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CLAROSCUROS


Una del oeste

14/11/2007

CARLOS Rivera

Una del Oeste. Ni novela ni película. Real como la vida misma. La acción sucede en un rancho de Crawford, Tejas, 22 de febrero del 2003. Conversan un vaquero bravucón elegido presidente de su país por unas urnas chapuceras y un europeo nacido en la vieja Castilla de España a la que pretende "sacar del rincón de la Historia". El europeo, imaginemos, contempla cómo el vaquero agita nerviosamente su revólver e intenta persuadirlo de que no debe disparar de inmediato, que es preciso esperar. Una del Oeste. Hans Blix , el inspector jefe de la ONU, peina la tierra de Mesopotamia en busca de unas armas de destrucción masiva, pero esquivas. Al europeo invitado al rancho tejano le preocupa la necesidad de dar legitimidad internacional al próximo capítulo de las hazañas bélicas del imperialismo norteamericano, pero el vaquero bravucón y orgulloso y convencido del argumento de su revólver infalible dice: "Estaremos en Bagdad a finales de marzo". Está a punto de desencadenarse el drama. La novela ya está en el tintero. El director de la película preparado para rodar. El europeo, convidado de piedra, no entiende las prisas del pistolero por llegar a la acción inmediata sin que estén preparados los folios, ni listos los focos ni las cámaras. El vaquero piensa que estos europeos son estúpidos, sinuosos, demasiado sutiles para sus lentos alcances. "Necesitamos que nos ayudéis con nuestra opinión pública" antes de disparar, comenta el europeo con cierta desidia en sus palabras. Le importa más el qué dirán de su país puesto en pie de guerra contra la guerra, por aquello de las consecuencias políticas, que el haberse saltado las normas de la legalidad parlamentaria. El vaquero vuelve a tocar nerviosamente la culata de su revólver antes de responderle al europeo con esta frase conclusiva: "Mi paciencia está agotada". Ni diplomacia ni leches, piensa el vaquero. Como un buen pistolero de película se suelta la lengua amenazando a media humanidad en el nombre de los representantes de una cosa llamada Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, México, Chile, Angola y Camerún. Esos van a enterarse de lo que es bueno cuando yo desenfunde mi revólver. Dictó una orden contra los amenazados, aunque la orden no fuera obedecida poniendo en evidencia el poder bravucón del pistolero tejano. Dicen las crónicas de Crawford, Tejas, que el europeo, con cierta reticencia, exige alguna garantía, aunque ya tiene decidido apoyar al vaquero con todas las consecuencias negativas que pudieran derivarse del hecho incuestionable de que las armas las carga el diablo y ahora con más motivos, ya que el diablo mismo ha decidido disparar contra todo lo que se mueva en contra de su terca y mesiánica opinión personal. Cuando un pistolero del Oeste cree estar en posesión de la razón, de la verdad absoluta y de la protección de Dios, ningún chiquilicuatre europeo podrá convencerlo de que tenga paciencia, solo un poco de paciencia antes de que desenfunde el arma. Ante esta situación, el europeo calla, es decir, otorga, es decir se atiene a las posibles consecuencias que devengan de haber apoyado a un pistolero bravucón, de pocas luces y ninguna experiencia de lo correctamente político. Fin de la historia. Marzo 2003. Los muertos (cientos de miles en Irak, casi 200 en Madrid un año después) ocupan la pantalla. Y a todo esto ¿qué ha sido del europeo? Dicen que continúa enamorado del revólver del pistolero tejano. Lo proclama en conferencias y libros. Sin rubor. Sin pudor. Sin arrepentimiento.
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