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Columnas de humo

Despues de Fidel

27/02/2008

CARLOS Rivera

El Caribe, más que un mar, es un don de transparencias tan mágico como su cielo, si hacemos caso de su celoso hijo Alejo Carpentier . Aunque también el Caribe es una lágrima de sal, un tirabuzón de contenida tristeza en el drizar de sus espumas y una neblina cautelosa en los días más claros de su vecindad con las orillas del dólar. En el prestigio de sus aguas reside, además, el temporal de los desaparecidos, balseros de la ilusión que fueron devorados por los tiburones de nieve de los fracasos. Con todos esos elementos de gloria y de dolor el Caribe conforma un paisaje dulce y amargo a la vez como un ron de piñata; translúcido como un daiquiri y excitante como un mojito cubano. Los buscadores de perlas de cuando en nuestro Imperio no se ponía el sol lo llenaron de cadáveres. Los rifeños de Fidel Castro le dieron un sentido de muralla. Los gobiernos norteamericanos, desde Kennedy , lo convirtieron en el muro de las injusticias de un bloqueo, como antes sus antepasados ya lo habían convertido en un burdel barroco. Y en esto llegó Fidel y mandó parar a la Historia para convertirla en su Numancia particular y le ordenó al Caribe mover su turgente compás al son del instinto de supervivencia. Para nosotros, los españoles, Cuba fue siempre una incierta nostalgia. "Cuando perdimos Cuba", solía decir mi abuelo paterno que estuvo en la guerra-desastre de 1898 como soldado raso a las órdenes de Weiler y de Martínez Campos . En la repetitiva cantinela de mi abuelo podía comprobarse la evocación de un paraíso perdido con la traicionera voladura del Maine que puso a la isla en las manos codiciosas de los yanquis, por lo que puede decirse que Cuba no fue verdaderamente independiente hasta que los barbudos de Sierra Maestra de mi adolescencia ocuparon el poder. Incomprendida y bloqueada injustamente, Cuba adquirió el carácter más profundo de lo que supone no solo la insularidad geográfica sino la insularidad histórica.
Entre los deseos de justicia y los deseos de libertad se ha debatido, se sigue debatiendo Cuba. Por la incompatibilidad de la realización de ambos deseos expresados por el pueblo cubano, el Estado de la hermosa isla donde tampoco fue posible la utopía se volvió intransigente, desdeñando cuando no pisoteando los derechos humanos de muchos de sus ciudadanos. Es así como deja Fidel Castro el poder, cuando el cansancio histórico y el cansancio personal de un anciano con escasa salud nos propone una incógnita. ¿Será posible la democracia en Cuba? Está por ver. Muchos cubanos son conscientes de que con la democracia como tierra de promisión, pasa lo que pasa: habrá libertad para todos, pero justicia, vaya usted a saber. La prevalencia de los factores económicos sobre el factor humano ya sabemos cómo se reparte en cuotas de verdadera justicia en nuestras democracias occidentales. La realidad que acabaría imponiéndose en la hermosa isla del Caribe no sería otra que la realidad capitalista. Y eso van a pensárselo los cubanos. Tener que soportar, de nuevo, a personajes de corrupción en Miami que votan republicano en Estados Unidos, sería como volver, en cierto modo, a los tiempos de Batista .
Con Fidel y sin Fidel, la democracia en Cuba, si llegara a instalarse, sería correr un albur peligroso. Volverían del exilio las mafias de la Pequeña Habana . Posiblemente a convertirla, de nuevo, en un burdel barroco. La libertad de pensar, de razonar y de obrar, no garantizan ni la justicia social ni la igualdad. Ni en democracia, ni en dictadura.
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