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Columnas de humo


Feria

04/06/2008

CARLOS Rivera

Como soy amigo del buen conversar no me siento a gusto en la feria. Esa multiplicación de decibelios ni te deja componer la voz ni te permite gritar, a riesgo de quedarte afónico. Solo hasta la quinta cerveza o el quinto rebujito , que es cuando hasta un ser tan intimista como yo comienza a tomarle gusto al ambiente. Eso me suele ocurrir cada año, una vez tomada la onerosa decisión de ir a la feria.
La verdad es que en aquella caseta no se estaba tan mal. Hacía hasta un frescor condicionado al ambiente semilluvioso que te tomas con la filosofía suficiente para no desentonar en un clímax tan propicio que ni la tormenta de las mismas sevillanas de todos los años lo hubiera hecho insoportable. Como la levedad del ser. Me acordé del título de la novela de Kundera cuando el alcohol sumido y consumido te vuelve insoportablemente leve, como si flotaras en una nube. Lo que no sé explicar es si era a causa del alcohol o de la música creciente en el tablao con los tacones de las jóvenes y de las no tanto que se movían sin cesar al compás de "algo se muere en el alma". Ese algo no es solo el amigo que se va y ya no se le espera sino todo lo fugitivo que permanece y dura, escindido entre el ser y el no ser, incluso en la música de una sevillana. Tanta certeza como incertidumbre de una letra que puede herirte el corazón nublado de rebujitos , bebida imponderablemente traicionera.
En la caseta todos los brazos parecían mariposas que se perdieran en el aire. Todos los ojos de las guapas mujeres de Córdoba, incluso los de las feas, que a veces son los más bonitos, se tornaban profundos, casi inmortales. Hasta las que sienten nostalgia de las ferias del alma se arrancan a bailar con un impulso súbito. Han enterrado en el nirvana musical de la tarde sus dolores de espalda, sus menopáusicos conflictos y flotan en el aire de la siesta como si fueran estrellas matutinas bailando sevillanas, que digo yo que si no habrá otra música o por qué no renuevan las letras, aunque es mejor así. Cada una de ellas te recuerda otra feria, otros momentos de felicidad en una caseta polvorienta a las cinco en punto de la tarde. Como esa que memoriza un amor perdido. O esa otra, digna de un poeta. O la que traslaticia de primaveras viejas te hace rememorar el cambio de los ciclos de la vida ("¿qué será lo que te pasa/cuando el campo huele a flores?"). Es la renovación de la sangre, el hormonal periplo que viaja desde los confines inciertos de la tristeza hasta la dicha de mayo. "Los pájaros de mayo han agotado el vino/ la noche ha sido ´ex abundantia cordis´", viejo poema mío de un nocturno de la Judería, bajo una luna que encendía los patios de un color transterrado. Y esta mañana sin feria estoy hablando, serenamente oscurecido, de la feria de ayer. Cada feria es un ayer y es un mañana, hasta que deja de serlo. Debe ser ese día en el que incluso los que no amamos la feria sentimos de ella esa misma nostalgia de los niños cuando desean ser mayores.
La tarde renovada, Córdoba mágica a la calor de mayo, fiesta de todos, hora de todos y la fortuna "sin" seso, rememoremos a Quevedo paseando después de la tortilla de patatas (¿tenía huevo?), los pimientos resecos y el ibérico de los Pedroches que no es ni una cosa ni la otra.
Nunca Córdoba tan metafísicamente sola cuando la miras en el río con su historia descarnada, los velos de sus lágrimas de un dolor milenario y ese misterio del tiempo que desde el Arenal empapado de música penetra en sus heridas como una fragancia eterna en ese momento, definitivo y pálido, amenazado por la lluvia, del final de otra feria.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
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