Arte del claroscuro
*Texto de Jaime Siles en ABC de las artes y las letras.
*Referencia : www.abc.es/abcd/noticia.asp
No es fácil -ni siquiera hoy- precisar el valor de la obra de Spender, algo situada a la sombra de la de Auden, sólo dos años mayor de edad que él y por quien sintió admiración y respeto siempre. Sí es, en cambio, más fácil fijar su posición dentro de la lírica del XX, en la que ocupa un lugar histórico innegable: miembro del grupo de poetas oxonienses estrictamente coetáneos de nuestra generación del 36, con la que comparten no pocos de sus rasgos; estudiante en la Alemania de los años treinta, de la que en sus memorias nos ha dejado una aguda descripción; testigo visual de la guerra de España; filocomunista al principio, pero no al final, Stephen Spender (1909-1995) fue un protagonista de los avatares ideológicos del siglo XX. Pese a su generosa e intensa relación con España, no hay en nuestra lengua demasiadas traducciones de él: sí la hay de su World Within World, reseñado hace años por mí en estas mismas páginas, pero no de toda su poesía sino de una parte muy concreta de ella. Lo que hace que nuestra idea de su obra sea parcial e incompleta. Poeta lírico para Eliot, romántico para MacNeice e icónico para S. Toynbee, Spender es un producto de su tiempo tanto como de su clase, que, debido a la contradicción entre su procedencia social y su conducta política, vivió angustiado no tanto por la culpabilidad como por la mala conciencia -un rasgo que compartirán con él nuestros poetas del 50. Eduardo Iriarte lo explica así: «Burgueses que querían ser obreros y comportarse como tales [...], pero que, como intelectuales, su papel quedaba reducido al de meros espectadores y comentaristas», que es lo que se les permitía ser. Se cita como ejemplo de ello su famosa carta a Isherwood, fechada el 10 de noviembre de 1936, en la que le dice al autor de la novela que sería la base de la película Cabaret, lo que significa ser artista: «Una especie de enfermedad abocada al sufrimiento». Cartografía militar. En la poesía de su primera época e, incluso, en la de después abundan los términos procedentes de la cartografía militar y del léxico bélico, pero, más que consignas dirigidas a la propaganda, lo que Spender hace entonces es un análisis de la experiencia humana tanto colectiva como personal. Traductor de Rilke, Altolaguirre y Lorca, pasó sus últimos años retocando, puliendo y corrigiendo hasta dar a la luz Los días generosos en 1971 y Delfines en 1994. Cronista y poeta, para Spender «los sentimientos de los vivos son más importantes que los monumentos de los muertos». Lo que explica tanto su obsesiva fidelidad a lo que siempre sintió como un fracaso, como a su constante producción, en la que vio un alivio. Esta antología muestra algunos ángulos de una obra cuyo desarrollo es reflejo de su historicidad. «La máscara mortuoria de Beethoven» podrían haberla escrito Blas de Otero o Hierro: «en esa cabeza se retuerce la bramante nube / y se enrosca, como en una concha, la bramante ola». Al pie del minutero. Otros textos carecen de título: como si fueran rápidas secuencias anotadas al pie del minutero; y algunos -como «1929»- penetran en el corazón de lo histórico, como también lo hacen «El Expreso» o «El parque cerca de un aeródromo», que podrían compararse con creaciones de Campoamor o con cuadros de Regoyos, más que con otras de tendencia futurista. La Guerra Civil del 36 aparece moral, más que políticamente, poetizada en la nutrida serie de poemas dedicados al tema que se recoge aquí. La estrofa tentó a Spender, cuyo «Darkness and Light» es una fuente estrófica de Jaime Gil de Biedma, que también imitó otro poema suyo: «The Ambitious Son». Poeta más variado que unitario, nunca dejó de experimentar en y con las formas, como se ve en «Almendro en una ciudad bombardeada» o en «Hablar con los muertos en el idioma de los muertos», aunque lo mejor de su poesía tal vez sea «28 February 1970», el excelente poema que, con motivo de su cumpleaños, dedica a Auden y que le permite fijar una de las últimas imágenes escritas conservadas de él. Spender es un poeta de momentos, y eso es lo que queda claro aquí.
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