El obispo leproso, de Gabriel Miró
*Texto de J.L.Alós Rivera
En una de las obras más destacadas de Gabriel Miró –"El obispo leproso"–puede apreciarse la pormenorizada percepción que su autor hace de la lepra, a modo de pintor impresionista. El médico, que acaba de besar la mano enguantada del prelado, piensa: "Debajo del guante no se le siente la piel sino una blandura de hilas embebidas de aceite".Después de que su ilustrísima se haya desnudado las manos, aparece el metacarpo "acortezado de racimillos de vesículas". Entre tanto, su ilustrísima observa su carne llagada como sino fuese suya. Y, el obispo, ahíto de esperanza y recordando las Sagradas Escrituras, reconocía que si la piel tiene un mancha blanquecina "el lucens caudor", quedará el enfermo siete días en observación. Si persiste, se guardaran otros siete días. Si pasado este plazo se ensombreciese la piel, no será lepra. Aunque, bien es cierto que en aquel tiempo la lepra no era tan sólo lepra, por lo que el obispo mentó los eczemas, los herpes, los impétigos, la psoriasis, y demás denominaciones de la nosología... En otro capítulo de la novela, el obispo enfermo hace una detenida reflexión sobre la lepra. Cuenta sus visitas a leproserías donde fallecieron leproso de nefritis, de neumonía, de vejez, quienes hubieron de soportar largos años con llagas cerradas y secas, y la pérdida de sensibilidad. El médico de sus ilustrísima, por su parte, acaba con una frase sentenciosa: "Si la medicina antigua tuvo carácter religioso, situada entre el rito y el milagro, la medicina moderna participaba de la Ética y la Sociología. El médico, a sí mismo, era un dermatólogo de piel magnífica, de porte tan pulido, que todos sus enfermos se sentían realzados de ser el objeto de sus estudios, e incluso llegaban a no creer tan horrendos sus males, tocándolos aquellas manos
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