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Selección de poemas de Juan Gil Albert
*Referencia : www.amediavoz.com
LA ROSA
La imagen del amor como una rosa abre sus encendidas ilusiones y sobre el tallo esbelto resplandece su oscura primavera deseada; el naciente reflejo de su sombra nubla el claro contorno de la vida y nos absorbe su letal aliento cual la luz la cautiva mariposa. Alas llevo rondando el escondido deseo de mi amor, ansiosas alas me sirven como un velo trasparente ante el divino rostro que enamora, y en la locura de ese vuelo incauto, quemándome las alas cual se ajan las dulces vestiduras de mis sueños, ¿me acerco al ser extraño que está abriendo sus abismadas aguas de belleza, o cada vez más cerca de su vida me alejo del misterio deseado? ¡Inútil desazón, vuelo perdido que nunca detendrá sus angustiosas alas negras de amor ante esa llama del fuego primitivo que despierta como una rosa el pasmo de los hombres! Cual un pájaro ciego yo te canto, porque eres mi sombría rosa amada, y cuando está anegado de tristeza mi corazón renueva sus canciones.
*De "Las iusiones"
LA SIESTA
Si alguien me preguntara cuando un día llegue al confín secreto : ¿qué es la tierra? diría que un lugar en que hace frío en el que el fuerte oprime, el débil llora, y en el que como sombra, la injusticia, va con su capa abierta recogiendo el óbolo del rico y la tragedia del desahuciado : un sitio abrupto. Pero también diría que otras veces, en claras situaciones alternantes, cuando llega el estío y los países parecen dispensar la somnolencia de un no saber por qué se está cansado, mientras vibra en lo alto, alucinante, un cielo azul, los frutos se suceden sobre las mesas blancas, y entornados los ventanales, frescos de penumbra, buscamos un rincón donde rendirnos al dulce peso, entonces sí, diría que la tierra es un bien irremplazable, un fluido feliz, un toque absorto. Como una tentación sin precedentes hecha a la vez de ardor y de renuncia. Una inmersión gustosa, un filtro lento.
LAS DISPENSADORAS DEL SUEÑO
A Elisabeth van der Schulemburg
¡Extraña floración donde las noches depositan su lúgubre simiente! La luz del día encuentra vuestros rostros, doblados en patética ternura, sobre la misteriosa urnilla verde en que yace dormida la honda esencia. Allí diseminadas por los campos, celadoras de indescifrable culto, aspiráis el aliento vaporoso de ese ser que subyuga, y abrazadas cual ebrias a una sombra irresistible os rendís a su dulce maleficio con la sedosa púrpura teñidas del primer sueño. Lejos os ignoran las rosas del jardín, bajo los tilos, junto a claros estanques extasiadas, cuando la errante yedra les transporta más que el amor, el polen que desprende el gran extenuado en vuestros brazos. ¡Qué ligereza tiende por los aires su extraño peso! Vedlos acallados, los pájaros en torvas mansedumbres, débiles en las ramas, como pulsos de la vencida selva; y aun los hombres en sus dichosos entretenimientos caen rendidos al suave toque oscuro de sumisión. Olvídase el avaro de su tesoro, y déjalo perdido por aquel que es más fuerte que sus ansias; siente el enfermo que una mano tibia ahuyenta, cual la pluma, de sus sienes la amarga realidad, y hasta el amante deja a su lado, ciego, a la que adora, porque alguien más potente le ha besado los fatigados ojos. El sol mismo, ¿no descansa su párpado un momento, entornado en las lindes de la tierra? Sólo las aguas suenan por las noches, rebeldes al fatídico reposo, huidizas del sueño que las tienta con ese frenesí de lo imposible.
*De "Las iusiones"
LAS LÁGRIMAS
Las lágrimas son el vino de los ángeles. San Bernardo
Un día el hombre vio llorar al ángel. Algo había pasado en los espacios, algo muy tierno o algo muy terrible, y el hombre contemplaba conmovido la alada criatura en su congoja. Vio en su rostro encendido por la gracia una expresión tan honda, vio en sus rasgos abrirse tales muestras de tristezas y pasar por su frente tales nubes de inmensos infortunios, que prendado quedóse allí mirando la nobleza de aquel dolor. El ángel suspiraba cual si en sí mismo un mundo más potente diera un extraño impulso a su amplio pecho. Llevábase las manos tan hermosas a su faz dolorida, y el trastorno daba a su cabellera un indolente sabor de adversidad. Cuando en sus ojos comenzaron con lívidos fulgores a cuajarse unas aguas con destellos de sobrenaturales inclemencias, el hombre se sintió sobrecogido y allá en su corazón algo ignorado fluyó a su vez; caían sobre el ángel unas lágrimas densas, arrastrando no se sabe qué peso delicioso, y cada vez que abría sus pupilas hacia el vaso horizonte le manaba aquel triste caudal. ¡Ay!, dijo el hombre, ¿qué goce extraño es ése o desvarío que siento remontar en mis entrañas, qué turbadora imagen comunica a mi ser un dolor irresistible? Y cuando con dulzura abandonado lloró también gimiendo amargamente, una sal en los labios le vertían las luces de sus ojos.
LAS MENTIRAS
TEMA PARA UNA CANCIÓN
No puedo sino amaros estrujando vuestras veleidosas acechanzas sobre mi pecho estremecido, porque ¿de qué otra cosa podría vivir?
Recordar la vida pasada es como regar el huerto de vuestras sombras, y suspirar por algo desaparecido es levantar las ciegas estatuas de un jardín.
El desvarío es grande e insensata la índole de mis sentimientos, mas cuando un hechizo obra sobre un corazón, ¿quién puede disiparle esa áspera pena?
Verdad, verdad deseada, en los labios engañosos del mundo paréceme escuchar como posible el eco de tu clemencia.
LAS VIOLETAS
A la memoria del poeta romántico Enrique Gil, que cantó a la violeta.
Una leche nocturna os amamanta en el triste regazo de los sueños; la oscura palidez tiñe las hojas de vuestros leves brazos somnolientos y al fin, en la espesura humedecida, queda el intenso beso de la noche, su mortal arrebol allí dejando la tardía belleza; ya la aurora, rosa y apenas verde como todo lo que se inicia, extiende su mirada sobre el mundo, que lleno de rocío simula un despertar; sólo vosotras, ajenas al placer de la mañana, conserváis ese lívido trastorno de la noche perdida, y allí envueltas en vuestra huraña y misteriosa sombra, cual si, morado pájaro en la tierra, más que savia, un latido os levantara del sopor vegetal; porque entretanto, la noche, el fresco viento o el poeta os dejaron el cárdeno suspiro del gran enamorado que no vuelve.
*De "Las iusiones"
LOS IDÓLATRAS
Cada cual a través de las tinieblas ansia de luz advierte en las entrañas; cada cual va buscando con anhelo un confín que recuerda desde niño, niño una aquietada llama. ¡Y para cuántos esa luz es abismo en que naufraga su dulce y loca libertad transida! En los bosques la espada de los cielos no disipa las sombras, las enciende de misteriosos halos que se ocultan entre las altas formas del silencio. Todo palpita oscuro, y aquel rayo torna más insaciable la existencia. Hay unos hombres tristes de extravío que adoran las estatuas, cual entonces, cuando entre el mirto agreste aparecía un blanco mármol de dormida testa soñando indiferente su hermosura. Entre las multitudes las descubren, entre el vasto oleaje que devora y hace brillar el sol de las ciudades, señalan las infaustas criaturas en cuyos rostros ábrese el abismo del que nadie retorna. Hay en sus cuerpos un claro resplandor de tentaciones, un esbelto misterio trastornado, una azulosa llama con que alumbran el sediento vacío: las estatuas son del Amor. Prisiones encendidas. Los idólatras, cual una garra, sienten su tierno corazón sobrecogido y en sus ávidas almas se entroniza como un furor la imagen engañosa. Siervos de falsa aurora, no conocen ni placer ni reposo; esperan siempre, ante el ídolo amado, que se abran las desiertas regiones de sus ojos y en el helado pecho van buscando la imposible palabra. Las coronas que dejan extasiados en sus sienes apenas si un momento vivifican el lúgubre esplendor y ajadas cuelgan su insaciable tortura, cual la muerte deja amarillo el rastro de las horas. Un inútil desgarro les advierte la sombría emboscada y nada saben, divinos ciegos, de la luz que anhelan.
*De "Las ilusiones" LOS MUCHACHOS
Homenaje a Porfirio Barba-Jacob
Me veo precisado a repetirlo una vez más: mis solos compañeros de ruta y lecho: jóvenes que fuisteis mi tentación más firme y el encanto de mi flaqueza. Debo repetirlo por última verdad: os amé a todos cual si fuerais el mismo y el distinto que cada vez mostrábase a la vista como un primaveral brotar de nuevo: fuisteis David, Tobeyo, Albano, Cinthio, y aquél que no durmió nunca en mis brazos pero supo decirme como nadie que me quería. Espectros redentores de mi corporeidad, númenes vivos de mi pasión, tormentas fugitivas de mi buen tiempo. Chicos azarosos que con vuestras muchachas e inquietudes cumplíais vuestro sino dando el pecho a toda adversidad y pregonando la frágil dicha, el sueño interrumpido, lo duro que es vivir aun siendo joven y la mucha energía que se gasta en tratos baladíes. Pero entonces, como quien oye a Dios o algún maestro que suele aparentar su misma calma, veníais a buscar en mi clemencia el resplandor difuso de mi sombra rodeada de sol como un gran árbol que nos acoge en sí y que nos preserva de no sabemos qué, muchachos míos, de no sabemos qué. ¡Qué más quisiera que haberos preservado eternamente de vuestra soledad originaria, de vuestro desconcierto! Nunca pude sino disimular mi limitada zona de luz, lo poco que tenía, para que sustentáramos unidos esta gravitación de la existencia. Pero os he sido fiel y eso me salva. Estaban bien dispuestos los altares en los que colocaba cada noche vuestra imagen triunfal con su avecilla de temblorosa luz. y aun cuando a veces la soledad rociaba con ausencias mi corazón, presagios eran siempre de una nueva deidad que se avecina, y pronto dibujábase en la mente un inédito rostro que aportaba con el sueño pasado la extrañeza de un nuevo amanecer: constancias mías de la cambiante forma que me disteis. Así quiero que conste en mis palabras lo que es verdad y nadie desvaríe cuando quiere emplear la suficiencia y hablar de lo que ignora. Sólo sabe quién es quien se hace dueño de sí mismo. Yo soy quien os amó. Vosotros fuisteis los órganos florales de mi suerte. y ahora que ya no estoy sobre la tierra y que en hombres vosotros convertidos añoráis algún día la fragancia de lo que se extinguió, sabedme siempre, I dispuesto a recrear no importa dónde, ! no importa con qué nuevo compañero, la evanescente forma prohibida, este inútil contacto perdurable que fue mi meta.
REFINAMIENTO DEL CAMPO
Las piedras colocadas sobre piedras y encima de ese muro primitivo algún olivo blanco. No sé por qué será que ciertas cosas que apenas dicen nada, que bien analizadas no son cosas dignas de nada, causan sobre mi ánimo un influjo de inextinguible paz. Se diría que siento mis raíces dentro de esos contornos depurados que no son nada, dentro de esa vejez de una humildad tan firme cual si una incitación muy familiar me retuviera allí. Algo como una voz que me dijera de dentro de mí mismo : esta fe encantadora es la pobreza. SOBRE UNOS LIRIOS
(APUNTES)
I
Mancebos como príncipes, os habéis alejado del jardín y crecéis en mi alma, en algún oculto declive.
Morados y blancos, malvas y amarillos son los colores de vuestras vestiduras, y espolvoreados de plata desafiais al tiempo.
Cuando sopla la brisa de mi corazón enamorado, sonreís lentamente como si recordarais.
II
Os llevaba conmigo, como un manojo de príncipes que rodean al maestro en el ejercicio de la mañana.
Luego engalanabais mi mísera vivienda, pero vuestros verdes espadines me recordaban nuestra distancia.
III
Os amo, flores lejanas, jóvenes reyes del monte misterioso.
Comprendo que hayáis huido del jardín y su gente; nada atrae allí a vuestra altiva sencillez.
Entre estas cuatro paredes, ¿os resultaré un triste inoportuno? Y sin embargo vuestro dulce aroma me llega como la respiración de un amigo.
IV
Desde muchos años, nadie había sabido acompañarme con esta gentileza que me cautiva.
Cautivadores sois, inexpresables, y vuestra presencia ha sido en estos días como el sueño de mi juventud.
Cuando la pálida púrpura del capullo se aje, ¿qué imagen entristecedora os llevaréis de mí?
V
Os puse junto al recuerdo de una jovencilla desaparecida, porque me gusta rodearme de seres que no dañan al amor.
Quizás entre ella y vosotros hay un diálogo inefable que yo nunca entendería, porque soy un hombre.
*De "Las iusiones"
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Carlos Rivera
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