Gabriel Miró
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Gabriel Miró Ferrer (Alicante, 28 de julio de 1879 –Madrid, 27 de mayo de 1930). La mayor parte de la crítica considera que la etapa de madurez literaria de Gabriel Miró se inicia con Las cerezas del cementerio (1910), cuya trama desarrolla el trágico amor del hipersensible joven Félix Valdivia por una mujer mayor (Beatriz) y presenta —en una atmósfera de voluptuosidad y de intimismo lírico— los temas del erotismo, la enfermedad y la muerte.En 1915 publicó El abuelo del rey, novela en la que se relata la historia de tres generaciones en un pueblecito levantino, para presentar, no sin ironía, la pugna entre tradición y progreso y la presión del entorno; pero, ante todo, nos encontramos con una meditación sobre el tiempo.Un año después aparece Figuras de la Pasión del Señor (1916–17), formada por una serie le estampas en tomo a los últimos días le la vida de Cristo. También de 1917 es el Libro de Sigüenza, con el que Miró inicia las obras de carácter autobiográfico, centrándose en el personaje de Sigüenza, no sólo heterónimo o alter ego del autor, sino su propio yo fijado líricamente, que va dando unidad a las escenas en sucesión que componen el libro. Un carácter similar tienen El humo dormido (1919), sobre el tema del tiempo, y Años y leguas (1928), de nuevo con el personaje de Sigüenza como protagonista y eje conductor.En 1921 apareció un libro de estampas, El ángel, el molino, el caracol del faro, y la novela Nuestro padre San Daniel, que forma una unidad junto con El obispo leproso (1926). Ambas se desarrollan en la ciudad levantina de Oleza, trasunto de Orihuela, en el último tercio del siglo XIX. La ciudad, sumida en el letargo, está vista como un microcosmos de misticismo y sensualidad, en el que los personajes se debaten entre sus inclinaciones naturales y la represión social, la intolerancia y el oscurantismo religioso a los que están sometidos.Ricardo Gullón ha calificado los relatos de Miró como novelas líricas.
EL SEÑOR CUENCA Y SU SUCESOR (Enseñanza)
"Pasaba ya el tren por la llanada de la huerta de Orihuela. Se iban deslizando, desplegándose hacía atrás, los cáñamos, altos, apretados, obscuros; los naranjos tupidos; las sendas entre ribazos verdes; las barracas de escombro encalado y techos de "mantos" apoyándose en leños sin dolar, todavía con la hermosa rudeza de árboles vivos; los caminos angostos, y a lo lejos la carreta con su carga de verdura olorosa; a la sombra de un olmo, dos vacas cortezosas de estiércol, echadas en la tierra, roznando cañas tiernas de maíz; las sierras rapadas, que entran su costillaje de roca viva, yerma, hasta la húmeda blandura de los bancales, y luego se apartan con las faldas ensangrentadas por los sequeros de ñoras; un trozo de río con un viejo molino rodeado de patos; una espesura de chopos, de moreras; una palma solitaria; una ermita con su cruz votiva, grande y negra, clavada en el hastial; humo azul de márgenes quemadas; una acequia ancha; dos hortelanos en zaragüelles, espadando el cáñamo con la agramadera; naranjales, panizos; otra vez el río, y en el fondo, sobre el lomo de un monte, el Seminario, largo, tendido, blanco, coronado de espadañas; y bajo, en la ladera, comienza la ciudad, de la que suben torres y cúpulas rojas, claras, azule, morenas, de las parroquias, de la catedral, de los monasterios; y, a la derecha, apartado y reposando en la sierra obscuro (sic), macizo, enorme, con su campanario cuadrado como un torreón, cuya cornisa descansa en las espaldas de unos hombrecitos monstruosos, sus gárgolas, sus buhardas y luceras, aparece el Colegio de santo Domingos de los Padres Jesuitas." Sigüenza es el personaje donde el propio Gabriel se reencarna para usarlo como medio para contar sus propias experiencia. El este artículo firmado en 1908, se nos cuentan las vicisitudes internas del Colegio de Santo Domingo y los sistemas educativos de los jesuitas. Donde los padre jesuitas hablaban de usted a los alumnos, por el apellido, Señor Miró, Señor Cuenca. De los mortificantes Ejercicios Espirituales, El Pecado, la Muerte, el infierno, el Purgatorio, la Salvación...Toda una semana en silencio, sin poder hablar, salvo los castigos por faltas graves. El Señor Cuenca fue un alumno, y el pobre Señor Cuenta se murió en el Colegio, es tremenda la forma en que Gabriel Miró nos cuenta este pasaje, con un final tan triste como inesperado.
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