Algunos poemas de Francisco Brines
*Seleccionados de www.amediavoz.com
EL ÁNGEL DEL POEMA
A César Simón
Dentro de la mortaja de esta casa en esta noche yerma con tanta soledad, mirando sin nostalgia lo que en mi vida es ido, lo que no pudo ser, esta ruina extensa del pasado, también sin esperanza en lo que ha de venir aún a flagelarme, sólo es posible un bien: la aparición del ángel, sus ojos vivos, no sé de qué color, pero de fuego, la paralización ante el rostro hermosísimo. Después oír, saliendo del silencio y en tanta soledad, su voz sin traducción, que es sólo un fiel entendimiento sin palabras. Y el ángel hace, cerrándose en mis párpados y cobijado en ellos, su aparición postrera: con su espada de fuego expulsa el mundo hostil, que gira afuera, a oscuras. Y no hay Dios para él, ni para mí.
*"La última costa" 1995 EL CURSO DE LA LUZ
Trajo el aire la luz, y nadie vigilaba, pues la robó en el sueño, se originó en las sombras, la luz que rodó negra debajo de los astros. Casa desnuda, seno de la muerte, rincón y vastedad, árida herencia, vertedero sombrío, fértil hueco.
Tú estás donde las cosas lo parecen, donde el hombre se finge, ese que, a tus engaños, da en nombrarte respiración, fidelidad. Llegas hasta sus ojos, y en ellos reconoces el nido en que nacieras, piedra negra que está ignorando el mundo, y ahondas tu furor, con belleza de rosas o valle de palomos o dormidos naranjos en la siesta del mar, y agujeros callados se los tornas.
Débil es el sepulcro que así eliges, no dura allí tu noche, y vuelves a tu oficio, criatura inocente, y esos que te aman lloran, pues dejas de ser luz para llamarte tiempo. nos tejiste con esa luz sombría de tu origen, y en la carne que alienta dejas el sordo soplo del olvido; no es tu reino la humana oscuridad, y en desventura existes. Llega a ti el desconsuelo, la desdicha, resignación del fuerte, y aun rencor, y así nos acabamos: extraño es el deseo de esa luz. Extingue tu suplicio, ciega pronto; si recobras la paz, no nos perturbes. EL DOLOR
La niña, con los ojos dichosos, iba -rodeada de luz, su sombra por las viñas- a la mar. Le cantaban los labios, su corazón pequeño le batía. Los aires de las olas volaban su cabello.
Un hombre, tras las dunas, sentado estaba, al acecho del mar. Reconocía la miseria humana en el gemido de las olas, la condición reclusa de los vivos aullando de dolor, de soledad, ante un destino ciego. Absorto las veía llegar del horizonte, eran el profundo cansancio del tiempo.
Oyó, sobre la arena, el rumor de unos pies detenidos. Ladeó la cabeza, pesadamente volvió los ojos: la sombría visión que imaginara viró con él, todavía prendida, con esfuerzo. y el joven vio que el rostro de la niña envejecía misteriosamente.
Con ojos abrasados miró hacia el mar: las aguas eran fragor, ruina. Y humillado vio un cielo que, sin aves, estallaba de luz. Dentro le dolía una sombra muy vasta y fría. Sintió en la frente un fuego: con tristeza se supo de un linaje de esclavos.
EL MÁS HERMOSO TERRITORIO
El ciego deseoso recorre con los dedos las líneas venturosas que hacen feliz su tacto, y nada le apresura. El roce se hace lento en el vigor curvado de unos muslos que encuentran su unidad en un breve sotillo perfumado. Allí en la luz oscura de los mirtos se enreda, palpitante, el ala de un gorrión, el feliz cuerpo vivo. O intimidad de un tallo, y una rosa, en el seto, en el posar cansado de un ocaso apagado.
Del estrecho lugar de la cintura, reino de siesta y sueño, o reducido prado de labios delicados y de dedos ardientes, por igual, separadas, se desperezan líneas que ahondan. muy gentiles, el vigor mas dichoso de la edad, y un pecho dejan alto, simétrico y oscuro. Son dos sombras rosadas esas tetillas breves en vasto campo liso, aguas para beber, o estremecerlas. y un canalillo cruza, para la sed amiga de la lengua, este dormido campo, y llega a un breve pozo, que es infantil sonrisa, breve dedal del aire.
En esa rectitud de unos hombros potentes y sensibles se yergue el cuello altivo que serena, o el recogido cuello que ablanda las caricias, el tronco del que brota un vivo fuego negro, la cabeza: y en aire, y perfumada, una enredada zarza de jazmines sonríe, y el mundo se hace noche porque habitan aquélla astros crecidos y anchos, felices y benéficos. Y brillan, y nos miran, y queremos morir ebrios de adolescencia. Hay una brisa negra que aroma los cabellos.
He bajado esta espalda, que es el más descansado de todos los descensos, y siendo larga y dura, es de ligera marcha, pues nos lleva al lugar de las delicias. En la más suave y fresca de las sedas se recrea la mano, este espacio indecible, que se alza tan diáfano, la hermosa calumniada, el sitio envilecido por el soez lenguaje. Inacabable lecho en donde reparamos la sed de la belleza de la forma, que es sólo sed de un dios que nos sosiegue. Rozo con mis mejillas la misma piel del aire, la dureza del agua, que es frescura, la solidez del mundo que me tienta.
Y, muy secretas, las laderas llevan al lugar encendido de la dicha. Allí el profundo goce que repara el vivir, la maga realidad que vence al sueño, experiencia tan ebria que un sabio dios la condena al olvido. Conocemos entonces que sólo tiene muerte la quemada hermosura de la vida.
Y porque estás ausente, eres hoy el deseo de la tierra que falta al desterrado, de la vida que el olvidado pierde, y sólo por engaño la vida está en mi cuerpo, pues yo sé que mi vida la sepulté en el tuyo.
*"El otoño de las rosas" 1990
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