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Del elevado vuelo del halcón
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» Del elevado vuelo del halcón
El amigo Pedro Sevylla de Juana nos envía el primer capítulo de su nueva novela "Del elevado vuelo del halcón", que reproducimos.

Del elevado vuelo del halcón

*(Primer capítulo de la novela escrita por Pedro Sevylla de Juana y editada por INCIPIT EDITORES Madrid-2008 ISBN: 978-84-8198-767-6)

I
Huye Juan Frías de sí y considera amigo al tiempo huero, a los días incapacitados para producir noticias, relojes sin números ni rayas de las horas, manecillas iguales en anchura y longitud; busca la oscuridad diurna, el silencio estático y la soledad. Con abulia de alienado gira el afligido en torno al ojo del huracán, zigzagueante fuerza, espiras y más espiras, viento que no encuentra la puerta de escape. Madrid bulle a sus pies, los alrededores hasta donde alcanza la vista; cuerpo y espíritu fundidos, amalgamados en miscelánea confusa, mano y convencimiento infundado, brazo y esperanza carente de objeto. Voltea sin miramientos su intimidad replegada, encogida, metamorfoseada; y la terraza del alto edificio se hace atalaya de vigilante o plataforma de suicida, punto de arranque de la metempsicosis. Se llama Juan y en este instante rechaza los apellidos que concretan y explican su vida anterior; una vida llena, satisfactoria: espejismo quizá, ilusión sensorial que la acerca al modelo perseguido. Ha subido al terrado sin intención precisa, y desea estar solo porque cree que su daño viene de fuera. Allí, junto al símbolo de la empresa moldeado en plástico rígido y acero inoxidable, su deseo de huída alcanza un vasto territorio que comienza en las difuminadas laderas de la madrileña Sierra Norte y tiene su término en lugares y personas de nombres mitificados por él, en plantas y piedras, en objetos: Nínive, Praxíteles, Tenochtitlán, ornitorrinco, Krakatoa, hoja lanceolada, rosa del desierto, el Santo Grial, Marco Aurelio, piedralipes, Olimpo, Isla de Negros, Sakuntala, Fusiellos.
Una hora después, ganada o perdida con apática indiferencia, regresa Juan al despacho que debe abandonar, terreno propio cedido sin lucha; y el ventanal le muestra un cielo azul impasible ante los problemas humanos, preocupado más que nada por las intenciones aviesas de una nube fusca que inicia su andadura allá en poniente. Ni las vías de la estación de Chamartín, ni las torres inacabadas de la plaza de Castilla o los elevados edificios de Azca han modificado su aspecto; no se han entristecido un ápice al conocer la desgracia, y exhiben una displicencia rota por la percepción de inmundicias desparramadas sobre el suelo próximo. En este Madrid amable que la competitividad hace inhóspito, a más del tirón de su vela como sucede en la extensión marina, debe aguantar cada palo el embate de las proas perseguidoras de las mismas entelequias. Viste Juan un traje de pura lana virgen comprado entre Sol y Callao en una tienda de tres plantas; un terno gris marengo de confección, terminado a medida por un sastre de origen cantonés que llegó a España hace una eternidad. Lo estrenó en la convención sectorial de septiembre y lo lleva con soltura; rasgo personal despreciado por la estadística que suma su despido a los cientos producidos el mismo día, biografías dispares y dispersas coincidentes en los listados de la administración. Su infortunio no es único; lo sabe el interesado y saberlo no endereza el ánimo amorfo, áfono, descolorido.
Sufre su amor propio el cataclismo desencadenado por el Director de Personal -compañero de promoción que porta a las espaldas una trayectoria paralela a la de Frías- cuando, dos viernes antes, el concreto día ocho de diciembre, por nota interna le comunicó como si se tratara de otro, que el Comité Ejecutivo, en reunión extraordinaria, había acordado el cese de Juan Frías Blanco, Director Administrativo a la sazón, quien causaba baja en el puesto y en la empresa debido a necesidades organizativas. Como si se tratara de otro, como si le hiciera una confidencia de amigo se lo dio a conocer. ¡Cobarde! El colega ingrato leyó a Juan una misiva distante, hecha oficial por su propia rúbrica, sustituta de la comunicación oral -palabras propias o ajenas, tanto da- que el apocado rehuye.
Reemplaza a Frías un pipiolo llamado Francisco González, que dada la corta edad -treinta y cinco años- y los abundantes títulos obtenidos, no puede haber acumulado mucha experiencia. Pero qué importa, de los errores aprenderá. Se han dado prisa en tapar el hueco: a rey muerto, rey puesto. O al contrario, porque la premeditación es un hecho indiscutible: seleccionado a hurtadillas el heredero en el exterior, pudieron destronar al reinante. Va Juan tras su cese y no encuentra las razones que lo apuntalan; según se desprende de los hechos, tanto la lógica como él faltaron a la reunión del Comité Ejecutivo. Sus compañeros evitaron ambas presencias incómodas. De modo que es inútil buscar las razones; no hay. Eso sí, existen motivos suficientes que el perjudicado conoce. Su constante resistencia a los manejos del Consejero Delegado, neto espíritu de la ambición, deseoso de ocupar el sillón de Presidencia. El desacuerdo con las bajas forzadas del personal de más de cincuenta años o incómodo para sus jefes. La reiterada negativa a firmar actas, informes y balances contrarios a derecho. El rechazo a las prácticas de engaño contable, escamoteo de expedientes, encubrimiento de hechos sujetos a informe y la más próxima, evasión de impuestos. Faltas, incluso delitos, de clara consecuencia penal; que no ha secundado por puros principios éticos, antepuestos al progreso en la carrera profesional o al agradecimiento.
Es terreno de la sicología, pero puede que la voluntad indomable de Juan compense el defecto anatómico innato: mano izquierda raquítica, tres dedos mínimos en lugar de los cinco bien desarrollados -activos, prensiles, pulgar opuesto- que de suyo tienen las personas; tres esbozos dactilares que rompen la simetría corporal y establecen una individualidad reconocible. Y ahora se hace vitriolo en su herida la insinuación velada que sitúa la razón del despido en la edad -dos años mayor que la del comunicante- y en la carencia física, realidad inocua desestimada durante veinticuatro años de ejercicio elogiado. Esa maliciosa alusión a dos circunstancias que reconoce propias con orgullo, se convierte en el cuchillo que más profundo penetra en su corazón. La malformación congénita y la experiencia adquirida, señas de identidad que apadrina dándoles su nombre, destacándolas ante los demás, son puestas a modo de pantalla, acusadas de proporcionar causa bastante al despido. Resultan incapaces los autores de expresar el porqué verdadero; y ese encogimiento, ese sonrojo, utilizando una ambigüedad que impide el amparo, garfea en las entrañas de Juan y tira de las vísceras con la codicia de un carnívoro hambriento.
Una vez superada la insidiosa etapa de la niñez, la circunstancia adicional de la mano disminuida jamás fue usada en su contra. Por lo común, las personas, compadecidas, asumen una actitud de colaboración tácita. Esperando su paso ante las puertas imaginan prestarle un servicio obligado, al compartir con él la carga de objetos creen realizar una obra de caridad; auxilios que acepta por no desairar a los que se conmueven, consciente de sobrarle tales ventajas en la marcha normal de los días.
El dolor derivado de la destitución –tiempo y espacio recién condensados- se añade al producido por las muertes cercanas. La de su madre en primer lugar, saya amplia y moño en el cogote, la buena señora Octavia. Sangre infectada, células que fenecen exterminando a las cercanas por contagio, agonía ávida del agua que Juan dosificaba ignorante de la gravedad del mal. Llegó tarde el nombrado especialista, catedrático de la universidad vallisoletana, eminencia que hubiera puesto en claro las cosas corrigiendo a la Naturaleza. De nada sirvieron los estudios cuantiosos, interminables; ni las decenas de volúmenes escritos por él, cuajados de hallazgos; porque la presencia de vecinos cariacontecidos -arremolinados ante la puerta abierta de par en par- le anunció de manera evidente que la desgracia se había adueñado de la casa. O la temprana partida del hijo mayor, inesperada, horas antes de su boda. Accidente de coche derivado de la excesiva potencia del motor y el pésimo estado de la carretera; tramo de curvas peligrosas que el mejor amigo embestía diestro hasta cometer el primer error. Factores hechos confluir al azar con otras circunstancias tan dañosas como el uso de ruedas lisas, carentes de agarre, y la realización de un adelantamiento pasando por encima de la resbalosa línea continua pintada en el suelo. Ingredientes, todos ellos, combinados en presencia de un catalizador: la euforia que la despedida de soltero propiciaba.
Irreparables como son, ambas desgracias ahondan en Juan la herida abierta, para que penetre el dolor del despido y sume. Se ayudan de otras menos evidentes o más morosas; como la que afecta al padre, el señor Miguel, suavizada por el temperamento afable y el optimismo. Tras dejar el pueblo recorre el anciano a su pesar días iguales, quietos, esperando el viento que hinche las velas de su barca; perdiendo jirones de ilusión desde el infausto momento en que enviudó, ya con la daga en la espalda de la pérdida de su nieto querido, muchacho de conducta ejemplar en quien había depositado sus ilusiones. Se niega a ingresar en una residencia de viejos-niños, como él dice, y va dando tumbos de la casa de Juan a la del hermano, donde las nueras, animosas y cordiales, buscan en el calendario un equilibrio para él doloroso. Forzado el abuelo a cambiar de barrio y familia y, en clara consecuencia, de costumbres y normas -como si de distintos estados federales se tratara- escinde en dos la memoria de los actos y la rutina de su comportamiento. Así es: sal derramada sobre la carne viva, al dolor de las imborrables ausencias y las presencias difíciles, se añade en Juan Frías el daño íntegro de su injusto cese.
Sin pretenderlo, es Juan uno de los últimos en abandonar el edificio. Quiere dejar los asuntos en orden y dar fin a lo empezado; hilvanando en la medida de lo posible el cierre provisional de gastos e ingresos, las cifras aproximadas del balance: parca rendición de cuentas y ayuda mínima al sucesor. Por ello da ocasión de cortesía a quien quiere tenerla. Tratando de no coincidir, van llegando unos y otros a intervalos medidos, para decirle sin las palabras precisas o con ellas ensayadas lo mucho que lamentan la iniquidad. No, ellos no, ni uno siquiera de los de arriba; los imagina Juan aislados en la ciudadela de marfil como de costumbre, al remanso de alguna coartada hecha a base de retazos de ordinariez y cortedad de miras. Dan vergüenza y pena: piensa.
Retirar de la mesa de trabajo y de las estanterías las pertenencias, produce un efecto desproporcionado, muy por encima de lo que cabría pensar; y bien mirado se entiende, pues constituye el primer acto en que la idea abstracta de la despedida toma cuerpo. El directivo jovial, envejecido de la noche a la mañana a los cincuenta y dos años, dispone en una caja de cartón, a medias ornato e instrumento, el conjunto de pluma, bolígrafo, cartuchos de tinta y regla milimetrada, juego de escritorio de plata o plateado que ordena una bandeja de caoba con los equivalentes huecos. Convirtió en símbolo de la posición alcanzada ese regalo suntuoso, al ser el más caro de los recibidos y guardar grata memoria del munificente. Añade libros profesionales, alguna novela o reunión de relatos con dedicatorias manuscritas y fechas indicadoras de épocas de agradable normalidad. Autores descubiertos con gozo: José María Requena, Panait Istrati, Bruno Schulz, Pedro Gómez Valderrama, Antonio Muñoz Molina; de quienes sospecha una coincidencia que excede la lectura sucesiva de sus textos, próxima a la comunión de inquietudes por el paso de la gente a través de la geografía hostil y de la sociedad adversa. Al lado deja una bolsa de aseo, continente del cepillo destinado al cuidado dental, de la complementaria crema, de una pastilla de jabón alojada en funda de carey, que a pesar del largo encierro exhala un fresco aroma; y de un frasco de colonia cuya publicidad -desmentida por la propia experiencia- promete convertir al consumidor en irresistible imán para las mujeres.
Acomoda en una esquina de la caja, ya más que mediada, un estuche forrado de tela que exhibe orgulloso las iniciales J y F bordadas a mano; arquilla donde guarda la máquina de afeitar eléctrica destinada a procurarle un nuevo apurado al atardecer, la escobilla de cerdas que elimina del depósito los restos de barba, y un tubo de crema balsámica recomendada por nueve de cada diez dermatólogos para templar la piel enrojecida. Al lado agrega un pulverizador de líquido quitamanchas, el cepillo que desprende el polvo seco de los tejidos tratados, y un sobrecito de costura recogido en un hotel de cuatro estrellas en Palma de Mallorca. Envuelto para su salvaguarda en las páginas publicitarias de periódicos atrasados, deposita con delicadeza un estilizado pez de cristal, procedente de Murano, que alguien le trajo tras pasar unos días en Venecia. En otra caja de mayor tamaño, entre burbujas de material plástico sitúa la cafetera, el cable arcaduz de la energía y las tazas de porcelana china separadas de los correspondientes platillos; elementos esenciales en el ejercicio de la hospitalidad debida a las visitas. Introduce una talla de madera policromada, cuyo argumento es un encorvado anciano oriental, vivarachos ojos rasgados, extraño gorro, que abraza con profundo sentimiento de propiedad dos patos o aves semejantes, al que por ello Juan apellidó, pensando en la célebre novela, “el hombrecillo de los gansos”. Van a continuación dos cuadros de superficie mínima, pintados por su propia mano cargada de entusiasmo, de los que nunca quiso desprenderse. Recogen la fachada de la casa del pueblo donde nació, Husillos, próximo a Palencia; y el corral de las gallinas desde el portón trasero. Ambos copiados de la imprecisa memoria. Añade papeles cuajados de ideas, ejes de algún proyecto de realización acariciada, anclado desde hace tiempo en el fondo de los archivos a la espera de la oportunidad que lo pusiera en práctica.
Cubriendo sus efectos personales extiende la chaquetilla de punto y la bufanda inglesa, banda de lana que envolvía su cuello cuando, terminado el horario general, trabajaba solo y la calefacción, ya apagada, no podía evitar el estremecimiento y la desazón. La dejaba con frecuencia en el perchero aparentando olvido, pues quería exhibirla sobre la chaqueta de punto tejida por Amelia, obligándola a entrar en una competencia favorable a la habilidad de la esposa. Prendas cálidas, tapabocas y chaquetilla, encargadas de suavizar las prolongadas esperas, la estancia indefinida al pie del cañón por si lo llamaba el Presidente; pensando nuevas maneras de actuar, haciendo números, resolviendo problemas aún no planteados, arrojando tiempo al abismo, horas y horas sacrificadas al insaciable ídolo de barro recubierto de oropel al que se había consagrado.
Llega, mediante tan ordenado acopio, a la conciencia de haber estado respirando una atmósfera propicia, favorecida por objetos entrañables que daban al despacho su carácter personal, la sensación de propiedad consolidada, castillo inexpugnable al fin asaltado. Así que no puede evitar sentirse como un asediado rendido a la felonía, un socio cedido a precio de saldo al adversario por los propios asociados; un simple participante en el juego de los naipes, perdedor de la última mano, la que completa la ruina, descubriendo en ese trance las cartas marcadas del oponente. Y en meros términos zoológicos y selváticos, se siente una ingenua gacela criada en cautividad, privada de la capacidad de adaptación al medio, carente de visión anticipada de las asechanzas, sobre la que salta un león o dispara un cazador ventajista.
La secretaria, a quien se ha ido haciendo con el paso inadvertido de los años, entra a despedirse. Su hija pequeña padece una rara enfermedad del corazón, y el marido viaja sin descanso representando a una fábrica especializada en accesorios del automóvil; por tanto, mujer de bien demostrada fortaleza y alejada de la sensiblería. Aún así, se demuestra incapaz de evitar el sollozo contenido. Sucede en el último minuto, al término de la recogida de los objetos propios, cuando baja con Juan hasta el coche llevando el postrer paquete, un sobre grande repleto de tarjetas postales y recortes de prensa relativos a lo que fue una actualidad escalonada y, en apariencia, progresiva. El abrazo, que humedece con lágrimas las mejillas de ambos, reconoce y define la humanidad del trato recibido. Entendiendo las necesidades disculpó Juan retrasos y ausencias, y aceptó un horario supeditado a las hijas, a la doble función de oficinista y ama de casa, forzada a un quehacer sin término. El jefe tolerante recibe las muestras de aprecio con un franco estremecimiento interior, repetido al cruzar la verja que bordea la Avenida de Burgos. No se haga reproches, es sólo el precio de la dignidad: musita la mujer entre dientes cuando el conductor baja el cristal de la ventanilla para desearle un futuro hecho a la medida de sus deseos.
Barrio de Pacífico, distrito municipal de Retiro, avenida de la Ciudad de Barcelona, manzana de viviendas con patio ajardinado y piscina rodeada por un seto de laurel, pérgolas recubiertas de madreselvas y rosales trepadores, pajarillos, palomas. Con la mente en blanco sale Juan del habitáculo del ascensor, permaneciendo unos minutos largos ante la puerta de la residencia familiar; y cuando introduce la llave equivocada se convierte en hierro candente la carga que trae. Repite intento, abre, penetra, cierra, cruza el vestíbulo, sigue pasillo adelante y deposita una caja bajo cada mesita de noche, cajones flotantes, en el interior de una alcoba con paredes enteladas de color salmón, donde la cama de matrimonio se adueña del espacio principal. Sentado Juan en el lecho va buscando sitio a elementos de memoria de los que desea desprenderse, y a los cuales, en contradicción flagrante, se ase como a tabla de naufragio. Los suyos, esposa e hijos, por suerte, han salido; no sabría como afrontar el encuentro. Desasida la botonadura viste aún el gabán, y observa el crucifijo protector del tálamo como si lo acabara de descubrir; fijándose al instante en el espejo, subido dos palmos sobre la cómoda, que recoge en su bruñida superficie el ángulo recto de pared y techo y la puerta entreabierta del cuarto de baño.
Acaba el amargo veintidós de diciembre y la Navidad, pavo real fatuo, no osa desplegar la cola en la casa. El que fue hogar industrioso parece vivienda deshabitada, cobijo del polvo que cubre las áreas receptivas. En dos anillos concéntricos se despliegan la tristeza y la fiesta; él primero íntimo, denso: piel áspera, dogal opresor, cilicio de espinas abrazado a la cintura; el segundo -músicas y luces multicolores que invaden las calles, los portales, las escaleras y las viviendas contiguas- ajeno, sutil: finísima cuchilla que secciona la piel dañada de la herida. El ambiente festivo asedia a la aflicción –anómalo catarro estival- relegándola al rincón oscuro del cuarto trastero donde se hace fuerte. Agoniza el año y con él una forma de vida ancha, larga, alta: capaz. Fuera o no aparente el contenido, aire o humo según la crítica extremada, reemplazarlo por otro que empuje las paredes dando sensación de crecimiento, va a resultar sendero cuesta arriba. Mientras tanto, por si ayudara, trata la víctima de diferenciar el despido de sus efectos inmediatos; porque encontrándose causa y consecuencia tan próximas, puede que la resultante no sea la suma de ambas sino su producto o su potencia.
Obedece a ese intento reductor del mal la búsqueda de asideros que Juan emprende. Lo cierto es que pasa las noches en blanco girando sobre un eje inestable, y atados al cerebro con hilos oscuros percibe los malos pensamientos. Los imagina temerosos de una expulsión horizontal, a modo de asientos colgados del techo giratorio en una vertiginosa atracción de feria. Se acerca agotado a la enemiga madrugada y entre densas brumas, dormido a medias -rocío sobre la frente enfebrecida- convoca su memoria la imagen del primer amor, ejemplo de lo limpio, de lo sencillo, de lo puro. Era verano, andaba el estudiante Juan preparando los exámenes de la reválida correspondiente a cuarto curso, y acudió a las lecciones de un profesor de repaso –alrededores de la catedral en Palencia: travesía de Antonio Maura- buscando el aprobado. Allí encontró, también alumna suspendida, tímida, ajena a aquello que mancilla la inocencia, a una muchacha preciosa y diligente de largo nombre: Ana María Inmaculada. El Hombre que fue Jueves, Las paradojas de mister Pond, Alarmas y Digresiones, La Esfera y la Cruz, El Candor del Padre Braun, Ortodoxia, La hostería volante, iba él muchacho prestando a la lectora; y en las páginas cómplices del admirado Chesterton, numeraba apenas ciertas palabras en un orden constructor de las frases que su parvo atrevimiento permitía: elogio, amor, ideas, pensamientos. En los libros que ella retornaba ya leídos, sustituían nuevos números a los borrados: elogio, amor, ideas, pensamientos. Los separó septiembre.
Contribuye el transcurrir del tiempo a ennoblecer los hechos pasados, y en los presentes instantes, que Juan sospecha deseosos de hallar en su pecho albergue duradero, reclama el cariño y la belleza, la casta ingenuidad y la rectitud de sentimientos, revelados aquel verano de repasos, por la muchacha que descubrió en la lectura una actividad apasionante. Y cuando el alba se abre con la esmerada dedicación del capullo que va haciéndose flor, llega la femenil presencia a consolar su desconsuelo inconsolable.



CONTRAPORTADA


“Del elevado vuelo del halcón”, decimoséptimo libro de Pedro Sevylla, es una novela moderna, deudora tanto de las narrativas europeas como de las americanas. El refugio atómico del dictador, la confluencia de culturas muy diversas y la terrible realidad de África, son asuntos que circundan la trama y sujetan el argumento. El protagonista, alto ejecutivo de una gran empresa, es expulsado de su elevada posición por los compañeros. La esposa, suelo y techo familiar, trata con todas sus fuerzas de empequeñecer el daño. El entorno cercano, sometido a la complejidad de las relaciones humanas, acelera o retrasa el proceso. El arte se hace tabla de salvación para el náufrago; pero las enfermedades, psique y soma, secuestran la voluntad y el entendimiento, haciendo del enfermo la sombra de lo que fue, halcón con las alas extendidas sobrevolando montañas, valles y llanuras.
La indagación en la existencia y sus circunstancias, en las personas y su manera de ser; el análisis de la vida en pareja, de la educación de los hijos o de la lucha contra la dificultad; se llevan a cabo de manera pausada, a poquitos, trascendiendo experiencias útiles.
El lenguaje cuidado y ágil, las bellísimas metáforas, la progresión narrativa y las intrigas que toman el relevo de las ya resueltas, consiguen que la lectura resulte placentera y cargada de interés.


*Pedro Sevylla de Juana
www.sevylla.com
valdepero@hotmail.com
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Noticias de libros » Respuesta

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