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LLEGAR A LOS CIEN AÑOS
CARLOS RIVERA
21/01/2004
Ayer, 20 de enero, mi madrina y tía Dolores Ortiz Alejandre, que vive en La Coronada, cumplió esa mítica edad a la que todos aspiramos y a la que sólo los privilegiados del destino llegan: 100 años, un siglo de vida. Con tan inusual como especial motivo el pasado día 17 nos reunimos en torno a la madrina su descendencia directa y la indirecta, todos los que la amamos y festejamos en ese centenario que ella ha disfrutado en buena salud pese a las muchas mutilaciones que el tiempo ha dejado en su cuerpo y en su espíritu. No se llega a tan privilegiada edad sin haberse dejado en el camino todas las elegías y alegrías que afectan a la contingencia humana y en cuyo balance, inevitablemente, existe el sobrepeso del dolor por encima de cualquier otra consideración del peaje pagado por haber vivido tantos años como ha vivido la madrina. Con un siglo de mudanzas a cuestas, en su memoria hay un lugar esclarecido para el tiempo pasado. Todavía es capaz de recitar y hasta cantar las viejas coplas de los carnavales de la aldea que solía escribir mi padre cuando aún tenía el corazón luminoso y el tiempo no era, como ahora, un alocado devenir sino un "andante lento" que se medía por el cambio de los ciclos agrarios: la sementera del otoño, el florecimiento de mayo, las eras del verano en cuyas parvas me sentía de niño como un almirante de la mar océana cuando mi abuelo Cesáreo me subía en el trillo, mi mascarón de proa celeste navegando por las dulces mareas rubias del trigo.
Con sana envidia por la edad cumplida contemplé a la madrina como un milagro que todavía puede acontecer en algún pueblo de nuestra sierra y de nuestra campiña: llegar a los 100 años en buen estado de conservación. En el Medioevo tal milagro consistía en llegar a los 40. El más grande de los sueños del hombre ha sido poseer el imaginario elixir de la larga vida o beber en la fuente de la eterna juventud. Ya es un milagro de la ciencia médica el aumento de la esperanza de vida, mucho más prodigioso que el invento de las computadoras y que el descubrimiento del código genético. Las computadoras, por cierto, ya estaban en ciernes en la época de Pascal, que murió a la venturosa edad, para su tiempo, de 39 años. Tuvo más suerte que Alejandro Magno o que Catulo, que sólo alcanzaron a vivir 33, la que ha sido llamada "edad de Cristo". Muchos genios de otros tiempos murieron en edades en las que hoy se alcanza la plenitud de la vida: Mozart vivió 36 años, Chopín, 39, Spinoza, 45, Tomás de Aquino, 49, Fichte, 52 y se cuentan como mirlos blancos las edades a las que murieron Descartes, a los 54, y Hegel, "viejísimo", a los 61.
En el año en el que el hombre consiguió alcanzar la Luna, su existencia media no llegaba a los 70. Hoy, dejando al margen la incidencia del cáncer y del infarto de miocardio, hay razonables esperanzas para muchas personas, sobre todo mujeres, de alcanzar los 90. Longeva edad que pone de los nervios a políticos y economistas, esos malos agoreros que sólo ven en la prolongación de la vida una estadística negativa para la cuenta de resultados. Cuando se ponen a hacer números tales sujetos, nos echan a temblar. Suelen amenzar con el peligro de no poder garantizar las pensiones, sobre todo si existe la posibilidad de que gobierne la alternancia. Lo que no me explico es esa propaganda a lo Goebbel de Zaplana y el Ministerio de Trabajo con lo del "dicho y hecho", como si a los pensionistas les regalaran de su propio bolsillo la menguante pensión a la que tienen legítimo derecho, gobierne quien gobierne, sencillamente por haber cotizado.
Así que, como siempre hay aguafiestas, economistas y políticos conciben ese milagro natural de la prolongación de la vida en los países del bienestar como un hecho dramático. En ello estamos, queridos elucubradores. Déjense de hacer números y contemplen la realidad desde otra perspectiva: la inmigración legal, si continúa y trabaja y cotiza, puede salvar la cuenta. Ellos vienen de un mundo que no les garantiza la comida, la salud y el trabajo. Un mundo en el que las personas no sólo tienen una menor esperanza de vida sino que ni siquiera tienen esperanza. Un mundo en el que sería imposible que mi querida madrina pudiera haber festejado su centenario.
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Carlos Rivera
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