Dos poemas de Raul González Tuñón
CASA DE REMATE
Armatostes insignes! Todavía maduros, cuánta vida a su orilla es hoy podrida muerte, cementerio de gestos y voces y cenizas. Armarios, mesas, cómodas, sillones, que fueron vegetal estremecido, aserradero y éxtasis. Guardaron los secretos familiares, como animales fieles y callados y lentos ¡compresivos! El hogar, la provincia, el adorno de los candelabros, la represión sexual y el deseo de los daguerrotipos. Y cuántas frases célebres, cuántos niños prodigio con violines, cuánta vajilla fallecida, cuánto termómetro, cuánta carta con noticias que un tiempo conmovieron, cuánto viaje que nunca realizaron porque, a lo sumo, con los cuadros cirios ardiendo todavía, alguien que sale, alguien a quien se llevan hacia la soledad y los gusanos, hacia la nada activa. Algo de abandonadas estaciones, algo de teatro clausurado, algo de recepción deshabitada, algo de espectro real, concreto espanto, y de naufragio sin naufragio.
LA LIBERTAD
I
De pronto entró la Libertad.
La Libertad no tiene nombre, no tiene estatua ni parientes. La Libertad es feroz. La Libertad es delicada.
La Libertad es simplemente la Libertad.
Ella se alimenta de muertos. Los Héroes cayeron por Ella. Sin angustia no hay Libertad, sin alegría tampoco. Entre ambas la Libertad es el armonioso equilibrio.
Nosotros tenemos vergüenza, la Libertad no la tiene, la Libertad anda desnuda. (Y el señor Jesucristo dijo que el reino de Dios vendrá cuando andemos de nuevo desnudos y no tengamos vergüenza.)
Hermanos, nosotros sabemos, pero la Libertad no sabe. II Hay que ser piedra o pura flor o agua, conocer el secreto violeta de la pólvora, haber visto morir delante del relámpago, conocer la importancia del ajo y el espliego, haber andado al sol, bajo la lluvia, al frío, haber visto a un soldado con el fusil ardiente, cantando, sin embargo, la Libertad querida.
Viva el amor, la vida poderosa, la muerte creadora de olores penetrantes y eso porque uno muere y resucita, la luz sobre los techos de la aurora, sobre las torres del petróleo, sobre las azoteas de las parvas, sobre los mástiles del queso y el vino, sobre las pirámides del cuero y el pan, la gente retornando, una ventana con la bandera en familiar bordado y la exacta ambulancia, con heridos, cantando, sin embargo, la Libertad querida.
Hay que ser como el puente necesario, natural como el lirio, como el toro, saber llegar al fondo del silencio, al subsuelo del brote y a la raíz del grito, hay que haber conocido el miedo y el valor, haber visto una mano que agita una linterna de noche, hacia el distante nido de metralla, hay que haber visto a un muerto cicatrizado y solo cantando, sin embargo, la Libertad querida. III De pronto entró la Libertad.
Estábamos todos dormidos, algunos bajo los árboles, otros sobre los ríos, algunos más entre el cemento, otros más bajo la tierra.
De pronto entró la Libertad con una antorcha en la mano.
Estábamos todos despiertos, algunos con picos y palas, otros con una pantalla verde, algunos más entre libros, otros más arrastrándose, solos.
De pronto entró la Libertad con una espada en la mano.
Estábamos todos dormidos, estábamos todos despiertos y andaban el amor y el odio más allá de las calaveras.
De pronto entró la Libertad, no traía nada en la mano.
La Libertad cerró el puño. ¡Ay! Entonces...
*De "La muerte en Madrid"
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