Parque para difuntos, de Angel González
En el jardín germinan los cadáveres. La pompa de la rosa jamás, no, nunca es fúnebre. Únicamente, al entreabrir sus pétalos devuelve una de tantas sonrisas que no, nunca, jamás se produjeron y que la tierra se tragó nonatas. Lo mismo podríamos afirmar de las magnolias respecto al impreciso nácar de esas ingles jamás, nunca, no vistas hasta ahora con una opacidad tan delicada, luminosa y sombría al mismo tiempo
(Pienso: cuando tú hayas muerto, ¡qué flor será capaz de recoger aunque tan sólo sea una mínima parte del perfil delicado de tu cuello?; jamás, ninguna, nunca, -pienso.)
La brisa, al conmover las ramas del cerezo, dispersa una eyaculación de leves hojas blancas sobre los ojerosos pensamientos: así rerorna al aire un afán enterrado, vuelve a latir, regresa un perdido deseo. Hay margaritas entre el césped -¡cuántas! Circulan transeúntes macilentos por los senderos soleados. Rezan —luego existimos, creen. Pasan sin escuchar el grito luminoso de los lirios, sin advertir el gesto de las dalias doradas, que señalan sus lúgubres figuras con sus múltiples dedos.
Pronto lo veréis todo a través de mi tallo
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