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Columnas de humo
Tierra desconocida
14/05/2008
CARLOS Rivera
No suelen encontrarse en las ferias del libro ejemplares de un género que yo adoro: los libros de viaje. El pasado verano, en Torre del Mar, en una de esas casetas estivales de libros urbanos tuve la suerte de adquirir el titulado Arabes , de casi desconocido autor, un inglés trotamundos que allá por finales de los años setenta se paseó por Siria, su capital Damasco y por las celebradas montañas y costas del Líbano de Tiro y de Sidón. Más que un libro de viajes, que lo es, Arabes es un recorrido por la historia del arte occidental y su confluencia histórico-religiosa con la cultura y el arte musulmanes. Entre el helenismo y el orientalismo hay un espacio común compartido entre Oriente y Occidente en el que residen las claves que han moldeado la conciencia de dos civilizaciones muy lejanas y muy próximas a la vez. La lectura de Arabes , como la de Los asiáticos de Prokof , te deja un poso de paisajes sumergidos en los fundamentos de la Historia y la sensación de que los seres humanos tenemos en común una serie de pensamientos, experiencias y reflexiones acerca de la vida, provengamos de donde provengamos. Sería conveniente que los que mandan en el mundo, políticos y economistas sobre todo, se dieran una vuelta por los paisajes de los libros de viaje, cuya lectura sería restablecer unos parámetros de tolerancia y respeto entre las diferentes civilizaciones y culturas de este planeta que compartimos. El primer viajero que se atrevió a contar sus experiencias fue un poeta, ciego por demás, llamado Homero . Su Odisea es el periplo de un viajero, llamado Ulises , por las Islas Eólicas. Constantino Cavafis , que describe la luz mediterránea en la palabra como nuestro Sorolla en la pintura, nos recuerda en uno de sus poemas más celebrados que "cuando emprendas el viaje a Itaca pide que el camino sea largo". Un contemporáneo nuestro, Claudio Magris , dice que vivir, viajar y escribir son tres facetas de una única experiencia que está en el origen de una expresión literaria cultivada desde el principio de los tiempos. De Magris tuve el placer de leer El Danubio , hermoso libro en el que se detecta la filosofía de Heráclito con su certera conclusión acerca de lo efímero de la vida humana en ese "somos el río que nos fluye". Hace muy poco apareció otro libro del autor de Trieste , titulado El infinito viajar , compuesto por cuarenta crónicas que Magris había publicado como colaborador del Corriere Della Sera . Tras la lectura de El infinito viajar me queda la misma sensación de transitoriedad por la percepción del paso del tiempo, el constante fluir de la memoria de los hombres, la presocrática fugacidad que yo tengo tan asumida en mi conciencia y en mis poemas. En el prólogo de El infinito viajar , Claudio Magris reitera las sensaciones de Baudelaire en el sentido de que viajar es una forma de diferir la muerte, el encuentro con lo esencial. Viajar para llegar lo más tarde posible. Viajar para no llegar posiblemente nunca. Viajar también hacia esa tierra desconocida a la que yo rendí homenaje en mi Discurso de espuma con "su almendro invisible/ que cual extraña música seducía a los náufragos". Desde mi estudio, con el último libro de viajes de Claudio Magris en las manos, en busca de la belleza interior que se percibe en esa isla mía, con una desmesura de pájaros en sus acantilados donde ardiera una zarza perdurable, regreso a ese poema que titulé Tierra desconocida , la más desnuda de las hijas de Gea , a la que siempre tengo prometido buscar "algún día imposible/ cuando me cubra el mar el corazón/ y vuele".
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