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Columnas de humo
Flores a Maria
21/05/2008
CARLOS Rivera
Una imagen naif, casi poética: la de las niñas de mi pueblo acudiendo a la pequeña iglesia parroquial para ofrecerle flores a María, la Virgen, durante el mes de mayo. Ese recuerdo de las niñas ofreciendo flores "a porfía" a la madre de Cristo lo he rescatado en los pasados días con motivo de ese espectáculo retransmitido cada año por Canal Sur, la romería del Rocío. Ese desmadre religioso-dionisíaco me parece algo fuera de lugar, precisamente por el respeto que me merecen las creencias religiosas de las personas y porque convivo desde hace más de treinta años con una mujer católica creyente a su libre manera, es decir, sin excesos ni doctrinas, que nació en Huelva, en Gibraleón, y que nunca estuvo en el Rocío. A mí, particularmente, bien me parece que la gente acuda a las romerías, es una manera de expresar sus devociones y ¿por qué no decirlo? de pasarse un buen día de convivencia amistosa y familiar, disfrutando de los placeres del buen comer y del buen beber en medio de la naturaleza. Yo mismo voy algún año que otro a la romería de mi pueblo de La Coronada a disfrutar del contacto con mis paisanos y a comer con la familia que allí me queda y a la que veo relativamente poco. Esa humilde romería de mi pueblo, como todas las de nuestra tierra (que para eso suele decirse que es "la de María Santísima"), es un encanto de sencillez, aunque no haya podido substraerse al inevitable contagio rociero a la manera, eso sí, de la gente de la sierra, que solemos entender la vida sin excesos barrocos. Comiendo entre un paisaje de encinas, junto a las que he jugado de niño, siempre suelo acordarme de aquel ilustre canónigo de Málaga, Nicolás González Ruiz , quien en los tiempos de la transición democrática colaboraba en la revista Triunfo . Decía Nicolás que en los países del sur de Europa religión y superstición suelen ir de la mano de un sincretismo popular propagado históricamente. En esos límites donde los rocieros van a adorar a la Blanca Paloma existió en la época de los desvanecidos tartessos un culto a la diosa Isis . Sincretismo religioso o no, el culto de adoración, idolátrica o no, del Rocío me parece tan respetable como otro cualquiera siempre y cuando no se haya convertido en un espectáculo de masas en torno al que parece girar la vida de Andalucía con el exhibicionismo prime time de Canal Sur durante esos días en los que nuestra televisión pública no tiene en cuenta que la inmensa mayoría de los andaluces no somos rocieros. Ni entendemos ese asalto violento a la reja de los almonteños, que más bien parece una expresión de machismo envuelto en fanatismo religioso y una evidente falta de respeto a las mismas esencias de la Virgen, de la figura de la mujer y de la religión cristiana. Por los años setenta del siglo pasado un novelista sevillano del que ya casi nadie se acuerda, Alfonso Grosso , retrató la mascarada clasista de ciertos señoritos andaluces en la romería del Rocío. En su controvertida y excelente novela Con flores a María Grosso desnudó las verdaderas intenciones de muchos de los que viajaban y siguen viajando al Rocío. La novela Con flores a María , como acaba de recordar Rafael Reig , tuvo que presentarla Grosso entre fuertes medidas de seguridad. La película que resultó de la novela fue objeto de un secuestro judicial. Contar una parte esencial de la verdad en torno a la romería del Rocío le creó muchos problemas a Grosso por amenazas del rancio entorno rociero. Sumido en el descrédito, en el alcohol, en la miseria y en la depresión, nunca volvió a escribir. Murió de alzhéimer a los 67 años.
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