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Columnas de humo


El puchero

16/04/2008

CARLOS Rivera

Nuestra santa doméstica por antonomasia, Teresa de Jesús , decía que Dios estaba en los pucheros, hermosa lección de panteísmo. En los precarios tiempos de la autarquía, el puchero, aproximada quintaesencia del cocido, era para muchas familias de nuestro país como un don divino. La madre lo preparaba con el esmero y la abnegación de aquellas heroínas de postguerra, cuyos diseños de cocina con escasos recursos bien deberían haber figurado en una Guía Michelín de los pobres como modelo de gastronomía de resistencia.
Hoy, tanto el puchero como Dios, parecen representar el final de una fe gastronómica y religiosa. El progreso científico ha sugerido desterrar de la dieta las pringadas y la esencia celestial. El puchero ha quedado invalidado incluso para los estómagos resistentes de los campesinos del erial ingrato y Dios ha dejado de ser la justificación de los hechos inexplicables de la Naturaleza incluso para esos mismos campesinos. Nadie osará preguntarse en estos tiempos en qué lugar del cielo está ubicada la morada de Dios sino en qué lugar de la bioquímica se encuentra el templo del Altísimo. Ya no es lo mismo religión que espiritualidad. Como no es lo mismo el popular puchero que el diseño del nuevo cocido de la gastronomía española de vanguardia cuya ubicación se halla en los templos de los refinados sibaritas, como L´hardy .
En los tiempos de Santa Teresa y en el de los años de precariedad, Dios estaba en el caldo primordial de la cocina del hambre y en el hambre del hombre que era capaz de unir en una sola pregunta metafísica el puchero de la santa donde hervía Dios como una pringada filosofal y el desvanecimiento de su esencia en el descampado filosófico de los agnósticos, en el que del Dios de Santa Teresa no hay más rastro que el de la doble hélice del ADN. Aunque agnósticos hubo, como Pablo Neruda , que lo encontró un día en los ojos de su perro mientras paseaba por las playas de su Isla Negra. Del Dios de los pucheros de la fundadora carmelita solo en el caldo del misticismo puede hallarse su rastro. No hay fundamentos empíricos en el laberinto neuronal, dicen los científicos, que nos permitan demostrar la existencia de un ser superior, por más que algún despistado sabio optimista como el doctor canadiense Michael Persinger se haya empeñado en hallar la respuesta mediante campos electromagnéticos.
Un puchero de los tiempos de la escasez, aunque pareciera un don divino, no tenía más secretos que el de los ingredientes adecuados. En tales tiempos, por falta de dinero, la carne era una ausencia muy sentida. De tal modo que en casa de los pobres solo era una sopa con algún aditamento vegetal y un poco de tocino rancio, si se encontraba. Aunque una vez degustado aquel puchero podría la gente sentirse como Dios. Así se manifestaba en algunas ocasiones: "he comido como Dios", que también vale como afirmación panteísta en estos tiempos descreídos en los que los sabios se queman los ojos buscando alguna huella de la existencia del Altísimo mediante estudios neurocientíficos.
Creo que es más lógico lo del puchero de Santa Teresa, teniendo en cuenta la bondad del puchero castellano, con su hueso de jamón que le confería el don divino. No así nuestro puchero andaluz, al que los garbanzos y los nabos, el apio y el arroz le quitaban un punto de aristocracia y de divinidad. Era lo que había cuando el hambre del hombre solía mitigarse rezando con el estómago vacío, sin el consuelo siquiera del puchero en el que, según la santa con dos cataplines, hervía Dios.
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