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Columnas de humo


"Deus sive natura"

16/01/2008

CARLOS Rivera

Mirando al cielo se sentía absolutamente libre. Esa mañana de enero el paseante, en compañía de su perro, subió a la Sierra de Córdoba en uso de esa mágica libertad del día azul que había amanecido. Necesitaba esa experiencia estética de estar en medio de la luz, el sentimiento místico de la naturaleza que por aquellos entornos cercanos había experimentado, con toda seguridad, Luis de Góngora . Entre tanto ruido de obispos torquemadas que provenía de las noticias de los medios pensó en el racionero de la catedral de Córdoba. Aquel cura que entre los avellanos y los castaños de Trassierra dilucidaba la vida con exultancia barroca debió ser panteísta como el paseante. Pensaba, como Spinoza , tal vez como Góngora, que Dios, de existir, era aquella naturaleza transformada en experiencia sensible de belleza única, recién mojada por la lluvia lírica del día anterior. O que la naturaleza, que lo invitaba al placer de la contemplación, era esa divinidad perseguida por los hombres desde el principio de los tiempos. Para Spinoza, aquel racionalista judío descendiente de españoles, era eso: "Deus sive natura", Dios o la naturaleza. Sinónimos estéticos de la misma verdad que suele revelarse a los hombres cuando miran al cielo para sentirse libres en medio del hastío de la vida civilizada. Desde la altura del cerro Pedro López se contempla en los limpios días sin nubes de enero un paisaje que podría ser celestial en el concepto edénico que le dan los creyentes. El aroma de la lavanda se hace casi tangible. La flor de la jara, pentapétala y bellísima, parece como sangre coagulada que se alimenta de la música de los arroyos transparentes recién crecidos por la lluvia. "Deus sive natura": canta un pájaro y su canto es como una anunciación. A Luis de Góngora, que inventó la religión de las palabras, este paisaje casi celestial debió de transformarlo en lo que fue, uno de los poetas más esencialmente vitalistas cuando era cura de Santa María de Trassierra. Pastoreando sílabas divinas caminaría don Luis por estos caminos, exultante y exaltado de la divinidad de la belleza. Panteísmo contra monoteísmo. No imagino al Góngora poeta como un obispo torquemada negando la libertad de las personas y los derechos que la civilidad confiere sin discriminaciones. Esa mañana luminosa de enero el paseante lo tiene más claro. "Deus sive natura", un coro universal en el que la belleza de las flores silvestres o el mirlo que canta en el aire prevalecen sobre las zonas oscuras de lo que llaman alma o conciencia y no es sino pregunta acerca de la divinidad improbable y la certeza de lo que su vista abarca en el paisaje que contempla.
Los japoneses, cuando llega la primavera, suelen hacer lo que llaman "hanani", ir a ver flores, especialmente la para ellos tan querida flor del cerezo. Aquí, hace años que se puso de moda entre selectos turistas sensibles acercarse al valle cacereño del Jerte a contemplar a los cerezos floreciendo como una prueba de divinidad. Casi toda la literatura japonesa está asociada a ese referente de divinidad del esplendor de la naturaleza. Ese panteísmo se percibe en Yasunari Kawabata de una manera parecida a la de nuestro Juan Ramón Jiménez cuando dice "Dios está azul" en aquel poema de La cruz de mayo .
Toda la luz de la poesía de Góngora nace posiblemente de esa verdad revelada en la frase de Baruc Spinoza: "Deus sive natura". Así lo entiende el paseante que esa mañana de enero acompañado por su perro subió a los cielos de la Sierra de Córdoba recién mojada por la lluvia.
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