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"El caso de los Lacoste rosados", de Almudena Guzmán
-Haga su maleta, Watson, nos vamos: en este maldito pantano no hay quién pare del calor y de los mosquitos... porque en Londres también se han disparado las temperaturas que sino... a buena hora habría atendido los ruegos de la policía española, con el miedo que me dan los aviones y encima con El Corte Inglés de por medio... ah, y dígale al jefe de policía de Valmojado que requise a los adoradores sus polos y que luego los queme. -Tantos años con usted y no deja de sorprenderme, Holmes: ¿cómo ha resuelto el caso con tanta rapidez? -Asómese a la ventana: ¿ve a todos esos hombres en la orilla del pantano, a la espera de que el dichoso cocodrilo asome la cabeza para postrarse ante él y adorarlo? ¿qué diría usted que tienen en común? -Su pregunta me ofende por lo banal: es obvio que todos llevan un polo rosado -Un lacoste, ¿verdad? -Sí, un lacoste, todos los adoradores del cocodrilo del pantano de Valmojado llevan un cocodrilo en el pecho, Holmes, no soy tan tonto como para no haberme dado cuenta de esta coincidencia. -También podría haberse percatado de las otras si, desde que llegamos aquí, no hubiera estado todo el tiempo tumbado en el sofá, mano a mano con el aire acondicionado y la botella de whisky. -Hay vicios peores, así que no me haga hablar -Hoy está usted muy susceptible, Watson... bien, volvamos al asunto que nos ocupa: mientras usted... mientras usted digamos que optó por la investigación teórica, yo me decanté por la praxis y encontré otras concomitancias entre los adoradores del cocodrilo del pantano. -¿Cuáles? -Todos vivían en el barrio madrileño de Goya y todos habían comprado sus lacoste rosados en el mismo Corte Inglés. -¿Y? -Mis pesquisas en el Corte Inglés fueron baldías, pero horas después el jefe de policía del distrito me presentó a Pepe Arenas... por cierto, Watson, no se le olvide recordarme que haga las diligencias oportunas para que ese individuo pueda irse a su casa: lo tienen retenido en comisaría y es completamente inocente. -Vayamos por partes, Holmes: ¿quién es Pepe Arenas? -El único vecino del barrio que también había comprado un lacoste rosado en el Cortés Inglés del mismo pero que no era adorador del cocodrilo del pantano. -No entiendo nada: ¿no tendrían que haber retenido a los adoradores en vez de a él? -El inspector Martínez, mi ilustre colega, y a quien por cierto no le ha sentado nada bien mi injerencia en este caso, sostenía la brillante hipótesis de que Pepe Arenas era el presunto inductor de las adoraciones al cocodrilo precisamente por ser el único que no se postraba ante él... qué país más extraño, no hay ciudad ni pueblo, ni siquiera distrito, que carezca de una anormalidad manifiesta: Marbella tiene los alcaldes; Manganeses, los que arrojan cabras desde el campanario y el barrio de Goya los adoradores del cocodrilo del pantano y el inspector Martínez: ¿interesante geografía, no le parece? en fin, sigamos... anoche, cuando regresé a Valmojado, me fui a ver a los adoradores del cocodrilo: ¿sabe que, en cuanto se despista algún agente, regalan lacoste rosados a hurtadillas? ninguno de los curiosos que merodeaban por el pantano los aceptó por miedo a convertirse en uno de ellos, pero yo, naturalmente, cogí unos cuantos... esta mañana he ido al barrio de Goya, he realizado las pesquisas necesarias, luego he vuelto aquí, he hecho las comprobaciones de rigor y ya está, Watson -Qué costumbre más mala tiene usted de hacerse de rogar, Holmes: ¿es que nunca va a decirme cómo ha resuelto el caso? -Ah, la vanidad humana... todos mentían, Watson -¿Todos? ¿a quién se refiere? -A los adoradores del cocodrilo; ninguno había comprado su lacoste rosado en El Corte Inglés de Goya, Watson, los compraron al vendedor ambulante del barrio, a Oxep, un africano de origen bantú; no eran auténticos, naturalmente, pero hay que reconocer que el precio era auténticamente fabuloso: tres por dos euros... yo mismo le habría comprado una docena para abastecer el ego de unos cuantos amigos si el bantú no se hubiera dedicado a hacer de las suyas; al fin y al cabo, no están los tiempos como para... -No más digresiones, Holmes, se lo pido por favor -Oxep es un brujo seirán, una tribu que adora al dios Cocodrilo y, como tiene la obligación de convertir al mayor número de personas posible al cocodrilismo, hizo un sortilegio sobre los lacostes rosados que vendía para que todo el que se los pusiera corriese hacia el cocodrilo que tuviera más a mano y lo adorase. -¿Y cómo supo que los prosélitos de Oxep mentían? ellos juraban y perjuraban que habían comprado los lacoste en El Corte Inglés. -¿No acabo de decirle que los adoradores me regalaron algunos? en cuanto llegué a la habitación del hotel los examiné y descubrí que en la etiqueta de todos ellos ponía “made in Taiwan”... también le he dicho que hoy por la mañana, a primera hora, he ido a Madrid, ¿no? pues bien; nada más llegar me dirigí a la comisaría donde estaba retenido Pepe Arenas y en la etiqueta de su lacoste rosado no ponía “made in Taiwan” sino “made in France”... nunca he tenido un lacoste y no entiendo demasiado de falsificaciones pero enseguida supuse, porque la France, mi querido Watson, es siempre la France, que los lacoste de El Corte Inglés llevarían esa etiqueta y no la otra, como me apresuré a comprobar. El resto, tengo que reconocerlo, fue una cuestión de suerte, porque no anduve ni dos metros cuando me topé con la manta de Oxip repleta de lacoste rosados “made in Taiwan”... -¿Qué ocurre, Holmes? ¿por qué se ha quedado tan pensativo? -Me preguntaba si había reparado en que aún nos queda un caso por resolver. -¿Cuál? -Elemental, mi querido Watson, elemental: el del cocodrilo del pantano de Valmojado.
*www.lacoctelera.com/martin-i-textos/categoria/almudena-guzman
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Carlos Rivera
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