Carlos Pintado: Habitación a oscuras.
*Madrid, Ediciones Vitruvio (Colección Covarrubias, 38), 2007, 74 págs. Dibujo de portada de Judy Pfaff.
*Texto de Joaquín Badajoz. En la revista amiga “Decir del agua”
El poeta Gabriel Celaya creía que bastaba con que un escritor lograra balbucear las notas de ese himno gigante y extraño que es la poesía para que se creara el milagro. “El poema no es la transcripción de ese himno inefable, sino apenas su evocación”, dijo en uno de sus ensayos básicos, Exploración de la poesía. No coincido con él en muchos de sus juicios sobre Herrera, Bécquer y San Juan de la Cruz, pero esta sugerencia suya me parece fundamental para cualquier lector de poesía. Tener esta idea en mente antes de abrir un libro me ha servido para leer cada poema más como fragmento que como totalidad cosmogónica; para exigir dentro de la justa medida humana y dejarme seducir o fascinar por un verso: un simple verso pulido, defectuoso, tímido, pero sobre todo auténtico. Esos acordes de oficio son lo que a fin de cuentas mejor atrapan los estados de ánimo y los que en última instancia definen a un poeta. Por eso sentí un infinito placer desde que comencé a leer “Un tapiz donde el bosque se ilumina”, poema que abre y titula la primera sección del cuaderno Habitación a oscuras, de Carlos Pintado. El segundo texto, “Cuartetas de otoño” —compuesto en efecto por cuartetas de endecasílabos— ya tiene algunos de esos versos descarnados que salvan un libro: Soy el amado; no quien ama. He sido, / El traidor y el amigo. He complacido / A oscuros dioses el manjar sagrado. / Alguien en la penumbra me ha buscado. / Alguien en la penumbra me ha vencido. Aunque de todas las composiciones rimadas, la décima espinela y el soneto son las que han logrado sobrevivir con mayor vigor al blanqueamiento del texto lírico, no deja de sorprendernos el protagonismo del soneto shakesperiano en este libro de Pintado, un ejercicio al que casi todos los poetas dedican algún empeño, pero que exige un gran dominio de la estructura del poema.
Pero más que el análisis formal de los textos me interesa aquí destacar su semiología, en particular el mensaje que Pintado intenta conjurar cuando elige deslizarse dentro de esa camisa de fuerza retórica. En un mundo donde reina el verso libre, la rima ha recuperado su encanto vintage, una mística que puede marcar al autor como si fuera un pedigrí. Por eso creo que esa elección formal suya tiene un origen latente en su lucha por ajustarse a un canon y luego vencer los retos de las influencias —sus malas lecturas, como las llamaría Harold Bloom, de la poesía inglesa romántica, Borges, San Juan de la Cruz, particularmente “La noche oscura”—. Influencias que, dicho sea de paso, son cercanas a las inquietudes estéticas del autor y a su búsqueda de un ambiente revelatorio, punto medio entre lo que él siente y lo que quiere expresar. Lugar donde el mimetismo se transforma en el encuentro con la voz propia. Este libro de Pintado podría incluirse en la vasta tradición de la poesía oscura, cuyo cultivador más genuino en el ámbito cubano fue Julián del Casal. Puede ser cubana por añadidura, pero es fundamentalmente trascendentalista; Cuba es apenas una rama que se injerta en el mundo, una alusión, porque el verdadero escenario de estos versos es la penumbra, en la que por momentos destella una luz y se ven los rostros de seres fantasmagóricos, quizás el rostro del propio poeta, a través de los múltiples significados de un poema (Lejos de toda luz nombro mis sombras, dice Pintado en “Acaso ni la luz pueda salvarme”).
Hay en el libro poemas en que la apropiación de lecturas está realmente lograda, como por ejemplo “Y dijo: goza sin temor del hado”, en que el autor visita el excelente “Soneto 148” de Sor Juana Inés de la Cruz y lo recontextualiza, haciendo un polémico análisis que devela el sutil sentido erótico de los versos de la poetisa. Pintado recupera la máscara de Celia, y compone su Carpe Diem, para que el goce de ese ángel silencioso, andrógino, que lo vigila desde las sombras, le permita vivir intensamente ese momento de revelación sin que nada lo perturbe. Vida a la sombra de una pasión oscura “que envilece”. Porque de eso se trata Habitación a oscuras, de pactar con los demonios, de alcanzar esa paz lúgubre, solamente alterada, ocasionalmente, por el brillo a contraluz de un poema.
*Joaquín Badajoz (Pinar del Río, Cuba, 1972) se ha destacado como poeta, ensayista y editor. Se graduó de Ciencias Económicas y perteneció al Consejo de Redacción de la revista Vitral desde 1995 hasta 1999. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, de la Unión Católica Latinoamericana de Prensa y de la Unión Católica Internacional de la Prensa. Ha publicado ensayos y textos de crítica sobre arte y literatura en Cuba, España, Estados Unidos, Francia y México y ha recibido numerosos galardones, entre ellos el Premio Calendario (1996). Desde 1999 reside en Miami, donde es editor ejecutivo de la revistaCosmopolitan en español.
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