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Joan Margarit : una poética de la intensidad
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Joan Margarit : una poética de la intensidad


*Texto de : Antonio Jiménez Millán


*Referencia : www.elcoloquiodelosperros.net/ajimenezm.htm




El título del libro más reciente de Joan Margarit, Casa de misericòrdia (2007), se inspira en una exposición sobre los orfanatos de la inmediata posguerra española, aquellas instituciones donde los vencedores ejercían la caridad a su manera. Dice el autor en el epílogo que, al leer las cartas de las viudas solicitando el ingreso de sus hijos, se llega a la conclusión de que la intemperie era mucho más espantosa: igual que la realidad sin el contrapunto de la poesía, sin su ayuda para soportar el dolor y el sentimiento de pérdida.


«La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.»


Nacido en Sanaüja, un pueblo de la comarca leridana de La Segarra, el 11 de mayo de 1938, Joan Margarit es, sin duda, uno de los autores más destacados en el panorama de las letras catalanas en la actualidad, y es también uno de esos escritores que funcionan al margen de supuestos cánones generacionales y mantienen una rigurosa coherencia que viene a reforzar su condición de outsiders. Él comenzó a escribir poesía en castellano y publicó algunos títulos en los años sesenta y setenta, entre los cuales merece destacarse Crónica (Barcelona, Ocnos, 1975); a partir de 1978 opta definitivamente por el catalán como lengua literaria y, en 1981, aparece L´ombra de l´altre mar, al que seguirían Vell malentés (1981), Cants d´Hekatonim de Tifundis (1982), El passat i la joia (1982), Raquel (1983), La fosca melangia de Robinson Crusoe (1983) y Rèquiem per a Anna (1983), títulos que fueron recogidos luego en el volumen L´ordre del temps (1985). También podemos incluir dentro de esta primera época algunos títulos posteriores: Mar d´hivern (1986), La dona del navegant (1987) y Cantata de Sant Just (1987). Varios de estos libros recibieron diversos premios de prestigio en Cataluña (Vicent Andrés Estellés, Miquel de Palol, Carles Riba, Serra d´Or), pero de todos ellos ha hecho Joan Margarit una criba implacable en el primer volumen de su poesía reunida, Els primers freds. Poesia 1975-1995, editado en 2004, con su correspondiente versión en castellano: El primer frío. Poesía (1975-1995). Al referirse a este apartado, que mantiene el título ‘L´ordre del temps’ (‘El orden del tiempo’), el autor lo explica así:



«Son los poemas de esta etapa que desearía salvar del olvido si este deseo problemático llegase a ser satisfecho alguna vez. Quiero decir que, de aquellos años, cualquier poema que no figure aquí preferiría que ya no apareciese nunca más en lugar alguno. Se da la circunstancia de que el conjunto de libros de los cuales he prescindido prácticamente de todos los poemas, son los que un día obtuvieron algún premio literario. Ninguno de los que permanecen conmigo, y espero que con los lectores y lectoras, tiene galardón alguno. Sin embargo, ahora no siento el placer que sentí durante mi juventud procurándome una cierta marginación e independencia literaria, porque mi nivel de autocomplacencia ha descendido considerablemente con los años. Ni la idea que se hace uno de sí mismo escapa a la erosión del tiempo.»(1)

Su incorporación relativamente tardía a la literatura catalana dificulta aún más un encuadre generacional que, según D. Sam Abrams, le situaría de manera un tanto confusa al lado de los poetas de mayor edad en la generación del setenta (Francesc Parcerisas, Marta Pessarrodona, Narcís Comadira o Salvador Oliva) (2); sin embargo, y a pesar de que existan ciertas afinidades con este grupo de autores que comienzan a publicar su obra a finales de los sesenta, el propio Sam Abrams deja bien claro el acento personalísimo de la poesía de Margarit y su particular defensa de un realismo lírico que él va perfeccionando en las sucesivas etapas de su creación: una segunda época estaría representada por los títulos Llum de pluja (1987), Edat roja (1990), Els motius del llop (1993) y Aiguaforts (1995). Siguiendo los criterios del propio autor, Estació de França (1999), Joana (2002), Càlcul d´estructures (2005) y Casa de misericòrdia (2007) forman ya un ciclo distinto.
Para las últimas generaciones de poetas catalanes ha habido dos nombres de referencia casi unánime: Joan Vinyoli y Gabriel Ferrater. En una conferencia reciente, Joan Margarit se refería al núcleo de la obra de Vinyoli (Realitats, Tot és ara i res, Passeig d´aniversari), a esos grandes poemas que «dicen, sin parecer que lo dicen, y conmueven, sin parecer que es eso lo que pretenden». Antes, en un artículo de 1988, considera a Gabriel Ferrater como punto de partida para la nueva poesía catalana; el autor de Les dones i els dies inaugura una nueva forma de entender el realismo y a partir de ahí significa «la modernidad, la homologación con cualquier literatura (…) Por vez primera no había que explicar ningún hecho diferencial catalán para dar a leer a un poeta en nuestra lengua a sus contemporáneos». Y afirma que «Ferrater será la cabeza de puente desde la que entrará la poesía catalana, plenamente normalizada, en el último tercio del siglo XX».(3)
En la obra poética de Joan Margarit, la historia vivida en primera persona hace sentir al lector la proximidad de unos ambientes lejanos en el tiempo. Dos poemas de Els motius del llop recrean una infancia marcada por la dureza de la posguerra: ‘Petita escola en un suburbi’ nos sitúa en la escuela de Les Basses (Rubí), el aula con luz de invierno, presidida por dos retratos de fascistas, la pequeña estufa, el frío glacial; y el magnífico ‘Primer amor’ avanza un poco más en el tiempo:


«Triste Girona de mis siete años:
en la posguerra los escaparates
tenían un color gris de penuria.»


Por otra parte, los frecuentes viajes marítimos entre Barcelona y las islas Canarias, realizados a finales de los años cincuenta, constituyen el núcleo de poemas como ‘Hivern del 95’ (Estació de França) y ‘Oceà Atlàntic’ (Joana), pero también justifican la mención de una isla del tesoro que, más allá de la explícita referencia a Stevenson, puede ser el lugar donde pasó Joan Margarit buena parte de su adolescencia y su primera juventud, «aquella maravillosa isla, poco poblada y sin turismo, que era Tenerife en los años cincuenta», y, a la vez, el reducto mítico de los sueños perdidos. Dice así el poema ‘L´illa del tresor’, de Edat roja:


«Mírala en los cristales. Hace tiempo
que te alejabas porque ya temías
fondear en el brillante aire sensual
en el que se aventura tu recuerdo.
Mira por la ventana: sientes la música
y el olor del café que, hospitalario,
se extiende por la casa. Pero añoras
el resplandor brumoso de la costa,
el silencio de la isla, que ha vuelto,
peligrosa y abrupta, esta mañana.»


En el prólogo a la versión castellana de Aiguaforts (1998), Joan Margarit hace una defensa de la austeridad:


«…este libro está formado por una serie de aguafuertes: escenas o imágenes inmovilizadas en blanco y negro —o sepia— en mi memoria sentimental. He procurado trasladarlas al poema con la misma austeridad que en el campo de la plástica tiene esta técnica, con un mínimo de recursos lingüísticos y retóricos.» (4)



De austera y exacta se puede calificar toda su poesía; él, que ha sido catedrático de Cálculo de Estructuras en la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona, agradece a su formación científica la capacidad de extraer el máximo rendimiento a un mínimo material, algo que, trasladado a la escritura, equivale a decir lo que se quiere con las palabras necesarias: ni más ni menos. La sobriedad inteligente de sus poemas conduce a un equilibrio entre intensidad emocional y perfección expresiva que es un rasgo dominante en sus libros de madurez.
Su trabajo como arquitecto, en colaboración con Carles Buxadé, le implica en proyectos de gran alcance como son el Museo de la Ciencia y de la Técnica de Cataluña, el Pabellón Araba, en Vitoria, o la rehabilitación del Estadio de Montjuïc con motivo de las Olimpiadas de 1992. Varios poemas relacionados con su actividad profesional hablan de la reconstrucción de edificios, de ruinas y de interiores sórdidos: ‘Recordar el Besòs (1980)’, de Els motius del llop, o ‘Arquitectura’, de Estació de França. Sin salir de este ámbito, un homenaje al arquitecto Coderch de Sentmenat puede funcionar también como poética de Joan Margarit:


«Decía: la casa ha de ser virtuosa y humilde.
Ni independiente, ni vana. Ni original ni suntuosa.»


Un término clave en la perspectiva de Joan Margarit es intensidad. Lo expresa muy claramente en el prólogo a El primer frío: «…el mero producto de la inteligencia o de la elaboración no tiene para mí interés alguno, porque pienso que no es una cuestión de contenido, sino de intensidad». La reflexión constante sobre el valor y la función de la escritura suele girar en torno a este concepto, tal y como podemos comprobar en las distintas poéticas incluidas en sus libros, bien formuladas explícitamente —en Edat roja y Els motius del llop—, bien de forma indirecta: ‘Dona de primavera’, de Edat roja; ‘Perills’ y ‘Final de recital’, de Els motius del llop; ‘Museu d´Empúries’, ‘Tors d´Apol.lo Arcaic’, ‘Fulgors’ y ‘L´educació sentimental’, de Aiguaforts… Creo que es oportuno recordar la ‘Poètica’ de Els motius del llop:


«Alguien que mide versos. Que, de Vallejo, guarda
soledad en los huesos.
Alguien que, con la Muerte de Espriu dentro del alma,
se encomienda a la sombra de Quevedo
mientras que, con el húmero, mueve la estilográfica
para escribir la letra de un bolero.
Si nunca nadie riese ni llorase
con algún verso de estos que me invento,
¿dónde lleva esta historia? —pensaría—.
Es por los hijos muertos,
por los amores sin mañana:
por el mañana que amenaza
como un arma. Por toda la extensión
del nebuloso mal que no es noticia.
Por todo esto se escribe la poesía.»


Vallejo, Quevedo, Espriu, aunque también podríamos añadir a Baudelaire y a Neruda: poetas todos ellos del amor, del tiempo y de la muerte; poetas de la emoción y de la intensidad. No es gratuito que Joan Margarit escoja estos referentes a la hora de trazar su propia memoria sentimental. Si Edat roja nos habla de los pactos con la soledad, de la conciencia de la derrota y de los sueños perdidos, para decirnos finalmente que «la vida representa / no sólo la victoria de los años / sobre nosotros. También nos enseña / lo gloriosa que fue / nuestra inicial victoria sobre el tiempo», Els motius del llop y Aiguaforts continúan esa línea reflexiva desde la conciencia de que vida y literatura son inseparables. En todos estos libros, y también en Estació de França, Càlcul d´estructures y Casa de misericòrdia, Joan Margarit vuelve una y otra vez a los paisajes de la ciudad, convertida en paisaje moral que configura a los personajes, hombres que esperan, sufren y aman: «Mal asunto si un poema que habla del amor entre una mujer y un hombre no habla, si no de todos los hombres y mujeres, sí de un buen número de ellos...», escribe Joan en el prólogo a la recopilación de su Poesía amorosa completa.(5)
La historia de muchos de sus poemas sucede en viejas plazas, en bares portuarios o suburbiales, en playas desde donde se contempla un amanecer de invierno. Así ocurre, por ejemplo, en ‘Plaça Rovira’, de Edat roja:


«Bajo los plátanos grises,
las hojas secas, al rozar la acera,
dan un leve rumor de batería.
Me recuerda la música en el café
de la plaza, donde su gabardina
debe esperar, encima de una silla,
después de tanto tiempo, mi amor.
Siempre he buscado una misma mujer,
la misma ciudad, una misma historia
escuchada entre el ruido ajeno y frío
que hacen las hojas secas en las losas.»


En su obra poética, incluso las referencias culturales parten de una profunda implicación vital. A través de la música y de la literatura, la memoria establece una continuidad de la experiencia: así, evocar una melodía (‘Loverman’, ‘Embraceable you’), una cita o el título de un libro puede ser una forma de vivir la soledad o de compartir una historia. No voy a detenerme en la especial relación entre poesía y música, abordada en el prólogo a Los motivos del lobo (6). Un apartado de este libro, ‘Remolcadors entre la boira’ (‘Remolcadores entre la niebla’; éste es también el título de una antología temática de Joan Margarit publicada en 1995), nos sitúa en un ámbito de correspondencias que el propio autor explica muy bien en una entrevista con José Luis Morante:


«La música y la poesía son, después de las personas a las que amo, mis principales recursos de equilibrio interior. Por ejemplo, después de la muerte de mi hija, lo que más me acerca a su invisible presencia son algunas piezas de música, concretamente de Bach: las suites de violoncelo, sobre todo interpretadas por Lluís Claret, y las Golden Variations o las English Suites, sobre todo interpretadas por Glenn Gould (…) Respecto al jazz, tiene una gran virtud: nació humilde y, pese a los intentos de llevarlo a las grandes salas de conciertos, se mantiene en locales donde escuchar y conversar no están reñidos.»(7)


Estas últimas líneas hablan de una invisible presencia, la de su hija Joana. Si la escritura, en algunos momentos terribles, puede ser una vía de salvación o la última casa de misericordia, Joan Margarit no pierde de vista la materialidad del poema, la distancia necesaria para construir determinadas fábulas desde un artificio convincente. A pesar de la desolación inevitable, no encontraremos nunca una retórica del pesimismo: «Tengo tendencia, hasta en los poemas más subjetivos, a desnudar en lo posible el sentimiento —el sujeto— de manera que prevalezca una cierta sensación de objetividad en quien lee el poema», afirma el autor. Y los poemas de Joana nos transmiten la sensación de desamparo, pero también nos confirman que el tiempo deja su huella, su herrumbre en todo, incluso en el recuerdo de una ausencia; de eso trata, precisamente, el último poema del libro:


«El tiempo ha ido dejando sobre la cicatriz
su polvorienta arcilla, y es que, incluso
cuando uno ama a alguien, sobreviene el olvido.»


Y sin embargo, la poesía combate siempre contra el olvido: a ella le corresponde levantar el velo que la vida cotidiana va poniendo sobre todas las cosas, recuperar, en suma, el sentido y la fuerza de las palabras. Iluminar intensamente nuestra realidad, nuestros recuerdos, como muy bien dice el propio Joan Margarit en el prólogo a El primer frío:


«Cantamos al propio misterio. Queda por decidir desde dónde cantar, y esa es la búsqueda que cada poeta realiza a su manera (…) El lugar desde el cual yo lo intento es un lugar en el tiempo. Es el instante durante el cual se conecta el mundo con el sentimiento. El instante del fogonazo, cuando se ilumina lo que es opaco y oscuro. Intento ejercer una inteligencia sentimental a través de la poesía, a la cual no pienso que le quede más característica para identificarse respecto a la prosa que la concisión y la exactitud.»


—————


(1) Joan Margarit, El primer frío. Poesía (1975-1995), Madrid, Visor, 2004, pp. 10-11. Las citas de los poemas anteriores a Estació de França proceden de esta edición.
(2) D. Sam Abrams, “És tan gran la riquesa… Introducció a la poesia de Joan Margarit”, prólogo a la antología de Joan Margarit Trist el que mai no ha perdut per amor una casa, Barcelona, Proa, 2003, pp. 17-18. Puede verse también mi libro Amor y tiempo. La poesía de Joan Margarit, Córdoba, Ediciones Litopress, 2005.
(3) Joan Margarit, “El meu Vinyoli”, conferencia inédita (2004); “Gabriel Ferrater, punt de partida”, El País. Quadern, 22 de septiembre de 1988, pp. 4-5.
(4) Joan Margarit, Aguafuertes, Sevilla, Renacimiento, 1998, p. 15.
(5) Joan Margarit, Poesía amorosa completa, Madrid, Hiperión, 2000, p. 11.
(6) Antonio Jiménez Millán, Prólogo a Joan Margarit, Los motivos del lobo, Lucena, Colección 4 Estaciones, 2002.
(7) José Luis Morante, “El tiempo y su desorden. Joan Margarit”, en Palabras adentro. 23 entrevistas literarias, Lucena, Colección 4 Estaciones, 2003, p. 108. El propio José Luis Morante ha preparado la edición antológica de Joan Margarit Arquitecturas de la memoria, Madrid, Cátedra, Colección Letras Hispánicas, 2006.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » De pluma ajena » Respuesta

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