LA CAÍDA DE ÍCARO, de Olvido García Valdés
1 Los atardeceres se suceden, hace frío y las casas de adobe en las afueras se reflejan sobre charcos quietos. Tierra removida. Cézanne elevó la “nature morte” a una altura en que las cosas exteriormente muertas cobran vida, dice Kandinsky. Vida es emoción. Pero quedará de vosotros lo que ha quedado de los hombres que vivieron antes, previene Lucrecio. Es poco: polvo, alguna imagen tópica y restos de edificios. El alma muere con el cuerpo. El alma es el cuerpo. O tres fotografías quedan, si alguien muere. Tambien un gesto inexplicable, díscolo para los ojos, desafío, erizado. Cuerpo es lo otro. Irreconocible. Dolor. Sólo cuerpo. Cuerpo es no yo. No yo. Lo quieto de las cosas en el atardecer. La quietud, por ejemplo, de los edificios. El ensombrecimiento mudo y apagado. Como ojos, dos piedras azules me miran desde un anillo. Los anillos cuidadosamente extraídos al final. Como aquél de azabache y plata o este otro de un pálido, pálido rosa. Rostros y luces nítidamente se reflejan en él. En la noche corro por un campo que desciende, corro entre arbustos y choco con algo vivo que trata de ovillarse, de encogerse. es un niño pequeño, le pregunto quién es y contesta que nadie. Esta respiración honda y este nudo en la pelvis que se deshace y fluye. Esto soy yo y al mismo tiempo dolor en la nuca y en los ojos. Terminada la juventud, se está a merced del miedo.
2 Verde. Verde. Agua. Marrón. Todo mojado, embarrado. Es invierno. Es perceptible en el silencio y en brillos como del aire. Yo soy muy pequeña. Un cuerpo caminando. Un cuerpo solo; lo enfermo en la piel en la mirada. El asombro, la dureza absoluta en los ojos. Lo impenetrable. La descompensación entre lo interno y lo externo. Un cuerpo enfermo que avanza. Desde un interior de cristales muy amplios contemplo los árboles. Hay un viento ligero, un movimiento silenciosos de hojas y ramas. Como algo desconocido y en suspenso. Más allá. Como una luz sesgada y quieta. Lo verde que hiere o acaricia. Brisa verde. Y si yo hubiera muerto eso sería también así.
*(De Exposición, Ferrol, Esquío, 1990)
Verde. Las hojas de geranio en la luz gris de la tormenta tiemblan, tensión de nervadura verde oscuro. Te mirabas las manos, nervadura de venas; si los dedos fueran deliciosos, decías. Al caminar apoyaba mi sien contra la tuya y en la noche escuchaba el ruiseñor y el graznido del pavo. Indiferencia de todo, oscuridad. Me llamabas con voz muy baja. Sólo un día reíste. (De Ella, los pájaros, Soria, Diputación de Soria, 1994.)
escribir el miedo es escribir despacio, con letra pequeña y líneas separadas, describir lo próximo, los humores, la próxima inocencia de lo vivo, las familiares dependencias carnosas, la piel sonrosada, sanguínea, las venas, venillas, capilares.
*(De Caza nocturna, Madrid, Ave del Paraiso 1997.)
Al salir a la calle, sobre los plátanos, muy por encima y por detrás de sus hojas doradas y crujientes, el cielo, muy por encima azul, intenso y transparente de la helada. A cuatro bajo cero se respira el aire como si fuera el cielo que es el aire lo que se respirara. Corta y se expande y un instante rebrota antes de herir. Ritmos de la respiración y el cielo, uno lugar del otro, volumen que quien respira retrajera, puro estar del mundo en el frío, de un color azul que nadie viera, intenso, que nadie desde ningún lugar mirara, aire o cielo no para respirar.
*(De Del ojo al hueso, Madrid, Ave del Paraiso, 2001.)
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