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Columnas de humo
El hambre no es pecado
23/04/2008
CARLOS Rivera
Podía esperarse que el supremo dirigente religioso del catolicismo visitara al supremo dirigente político del capitalismo para darle un tirón de orejas por lo que está pasando y sólo roza ligeramente las conciencias materialistas satifechas: la hambruna global por el encarecimiento del precio de los alimentos en los países que están al otro lado de la frontera de nuestro bienestar. No ha sido así. Benedicto ha visitado los Estados Unidos de América para pedir perdón por los casos de los curas pederestas y para tender puentes al judaismo. Bien está, Su Santidad Católica, que la Iglesia se arrepienta, aunque mejor estaría que ese arrepentimiento fuera global, histórico, absoluto, por los pecados que se pudieron haber evitado y que no se evitaron. Pero mejor estaría que, de una vez por todas, esa misma Iglesia diera un puñetazo sobre la mesa de la política mundial acerca de un problema que es urgente resolver: la crisis alimentaria que afecta ya a 37 países y está causando estragos a los estómagos de millones de ciudadanos de este planeta. Miles de haitianos marchando desesperadamente por las calles de Puerto Príncipe al grito de "tenemos hambre". La tasa de mortalidad se ha disparado por la crisis de los alimentos. En vano clama Kofi Annan (otro que tal baila desde su púlpito de la ONU) por esa calamidad del hambre que es una de las peores violaciones de la dignidad humana. Al mundo que sí come e incluso despilfarra alimentos todos los días de todos los años le importa un bledo este sonrojante dato: las 200 personas más ricas de nuestro planeta tienen más dinero que el 40 por ciento de la población global. Benedicto y Bush no hablaron de ello, por supuesto, ni se comprometieron a personarse económicamente desde sus respectivos poderes para paliar el problema terrible de la hambruna. Y digo personarse económicamente porque el país más rico del mundo y la Iglesia más rica del mundo no invierten en desgracias. Sólo palabritas del niño Jesús para la galería de los bienpensantes que no están incluidos entre esos 850 millones de desgraciados que se van a la cama cada noche sin haber ingerido la mínima dosis de alimento. Las causas de la crisis que está dando lugar a la hambruna están perfectamente identificadas: millones de personas desplazadas por las guerras ante las que los poderosos de este mundo se lavan las manos; el crecimiento constante de la población mientras disminuye la extensión de tierras cultivables; el cambio climático con todas sus consecuencias negativas para los países donde el hambre aprieta; el proteccionismo de los países desarrollados que impide la libre circulación de productos básicos. Problemas concretos con soluciones concretas de los que no han hablado ni Bush ni Benedicto. No es una crisis cualquiera. Es una crisis humanitaria de enormes dimensiones producida por la globalización capitalista con su libre circulación de mercancías y alimentos. Al mercado no le interesan las personas sino los beneficios. Con la mínima parte de lo que el sistema capitalista ha invertido en guerras y en rearmes se habría mitigado buena parte del problema de la hambruna. Solo roza ligeramente las conciencias ese clamor del hambre. Nuestros telediarios de antes de la cena nos permiten dormir con la conciencia satisfecha porque un Papa haya pedido perdón por el pecado de pederastía. El hambre no parece ser pecado para los poderosos y creyentes. Especular con los alimentos y con el precio de los alimentos no sólo debería ser pecado para el Papa y para los políticos sino un crimen de lesa humanidad.
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