Columnas de humo
Ultimas moradas
30/01/2008
CARLOS Rivera
Intocables, eternos y etéreos y están ahí, tragados por la tierra, mientras sus palabras permanecen o han alcanzado el vuelo místico. La tumba de Juan Ramón Jiménez en Moguer estaba, el año que la vi, llena de jaramagos. Al Ayuntamiento franquista de la época no le gustaban los poetas. Para sus paisanos ni siquiera era entonces un reclamo turístico, solo presumían de Platero, el burro de cristal que oía cantar a las alondras y volaba hacia las alturas como San José de Cupetirno , santo patrón de los estudiantes, conocido por sus levitaciones. El tal santo, cuando entraba en éxtasis, dícese que ascendía como prueba mística a las torres, a la cima de los árboles, aunque, según la lengua del abogado del diablo, como era bastante torpe necesitaba ayuda para bajar a la tierra desde donde había levitado. Juan Ramón Jiménez, el hipocondriaco por antonomasia, levitaba con palabras y espumas de la mar. Descansaba en una tumba rodeada de malas hierbas y de una rosa silvestre. El primer Ayuntamiento democrático de Moguer se hizo cargo de su adecentamiento, aunque supongo que si los poetas no interesan vivos, mucho menos cuando reposan en la tierra esencial o desvanecidos en los aires de la Historia. Hablo de esto porque acaba de aparecer un libro del escritor Cees Nooteboom , con fotos de Simone Sassen , que nos propone un paseo literario y fotográfico en Tumbas de poetas y pensadores . Visitar tumbas de poetas, escritores y filósofos no es como leerlos, desde luego. Allí donde moran para la aburrida eternidad no parecen lugares especiales. He visto en el cementerio de San Rafael algún mausoleo de un anónimo mucho más sugerente, como el del gitano que murió en plena juventud. El granito lo ha inmortalizado de pie junto a una mesa donde podemos ver una botella de vino con su vaso y una baraja de cartas. Ahí está, desafiando al tiempo, con dos de sus placeres o aficiones. La tumba de Marcel Proust , en el cementerio de Pére-Lachaise de París, es bastante común y puedes contemplarla haciéndote a la idea de lo que supone la rareza de que en el mismo lugar yacen el tiempo pérdido y el tiempo encontrado. Cerca de la tumba de Proust, en el mismo cementerio parisino, la de Oscar Wilde es como un diseño de Mariscal , pura evanescencia con un nombre gastado por el tiempo en una lápida moteada de cagadas de pájaros, lo que no sería muy del gusto del genio lírico-satírico del dandy inglés. Hace años tuve el atrevimiento de escribir que los poetas descansaban en tumbas de aire. Nada de eso. Aquí en la tierra como en el cielo de sus palabras en nada se distinguen del resto de los mortales. Eso sí: tienen algunos el privilegio de que en sus últimas moradas cada mañana aparece recién cortada una rosa fresca o una ramita de laurel. Tanto da, porque sus poemas como sus cuerpos han envejecido tanto que uno mira el lugar donde descansan sin ninguna emoción, pues también las emociones envejecen y se convierten en muecas de los años. Hay excepciones, como la de John Keats , el hijo eplínico de la bruma, que quiso morir bajo la luz de las violetas más ocultas de Roma y está enterrado en el Cementerio de los Ingleses, cerca de la tumba del pretor Cayo Cestio . Yo escribí acerca de esa tumba de Keats este epitafio : "descansa su plumaje / mora su trino / como una estalactita voluptuosa arde / y perlea su alado corazón". Hay un ciprés como el de Silos muy cerca del lugar y a Keats nunca le falta una flor mañanera, recién cortada del rocío. Como a la tumba del rey Dionis, poeta, no le falta la espuma del océano, de la que emerge cada tarde, al arrullo de tórtolas de Cnido.
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