La musa de Picasso, de Pedro Sevylla de Juana
Está Pablo Ruiz Picasso, párvulo, Plaza de la Merced, en Málaga, robando jirones de luz a la ciudad, como quien escamotea a la vista de la vendedora manzanas rojas, verdes, amarillas, del atestado puesto del mercado. La frutera no se inmuta porque en su abundancia es generosa con la necesidad, y aquel párvulo, alimentado de luz y de líneas secantes, ha sido destinado a alumbrar el llamado Arte Moderno; corte, escisión, tajo de alfanje, a manera de salto brutal en una evolución que no va a dejar títere con cabeza, convirtiendo el presente, hecho y derecho, en picadillo. Asiste a clase lo imprescindible para saber el origen de las cosas, los principios del hombre y la extensión exacta del Universo; recogiendo, en el ínterin, algunos de los materiales con los que, siendo adulto, jugará a reproducir lo visto, lo intuido, lo soñado, lo imposible. Colores, formas, superficies, volúmenes, energía, inspiración, equilibrio y armonía poética que caben en un pozo profundo mediado de aguas finas. Pergeña para el Arte un Nuevo Orden, dispone una Vanguardia, avienta una Estética de última cosecha; depura, doma, renueva, agita, revoluciona la Vieja Realidad. Los juguetes del niño Picasso -un caballo de cartón regalo de su abuela materna, un parchís, testigo involuntario de alguna historia desgraciada; un rompecabezas formado por exaedros depositarios de seis posibilidades- son juguetes instructivos que entretienen desarrollando las capacidades innatas. Mas las piezas lúdicas en sus manos se hacen herramientas, materia prima de futuras creaciones, origen de mundos en mutación constante, verdad personal destinada a ser compartida; parcial, es cierto, pero asumida más tarde como propia por los coetáneos y herederos. Picasso, infante aún, es ya un arroyo impetuoso, un torrente que se debe encauzar para que no rebose energía desperdiciándola en arideces. Corre, brinca con su perro, descubre el mar inmenso y la arena incontable, saluda a su tío, jefe de los médicos del puerto, partero de su madre cuando Pablo tuvo el antojo de nacer, once y cuarto de la noche; y se encuentra a gusto si logra salirse con la suya y llevar adelante sus empeños. Ama y odia en alternancia a los mismos objetos, a idénticas personas; ama y odia hasta someter a unos y a otras a su inabordable tiranía. Resplandece en los dibujos la originalidad del diseño, trazos desbocados capaces de engullir la inercia de un mundo que viene de lejos; arrasando los imperios individuales en que se sustenta, los credos más desarrollados que lo explican. Por fortuna, vigilante de todo acontecer, camina a su lado la dorada barba del padre, única imagen respetada, por cuyo solo influjo se somete a las coordenadas más estrictas. Allí comienza una musa a seguirlo, en esas tempranas horas del primer trabajo acabado, para que se habitúe poco a poco a su compañía, a su valimiento. Procede de innúmeros artistas fenecidos, desde el original dibujante rupestre, hasta Jean-Auguste-Dominique Ingres, a quien dejó apenada el día de su muerte ocurrida en París. Vagó casi cuatro lustros hasta convencerse del ingenio y el empuje del nuevo protegido. Habiendo decidido de manera categórica servir al niño inquieto de penetrante mirada, escolta a Picasso esa especie de sombra, que tiene mucho de humana porque en cierto modo representa la conciencia del padre, transmisora de un credo que el día de mañana formará parte esencial de su verdadero pensamiento independizado. La musa posee la clarividencia de un maestro, eterna educanda en investigaciones progresivas; la lucidez de un poeta de la expresión artística, la tenacidad de un soldado sobrepuesto a cien derrotas. Será un álter ego desarrollado en el fondo de la intimidad, dotado de criterio propio que el protegido tendrá muchas veces en cuenta. Si lo cree necesario se convertirá en censuradora, pues posee alguna habilidad para el trazado de límites, está especializada en armonizar dimensiones y sabe introducir tierra y mar en el lienzo, al hombre concreto y al abstracto. Pero no insufla ideas en las mentes cerradas, ni dicta a los indolentes el modo de ponerlas en práctica. Ha sido dotada de un talento fuera de lo común y de una pasión enorme; y los pone al servicio de cada uno de los intentos que suceden al vigésimo.
*(De La musa de Picasso , Egartorre, 2007)
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|