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CLAROSCUROS
Pinturas negras
24/10/2007
CARLOS Rivera
La película sobre las 13 rosas evoca un episodio de barbarie cometido por el franquismo sobre unas muchachas de las Juventudes Socialistas Unficadas. Viene a cuento ese estreno de la película de Martínez Lázaro en estos días en los que parece a punto de pactarse, recatadamente, una pacata Ley de la Memoria Histórica. Esas chicas reviven a nuestros ojos de espectador el pavor y el espanto de una época que deseamos fuera definitivamente superada con un gran acto de reconciliación nacional en el que la derecha y la Iglesia Católica de España reconocieran, por fin, que acabada la fatídica guerra civil entre españoles, hubo un ajuste de cuentas a costa de los vencidos. Eso no es remover cenizas sino no faltar a la verdad. Será imposible mientras la Iglesia siga canonizando mártires de un lado y políticos como Mayor Oreja aviven los rescoldos de aquel incendio con palabras de un cinismo insoportable sobre la levedad del ser en aquellos tiempos de la postguerra, que fueron "plácidos" como dice Mayor, y eso es cierto, para los vencedores y sus familias e insoportables y humillantes, eso también es cierto, para los vencidos y sus descendientes. Como es cierto que la maldad de los seres humanos no tiene solución, tal hemos podido comprobar en Lucena con el asesinato selectivo de un mendigo por parte de tres chicos menores y una chica de 18 años. Lo grabaron para poner el vídeo en el youtube , lugar global para cualquier exhibicionismo frívolo o letal sobre las vanidades y los excrementos cerebrales de los seres humanos. Las 13 rosas de la película, de haber sido grabadas en su tiempo histórico, producirían hoy en la conciencia de ciertas personas la misma sensación de indiferencia, si no de morbosidad ante el mal, que provocan los vídeos sobre pederastas y los de quemas de mendigos. Las inocencias profanadas no son tan atractivas para cierta clase de gente como los actos de sus violadores. Hay gente que prefiere olvidar, políticamente, una conducta incuestionable: Franco , a quien ellos añoran, no tuvo piedad con los vencidos y legitimó la barbarie como procedimiento político. Esa pacata Ley de la Memoria Histórica necesita, para ser pactada, que una gran mayoría política, incluyendo a la derecha, deje de mirar para otro lado. No basta con que por fin estén de acuerdo en despolitizar el tema y el lugar y la simbología de ese trágico osario del Valle de los Caídos. Osario de gloria para algunos y huella de las fatigas y de la sangre derramada para aquellos que lo construyeron con sus manos de personajes de una novela de Dostoiesvky , Humillados y ofendidos . Que sea declarado monumento nacional a las víctimas de una tragedia nacional compartida requiere que junto a las víctimas de un lado y del otro no estén enterrados los verdugos. Una premisa que los del superviviente franquismo sociológico no sabrán entender. Eso sería, dicen ellos, remover los rescoldos. También lo es continuar canonizando mártires parciales y no comunes. Por eso será esa ley de la Memoria Histórica una pacata e inconclusa ley que a pocos contentará. Se quedará en un proyecto inacabado de reconciliación. En un simbólico ajuste de cuentas con un pasado que todos quisiéramos olvidar pero que sigue ahí, como un espantapájaros de nuestra propia Historia, "inmóvil y asustando", con palabras de un poema de un recordado amigo mío, Román Jurado Brieva , que murió hace treinta años sin saber que necesitaremos otros tantos para olvidar la tragedia de las 13 rosas, una de tantas de nuestra goyesca tradición nacional de pinturas negras. "¡Vae victis!". ¡Ay de los vencidos!
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