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Columna de humo
Revoluciones
12/03/2008
CARLOS Rivera
Nunca fui comunista, aunque profeso un gran respeto por esa ideología y por los partidos políticos que asumieron las tesis de Lenin y que, a pesar de sus muchos desaciertos y errores históricos, estuvieron siempre en la vanguardia de la lucha por una humanidad manifiestamente mejorable. Noventa años se cumplieron el pasado año de la revolución de octubre de 1917 que sembraría la semilla del que luego acabaría convirtiéndose en Partido Comunista. Los hechos históricos no se producen espontáneamente, y aún más cuando se trata de una revolución. En la Rusia zarista hacía siglos que estaba preparado el camino hacia ese momento espectacular de la historia de los pueblos en el que los humillados y ofendidos levantan la voz, luego la mano y finalmente el arma de la revolución verdadera que no es otra que la de la ira. Ira sentían aquellos hombres y mujeres y niños que un día se atrevieron a hacer borrón y cuenta nueva de unos periodos históricos monopolizados por el poder absoluto de una clase dominante a escala nacional. Otra cosa es que alcanzaran sus objetivos. A largo plazo aquella revolución de octubre tuvo la misma naturaleza histórica de aquel poder absoluto al que había sustituido. Mueran los perros que mueran nunca se acabará la rabia. Lenin, con una lucidez equivocada, bien sabía que esa simplicidad del péndulo histórico ejercida por el pueblo soberano en determinadas condiciones políticas (la democracia burguesa) era la causa de que mueran los perros y de que no se acabe la rabia, aunque la enfermedad congénita pueda sobrellevarse con ese estoicismo que permite sobrevivir a todos los perdedores de todas las épocas bajo cualquier sistema político. Las contradicciones del capitalismo y de la clase dominante de nuestros tiempos son más profundas hoy que en el periodo de la revolución rusa. Internacionalizadas las fuerzas productivas en lo que llamamos la globalización, hoy no sería posible, sin embargo, una revolución como aquella aunque se den las mismas o más propicias condiciones. Hablando en términos políticos, el capitalismo y la clase dominante, por su propia naturaleza, son incapaces de estructurarse en la hegemonía de un Estado mundial que ejerza su poder en condominio. Más bien se trata de que ese poder se sustente en bloques regionales, como sería el caso de la Unión Europea, o de la dominación del imperialismo más fuerte (Estados Unidos) sobre los imperialismos rivales. Lo que se ha internacionalizado es la fuerza productiva y en unas condiciones o a causa de unas condiciones de degeneración del capital que llamamos mercado con sus correspondientes crisis políticas. Tal degeneración está produciendo a escala mundial enormes masas de desempleados y bolsas de pobreza como nunca se había contemplado en ningún otro periodo histórico. No hay lugar, sin embargo, a que en las actuales y futuras condiciones de la llamada globalización se pueda producir ni a escala nacional ni a escala mundial otra revolución como aquella que llevaron a cabo los bolcheviques y sus aliados coyunturales, aunque el futuro es siempre imprevisible. Nos falta la perspectiva de saber cómo evolucionarán los capitalismos emergentes de China y de la India. Como, por ejemplo, una pregunta decisiva y latente: si el propio capitalismo será capaz de digerir la incorporación de esos países superpoblados a la circulación mundial de mercancías y capitales. Y si lo poco que va quedando de la lucha de clases a escala global podrá influir en el proceso.
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