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CLAROSCUROS
04/07/2007
CARLOS Rivera
Entre las innumerables supersticiones globales del ser humano no hay otra más universal que la del gato negro. Se trata, como cualquier otra superstición, de una ancestral referencial que difícilmente puede ser desterrada del inconsciente colectivo. Para la palabra superstición hay diferentes definiciones, tales como: "excederse en la medida de una cosa"; "creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón"; "creencia ridícula llevada hasta el extremo del fanatismo". Superstición e ignorancia suelen ir paralelas. El político irlandés Edmund Burke dijo sobre la superstición que "es la religión fundamental del espíritu de los débiles". Más o menos la entiendo yo así. Sin embargo, hay ejemplos en la historia de personajes ilustres en la cultura, en el arte y en la política que fueron tachados de supersticiosos. El novelista norteamericano Somerset Maugham tenía el símbolo del mal de ojo grabado en la repisa de su chimenea. Pascal llevaba cosidas en el forro de sus trajes ciertas inscripciones místicas que creía eficaces contra la duda y la desesperación. Sir Winston Churchill era un amante de los gatos negros porque creía que le daban buena suerte. Precisamente del gran político conservador inglés se cuenta una historia que avala esa creencia supersticiosa y su relación con otra similar, como es la del número trece. Trece personas sentadas a la misma mesa es augurio de tan mala fortuna como que se cruce un gato negro en el camino. En el célebre restaurante de Londres "Savoy Grills", donde solía comer sir Winston, idearon un sistema, aún vigente, para conjurar todo tipo de malos augurios en el caso de que hubiera trece comensales. La solución era poner silla y cubiertos para un decimocuarto invitado. El tal era un gato negro de madera llamado "Kaspar" que fue esculpido en 1926 por el escocés Basil Ionides , diseñador del Savoy londinense. Para conjurar cualquier tipo de mal el hotel decidió sentar al gato como decimocuarto comensal y desde entonces el felino fue una referencia personal de Churchill, hasta el extremo que decidió que lo acompañara en un viaje en avión durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque el primer ministro inglés, célebre por los puros que fumaba y por su brillante trayectoria política, no es el único ejemplo de personaje supersticioso. Ya hemos citado algunos. El escultor que esculpió los leones de la fachada de nuestro Congreso de los Diputados, al contrario de Churchill, tenía malas sensaciones con las esculturas de animales. Ponciano Ponzano , que tal era el nombre de ese escultor, creía que la reproducción de un animal en mármol traía desgracias. Sin embargo aceptó esculpir las figuras de los leones del Congreso con el bronce fundido de los cañones tomados a los moros durante la campaña de Africa que dirigiera el general Prim . El caso es que no pudo terminar su obra, ya que falleció en septiembre de 1877 y los supersticiosos ya se imaginaron el motivo. Tengo un amigo que no puede soportar que se derrame la sal en una mesa. Lo considera una desgracia tal como la de pasar debajo de una escalera. Lo de la sal, por lo visto, proviene de la mitología cristiana que atribuye al pelirrojo de Judas Iscariote el estigma de haber vertido un salero en la mesa de la última cena de Cristo. Por mi parte, creo como mucha gente que ser supersticioso sí que da mala suerte. Es el azar, creo yo, quien rige nuestros destinos en la vida. Y, como decía Voltaire : "Siempre es de esperar más disgustos de los que se consideran supersticiosos que de los que no lo son".
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