Dos poemas de Piedad Bonnet
Miseria de las palabras, de Piedad Bonnet
Cuando irremediablemente debo detenerme en tu umbral, allí donde comienzas, donde acabas, donde quiere sembrar mi fuego un incendio indomable, la palabra es apenas una muleta rota, una pobre agonía aleteando. Y si en la plana miseria de los días entra a saco la muerte, abrupta siempre, como un toque a la puerta en una madrugada, y sin embargo el sol cumple su cita sin hacer aspavientos y el estornino canta sobre el árbol, como un puño que pega a una pared inútil nace la palabra, y sorda.
Y si de pronto un viejo olor inaugura la tarde y ese niño que eras te saluda azul desde su eterno paraíso, y no logras saber cómo era el rostro de tu padre, en su siesta o en su hora, la palabra cómo tartamudea, cómo tiembla como una brújula que ha perdido el norte.
Si la luna es tan luna que sube la marea del corazón, naufraga la palabra. Si la mirada roza la piel y hace nacer el deseo, se quema la palabra. Si Dios tira sus ases, trampea alegremente en tus narices, escapa la palabra.
Y sin embargo, para llamar la luna, para hablar del deseo, para llorar a Dios, como una vieja meretriz desnuda impúdica se ofrece la palabra.
En Consideración A La Alegría, de Piedad Bonnet
A qué llorar, me digo, todo estaba previsto me muerdo las falanges los asombros por qué miro la luna ajena y sola y sobria en su talante si desde siempre desde el nacer, desde el morir, y en cada hora pacientemente crece el hilo, crece, y también crece la baba del gusano y la piedra atravesada aquí, bebo y saludo y soy cordial con mi vecino ciego pues no son tiempos estos dados a patetismos, ni es elegante exhibir el dolor. A qué llorar, me digo: sería inoportuno con la muchedumbre que ríe afuera con su risa de siglos.
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|