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CLAROSCUROS
Transitoriedad
31/10/2007
CARLOS Rivera
Las civilizaciones vienen y se van y las culturas se agotan. Un viaje a Grecia puede dejarte en la conciencia este paisaje ilustrativo: la sensación de una permanente transitoriedad. Huellas petrificadas resplandecen sobre las palabras que los libros de nuestra civilización mediterránea nos dejaron como legado de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos hasta que nuevas destrucciones nos reduzcan a un substrato arqueológico, aunque tengamos la certeza de que jamás conoceremos el tiempo oscuro que desde miles de años ha prevalecido sobre la historia de los hombres como un viento del exterminio. Vivir en Córdoba y contemplar las prodigiosas ruinas de lo que fueran el esplendor de Roma y de Al Andalus. Visitar las orillas de nuestro Mediterráneo y contemplarlas con asombro ante tanta capacidad de destrucción para alcanzar el poder a lo largo de los siglos. El mar fecundo cubierto de batallas, de legendarios héroes, de escritores y filósofos que dilucidaron su destino, desde Goethe a Byron , pasando por el Príncipe de Lampedusa, Aristóteles, Pitágoras o Platón . Mar de gloriosas cenizas de civilizaciones extinguidas de las que solo quedan piedras y libros para el conocimiento de que todo queda y nada permanece. El reciente testimonio de Irak, la vieja Mesopotamia llevada al paroxismo de la destrucción de sus tesoros arqueológicos, de las vidas de sus habitantes, de sus infraestructuras, por una potencia militar extranjera. Vivimos tranquilos en la idílica Europa. Hacemos turismo por sus ruinas y disfrutamos, en lo posible, de su estado del bienestar. Los que ya comenzamos a ser viejos no podemos recordar en la nebulosa de nuestra niñez los escombros, la destrucción, el genocidio de una Europa que a lo largo de los siglos ha sido faro de civilizaciones y territorio de guerras sin sentido, porque ninguna guerra lo tiene. Nadie pensaba en 1930 que la locura humana se desataría nueve años después. Nadie puede pensar ahora que la civilización occidental esté en peligro. Aunque hay indicios de que vendrán malos tiempos, no detectables aún por la falta de perspectiva histórica. Una crisis hipotecaria en los Estados Unidos puede cataclismar las economías de Europa. El poder de las multinacionales y su capacidad de depredación y destrucción de recursos es una amenaza superior y consecuente a la del cambio climático que los políticos conservadores desprecian. Las migraciones constantes hacia los países del estado del bienestar son, en parte, consecuencia de ese poder de las multinacionales amparadas en políticas neoliberales que permiten la explotación de los países pobres y deslocaliza empresas en función de sus intereses económicos. Nada importan las personas sino las ganancias, el beneficio máximo, la acumulación de riquezas. Si un gobernante pretende aplicar políticas sociales, inmediatamente es descalificado, ridiculizado y puesto en entredicho, como hace el PP con Zapatero . Las políticas conservadoras desnudan al Estado de cualquier sistema de protección a los débiles. En Estados Unidos, paradigma del capitalismo multinacional, los recientes incendios de California, como pasó cuando el Katrina, ponen al descubierto que los conservadores pasan de los problemas reales de los ciudadanos. No tienen capacidad de respuesta ante las tragedias colectivas. El modelo económico capitalista-liberal, basado en las desigualdades estructurales, es incapaz de erradicar la pobreza, solo la ha globalizado. Puede que sea ese el primer indicio del fin de la historia que hace casi un siglo vislumbrara Spengler con tanta lucidez.
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