyo, estuviera haciendo una marca.
No tenía ni idea de lo que hacía, pero verlo trabajar en silencio, en penumbra, a esa hora, provocaba menos curiosidad que miedo.
Cuando me acostumbré a la oscuridad, pude comprobar que era un hombre de unos treinta y tantos años que cojeaba un poco al andar, la melena y barbas bien recortadas pero algo revueltas, con corbata, traje y gabardina que hasta yo podía apreciar que eran caros y a la moda. También pude ver que había otras muchas
zanjas ya excavadas formando líneas rectas y curvas, como si llevara muchas noches realizando aquel trabajo.
Él no dio muestras de escuchar el gruñido, pero yo apenas pude contener un grito.
Desde los arriates que tenía enfrente, a cinco o seis metros, algo me miraba, se movía entre las plantas en mi dirección.
Empecé a ponerme muy nervioso, ya estaba bien por esa noche.
Pegado a las paredes, andando todo lo rápido que me era posible sin llamar la atención, llegué a la cancela y salté la tapia.
Estaba seguro de que aquel hombre iba a volver, pero al día siguiente lo esperaría en el exterior.
Camino a la urbanización Montedalia, a casa de mi abue-la, el viento me golpeaba la espalda como si quisiera recordarme algo. Me asaltó de nuevo toda aquella parafernalia sobre el fin del mundo. Me acompañaba el aliento de monstruos que surgían de las alcantarillas. Podía pensar en cosas todavía peores.
La acera, entre la risa que brotaba de las ramas de los árboles y la fachada de los edificios que parecían echarse sobre mí, me parecía interminable; me había subido el cuello del abrigo para protegerme y sólo quería llegar lo antes posible, por eso no me detuve cuando vi el murciélago muerto, con las alas abiertas, en mitad de la acera.
Pero al momento vi otro más, medio oculto por una farola. Más allá el cadáver de una rata, y después otras dos, y palomas de las que viven de las sobras del barrio, y más ratas, cucarachas, pájaros diminutos, todos muertos. Reposaban sobre un lecho de flores marchitas. Ahora sí me paré.
Hasta donde me alcanzaba la vista, la acera estaba cubierta de cadáveres de pequeños animales.
Continué andando sin prisa, como si ya no tuviera otro sitio peor al que llegar.
Por la mañana, habíamos quedado Paco Ballesta y yo —la verdad es que, era mi amigo quien lo había organizado todo—, en recoger a Peña y Tona para irnos juntos al colegio.
—Ten cuidado, hay un hombre tirado junto a la ventana de Peña —advertí a Paco cuando aún estábamos lejos, para que no tropezara con él; cuando iba conmigo, siempre plegaba y guardaba su bastón blanco, no es que no le hiciera falta, es que era demasiado presumido.
—Será la víctima de uno de los sacrificios de su secta —concluyó—. Le habrán sorbido la sangre y lo habrán dejado ahí mismo para que se lo lleve el barrendero. Los satanistas, cuan-do se sienten preparados para salir de la oscuridad, están obligados, cada siete días, a adornar con muertos la casa de…
Al principio pensé que se trataba del hombre que había visto en el patio unas horas atrás.
Era aproximadamente de la misma edad, pero éste vestía de etiqueta, llevaba un fino bigote, se cubría con una capa y había un sombrero de copa a su lado, en el suelo; tenía un aire de otro tiem-po, como los caballeros de las películas situadas en el siglo XIX.
Los ojos entreabiertos y una sonrisa tonta de borracho.
Cuando ya estábamos muy cerca, las chicas salieron del portal; se quedaron mirándolo, muy serias, tristes; Peña reaccionó pronto: le dio sus libros a Tona, se agachó junto al hombre y, después de despertarlo con unos cachetes, lo ayudó a levantarse y a entrar de nuevo en el edificio.
—Es Mario Mesmer —nos informó Tona—. Su padre. Llega así cada dos por tres.
—¿Por qué viste de esa manera? —le pregunté.
—¿Cómo? —Ballesta.
—Con traje como de otro tiempo con capa y sombrero.
—Todo es así de raro en él —Tona.
—Seguramente…
Pero Peña salía de nuevo, tan silenciosa y avergonzada, que mi amigo no continuó con la explicación que había comenzado a inventarse.
No habíamos recorrido ni veinte metros, camino a la parada del autobús, cuando lo descubrimos.
—¿Veis eso? —preguntó Tona.
—No. —Ballesta.
—La iglesia está… abollada. Bueno, no exactamente. Es como si un globo gigante la empujara desde el interior —Tona.
—No me entero de nada —Ballesta, algo más serio.
Intenté describírselo.
Pero tuve que esperar a creérmelo yo; unas cuantas personas, que a aquella hora de la mañana se dirigirían al trabajo o a la universidad, se habían parado enfrente y, por sus caras, parecía costarles aceptar lo que estaban viendo lo mismo que a mí.
Al final de la plaza donde vivía Peña, se encontraba la parroquia de San Pedro, un templo moderno rodeado por una verja roja que también protegía una altísima estructura metálica terminada en un campanario y una cruz.
Pues bien, una parte de la fachada de la iglesia estaba abombada.
Como cuando acercamos una llama a la pintura de la pared y surge una burbuja.
En su zona más alta, rematada por una vidriera, la pared se había transformado hasta convertirse en media esfera, de unos tres o cuatro metros de diámetro.
Los cristales y el armazón metálico que los sostenían estaban combados, como si fueran de goma, parecía haber una bola gigante en el interior que los empujaba; una parte de la piedra también se veía redondeada y otra, menos elástica, se había derrumbado. Pero ninguna piedra es elástica, los cristales no son elásticos, el metal no es elástico. Aquello no podía ser.
Mi amigo seguía a la espera de que le contara lo que estaba pasando.
Los martes, miércoles y jueves, Paco tiene clases de apoyo, y yo regreso solo a casa; al contrario del resto de los días, tomo el autobús; mi colegio está en la Puerta Osario, a un buen tirón de mi barrio, en la zona Macarena; es curioso lo largo que se hace el camino sin las historietas de mi amigo.
Un mendigo estaba sentado en el portal de un viejo edificio; algo extraño noté en su manera de tener la mano extendida, como una garra, que casi me hizo detenerme. Cuando llegué a su altura, vi que estaba totalmente cubierto de vendajes bajo el sombrero, totalmente, incluyendo las manos y la cara, unas vendas sucias y amarillentas. A su lado, en el suelo, tenía una taza metálica en la que se leía Grupo Sábato y, apoyado en la pared, un cartel, seguro que contando sus problemas, en un idioma de signos que no había visto en toda mi vida. Debería haberme dado lástima pero aceleré el paso sin querer reconocer lo que me asustaba. Tenía la impresión de haberme tropezado antes con él.
Antes de salir de casa, escuché a mi abuela comentarle a Águeda que la tarde anterior se había encontrado con la abuela del chico que desapareció en el confesionario de la parroquia de San Pedro. Seguía sin aparecer. La policía no sabía nada. Por lo visto eran peruanos y llevaban sólo unos meses aquí. Mi abuela se había ofrecido a ayudarla.
Recordé la burbuja de piedra que había aparecido en la fachada de la iglesia; intentaba relacionar aquel fenómeno con la desaparición del niño cuando vi el autobús, detenido en la parada; estaba a punto de iniciar una carrera para que no se me escapara. Pero vi a Peña.
Me fui detrás de ella sin pensarlo, fuera a donde fuese.
Mientras cruzaba y no cruzaba la carretera, los tres chicos del Barrio Hundido surgieron de un callejón y se reunieron con ella; parecía que la esperaban.
Los seguí. Al fin y al cabo, ya había perdido el autobús y ellos iban en mi dirección.
Por poco tiempo.
Volvieron al callejón de donde habían salido. El Facineroso —Paco, que había tomado la palabra de un tebeo con traducción puertorriqueña, decía llamar así al chico ciego para diferenciarlo de sí mismo, que era más bien como Daredevil—, la cogió del brazo, le contaba algo, no dejaban de reírse; había oído de gente a quien se le había atragantado la risa y se habían muerto de alegría, así que decidí seguirles un poco más, a ver qué pasaba.
Un par de chicos, mayores que nosotros, bajaron de una vieja furgoneta pintada de un millón de colores, abrieron la puerta lateral y se quedaron esperándoles; me bastó ver su ropa, vieja y de colores como la furgoneta, para saber que procedían también del Barrio Hundido.
Me metí en un portal, no quería que Peña me viera.
Cuando llegaron al vehículo, los mayores ayudaron a subir al Facineroso y a Peña, que parecía conocerlos a todos. Desde mi escondite podía ver gran parte del interior de la trasera de la furgoneta, un habitáculo sucio con mantas en el suelo en vez de asientos.
No debí haberla seguido.
Mientras terminaban de acomodarse, y justo antes de cerrar la puerta, vi un lagarto de más de un metro, o un cocodrilo pequeño, con dos cabezas que se movía entre los chicos como si fuera un animal doméstico. Se cerró la puerta. Arrancaron. Peor que las dos cabezas, era la impresión de que, al no haberlo visto nadie más, lo que hiciera aquel monstruo se había convertido en algo así como mi responsabilidad. Pasaron de largo.
Al subir a mi cuarto, tras la comida, me encontré un póster gigante de la pirámide de Mahuachi extendido en mi cama.
Me dije que ya le preguntaría a mi abuela de dónde lo había sacado, pero nunca me enteré.
La foto me gustaba; la pirámide, tomada desde su base, aparentaba ser tan infernal y amenazadora, tan llena de secretos como me pareció cuando la visité.
Busqué un poco de cinta adhesiva y la colgué detrás de la puerta.
En cuanto me tendí en la cama y me quedé mirándola supe que tenerla allí era haberle dado una entrada preferente a mis pesadillas.
—¿Sabéis cuál es la dedicatoria que hay al principio de La orden de la buhonería? —les pregunté a Fritz y a Paco.
—Di.
—«Para mi madre, que es infinitamente mejor que la vues-tra.»
—¡Vaya un pelado! —dice Fritz, pero se ríe, hinchando los carrillos, y sigue leyendo las fotocopias de los artículos.
Éramos bichejos de biblioteca los tres.
Ballesta y yo habíamos pasado media tarde poniendo al día a nuestro amigo mexicano, hablándole de Tona y de Peña, de su extraña amistad con la banda del Barrio Hundido y, sobre todo, del episodio en el portal el día que la vi por primera vez. Yo podría haberles contado más sucesos inexplicables, lo de la cochera, lo del lagarto con dos cabezas o lo de los animales y las plantas muertos la noche que descubrí a aquel tipo excavando en el patio de Peña, pero bastante trabajo me costó convencerle de que podía sostener unos botines en el aire tan sólo con mirarlos.
En cuanto mencionamos lo que Tona nos había contado de los geoglifos, Fritz propuso que nos llegáramos a la biblioteca de la avenida de la Cruz Roja; quería ser periodista como su padre, y estaba obsesionado con documentarlo todo. Allí lo había conocido un par de años atrás y allí nos habíamos visto por primera vez Paco y yo, en la sección infantil, cuando éramos unos mocos, durante las temporadas que yo pasaba en Sevilla antes de mudarme para siempre.
La biblioteca, a un paso de la casa de Ballesta, no lo parecía; había que fijarse mucho para distinguir el pequeño letrero sobre la modesta entrada del edificio de tres pisos. Dentro, puertas de diversos colores conectaban habitaciones de muy distinto tamaño, descubriéndonos y ocultándonos uno de esos enormes caserones antiguos, lleno, en su mayor parte, de libros más antiguos todavía.
El bibliotecario, Antonio, había prometido conseguirnos algunos textos sobre los geoglifos y, como adelanto o disculpa, nos había entregado gratis dos fotocopias de artículos que hablaban sobre el tema.
—Fijaos —decía Fritz, levantaba la hoja para que yo pudiera verla al tiempo que la describía para Ballesta—, lo que os contó la tal Tona es verdad. Este mono mide 135 metros y la cola en espiral parece un punto de aterrizaje. El pinche dibujo es clarísimo. No te explicas cómo pudieron hacerlo, hace casi dos mil años, sin ningún medio. —Muy grave en su papel de erudito, vuelve a leer la fotocopia antes de seguir—. Aparte de la teoría de que los nativos eran controladores aéreos de los alienígenas, también dicen que los dibujos tenían propiedades mágicas.
Mi amigo disfrutaba respondiendo a la batería de preguntas que inició Paco, y yo me iba desconectando cada vez más, pensando en la vigilancia que tenía prevista esa noche en el patio de Peña y en que lo que estaba pasando estos días a nuestro alrededor, la sensación de amenaza que lo acompañaba, era todavía más extraño que los prodigios que estaba escuchando.
—Fritz.
Por poco me trago el bolígrafo. No lo había visto aparecer. El cura de la parroquia de San Pedro estaba al borde de nuestra mesa, mirándonos con sus gafas marrones.
Una tontería.
Eran más de las tres de la madrugada.
Sin llegar a saltarla, me había asomado al borde de la tapia para ver al hombre de la barba excavando como la noche anterior.
Me estaba muriendo de sueño y de frío allí fuera.
A las tres y media, salió, cerrando con su llave el candado de la cancela. Habría dejado las herramientas escondidas en el interior, porque en la mano sólo llevaba un raro bastón —sin empuñadura, adornado por un sobrecargado dibujo lineal con forma de laberinto en varios tonos descoloridos— que apenas usaba para apoyarse, aunque cojeaba ligeramente al andar. También se habría detenido para sacudirse, porque estaba inmaculado, con su traje y su abrigo caros y oscuros, distintos a los que llevaba la noche anterior.
Esa vez sí pude contemplarlo a mis anchas.
No se me olvida su rostro esa noche; ni siquiera cuando, semanas después, lo escupió la tumba, me impresionó tanto.
Era un tipo en busca de algo, cada rasgo lo indicaba, y estaba dispuesto a matar y a morir o realizar actos mucho peores por conseguirlo. Unos cuarenta años. La perversa intensidad de su mirada no lo hacía menos apuesto, pero amedrentaba la certeza de que podía arrastrarnos a los lugares donde estaba dispuesto a descender y seguir detrás de lo suyo, dejando que nos pudriéramos allí para siempre.
Andaba a buen paso, pero sin prisa; yo podía seguirlo sin ningún problema.
Al pasar junto a la iglesia de San Pedro, vi luces encendidas en la vivienda del sacerdote panzudo de las gafas marrones; imaginé lo que estaría haciendo despierto a aquella hora.
Habían sacado un inmenso bloque de niebla del frigorífico del cielo y la habían dejado para que se descongelara sobre este barrio; a medida que avanzaba la noche, la niebla se deshacía en nubes de humo, impidiendo ver nada a dos pasos, y llenando el suelo de surcos de agua helada.
Llevaba el cuello del abrigo negro de mi abuelo subido hasta las orejas, los bajos revoloteando casi en los tobillos; todos teníamos aspecto de aparecidos esa noche.
El del bastón llegó a la Ronda de Pío XII, y giró en dirección al hospital Macarena, muy pronto pasaríamos por mi urbanización; era extraño verlo andar así, al borde de la carretera casi desierta a aquella hora, sabiendo de dónde venía. Casi desierta.
Un Seat 131 y un Renault 12, hacía siglos que no veía dos modelos tan antiguos, avanzan en paralelo, llenos de gente.
Frenan a la altura del hombre de la barba y dan un volantazo para detener el coche encima de la acera, al mismo tiem-po, uno delante y otro detrás de él. No me explico cómo no han reventado los amortiguadores con los escalones. Todavía se escucha el estruendo cuando ya me he escondido en un portal; no veo muy bien lo que ocurre a esta distancia; sí veo el peligro.
De los coches bajan un buen número de hombres con las capuchas de los anoraks puestas, de baja estatura, oscuros, tallados en la niebla. Algunos de ellos llevan una especie de porra terminada en punta y otros en forma de estrella.
El de la barba sujeta el bastón con las dos manos, se agacha y gira sobre sí mismo, abriendo un círculo de seguridad al mismo tiempo que extrae un sable del interior del bastón; adopta una postura de esgrima y se va acercando a la carretera, buscando una salida.
No van a permitírselo.
Lo tantean, le lanzan golpes bajos que él rechaza con su espada, le patean la pierna enferma. En silencio total, sin rostro, no parecen seres vivos.
Desde el principio está claro que, más que matarlo o herirlo, quieren hacerlo prisionero, pero uno de ellos se cansa y le arroja el mazo a la cabeza, le da de lleno; todavía no ha tocado el suelo, cuando varios están encima de él, machacándole con el extremo redondeado de sus mazas.
Enseguida lo introducen junto al bastón en uno de los coches, se apretujan junto a él, dan marcha atrás para salir de la acera y arrancan a toda la velocidad que les permiten los cascajos que conducen.
Yo salgo del portal y empiezo a correr detrás.
La niebla se abre.
Algo cae del cielo.
Se estrella contra el parabrisas de uno de los coches, que patina y colisiona contra la trasera del otro, se mete debajo, y termina volcándolo sobre los vehículos aparcados.
De nuevo el silencio y ruedas que giran en el aire.
Se abre el portón trasero de uno de los coches.
Busco otro portal donde esconderme.
Lento, el hombre de la barba sale del interior, se detiene a buscar su bastón estoque, y sigue su camino, cojeando un poco más que antes, pero a paso tranquilo.
En el asfalto mojado, entre los dos coches, ha quedado lo que motivó el accidente: un enorme búho con las alas extendidas. Muerto.
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