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La bufanda de la Literatura
*Texto de Juan José Mercado
La noche que llegó al Café Gijón le perdió el miedo al miedo. Desembarcó en Madrid el chico de provincias, cargado de sueños y proyectos, de cielos e ilusiones, de mitos y de libros. Vino como lector de cuentos al Ateneo bajo el paraguas calvo y duro de José Hierro. Y se quedó. Se quedó ya para siempre en un Madrid veloz y bullicioso, preñado de fiestas con nombres en negrita que muy pronto empezarían a aparecer como moscas estampadas en el cristal de papel de periódico de sus columnas. Hasta entonces, mientras se encargaba de dejar atrás ese “mero trámite que hay que pasar cuanto antes” que era para él la juventud, se encargó de esculpirse su propia imagen, de crear su propio personaje a modo de vacuna o distracción contra el hambre de cenar su mismo hambre y la desesperación de sentarse, en el sillón de mimbre de sus días felices en Argüelles, a esperar que los lectores fueran llegando. Le pasaba a nuestro hombre lo mismo que a Lorca cuando se le quejaba al viejo Valle de los botines blancos de piqué: -Tranquilo joven, todo Madrid acabará yendo a su teatro. - Lo que temo es que vengan de uno en uno. Lo del estilo ya Baudelaire comprobó que era difícil cuando salió a almorzar con un amigo por París con el pelo pintado de azul y no le miró nadie, ni siquiera el amigo. Y en Madrid pasaba un poco lo mismo. Por eso tuvo que andar de chupa y cueros rotos, con gafas de culo de botijo y amasada melena hasta llegar a la imagen dandy de los ceñidos tejanos, chaqueta cruzada de dorados botones y bufanda blanca, como los lirios y la espuma, que no abandonó ya nunca. También el público acabó llegando. O empezó por llegar, podríamos decir, ya que no tuvo que esperar mucho. Al principio lo hacía una aristocracia de condesas y prostitutas por ver si encontraban su nombre en sombra. Después una amplia tribu interesada en aprender las costumbres de las élites y una élite encandilada por el morbo de asomarse a los bajos instintos de la tribu. Y finalmente un público general, disperso y heterogéneo, como de mundo marino, atraído por el estilo inconfundible de lo que era ya todo un escritor que andaba por la vida, mortal y rosa, con su ametralladora Olivetti al hombro. Sabía cuáles eran las virtudes que tenía que acumular en tintero: cultura, memoria, viajes, amistades, soledad y compañía. Y sabía sobre todo que los ingredientes encargados de ligar todo eso tenían que ser la gracia y el estilo. Porque eso fue Umbral, por encima de todas las cosas, estilo: “andar por la vida de escritor sin estilo es como andar por los mares sin vocación de marinero. La manera de decir las cosas importa mucho más que esas cosas. Cuando se ha contado algo sin manera es como si no se hubiera contado nada” que es, precisamente, lo que nos contaba Umbral. Nada. O siempre lo mismo. Pero no importaba porque nos contaba la nada con estilo y él lo sabía y se defendía: “se escribe mucho mejor cuando no hay nada que decir” y se resguardaba tras el escudo de la obra de Proust: “algún crítico ha dicho que los veinte tomos de la monumental novela de Marcel Proust no contienen otra cosa que la voluntad de hacer una novela”. Quizá por eso haya sido Umbral un escritor sin libro que le acompañe al baile de la historia, como tantos otros. Por haberlo sacrificado todo por el estilo y el detallismo a la hora de contar todo cuanto veía sin saber cortar el agua de la prosa. Ésa que tuvo que racionar en el pequeño vaso cristalino de la columna diaria y puntual. Se nos ha muerto Umbral porque tenía que morirse. Dejó escrito que “la vida humana no soporta la deriva. El rebaño humano tiende enseguida a guarecerse en un siglo, una generación, una década, etc” y a la deriva iba ya un hombre que se sentó en los cafés madrileños con el mundo literario entero, escribió con la prisa del que tiene que contarlo todo en el papel porque si no no se cuenta, leyó con la pausa cómplice de las horas que vuelan sin hacer ruido y, sobre todo, respiró hondo el olor a niebla y sangre de su amado siglo XX. No eran tiempos para él los que ahora corren. Por eso se recogió en su casa con gatos y palmeras, a las afueras de un Madrid que no será ya nunca el suyo y al que soltó, casi al borde del último suspiró, el lema a modo de “the end” que robó a Lope: “Tuve amor y tengo honor. Eso es cuanto sé de mí”. No vamos a saber nosotros más que él de sí mismo. Así que cerramos diciendo simplemente que se nos ha muerto el maestro que dictaba sus lecciones atado a la columna de los placeres y los días. Un macarra de melena al yeso y prieto pantalón. Un dandy con ojos de culo de vaso. Un poeta que huía en moto de los versos. Un narrador de rosas y de nubes. Un ensayista de la historia literaria, que era acaso su propia historia. Un estilo de polvo de brillantes. Un lector voraz, de ceño torvo, devorador fiero de las entrañas de un Madrid que se inventó como tema y reinventó como género. Un periodista audaz. Un contador de whisky y tecla dura. Un rojo sentimental con una larga travesía hacia la derecha. Un burgués de chicas progres. Un escritor de mármol de Carrara. La cola de lagartija que seguía moviéndose más allá de la muerte probando que en España se ha escrito mucho y muy bien. La bufanda, en fin, de nuestra literatura.
*www.hispalibertas.com/noticias/2007/08/28/francisco-umbral-la-bufanda-de-la-literatura.html
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Carlos Rivera
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