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Palacio de invierno
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CLAROSCUROS


Palacio de invierno


20/06/2007

CARLOS Rivera

Hace treinta años, cuando voté por primera vez, yo estaba terminando un libro de poesía que nunca vio la luz. Lo había titulado “Palacio de invierno” . Era mi metáfora personal del espíritu de una época que necesitaba un cambio revolucionario, como el asalto al palacio de los zares, preludio de la revolución comunista. El palacio de invierno que yo pretendía derribar a golpe de poemas se convirtió en el castillo de naipes en el que iba a fraguarse la aventura de aquella democracia pactada para no hacer sangre en una historia tan cainita como la de España.
Ese fue mi primer desencanto democrático : ver cómo los cuatro jinetes del apocalipsis (Fraga, Girón, Arias y Areilza ) emergían de la dictadura con la intención de cabalgar de nuevo para amargarnos la esperanza de cambio. Ver cómo el Movimiento no se demostraba andando sino descubriendo un gaseoso oportunismo llamado UCD, la derecha de toda la vida que no iba con los cuatro jinetes de la santa tradición de la España del oscurantismo. Nunca voté a Suárez, porque Suárez era la componenda, el voto de los timoratos, de los afligidos, de los conversos, de los cambiadores de chaqueta, una camisa azul lavada con el detergente de la llamada Transición hasta dejarla en blanco, la verdadera ideología de UCD. Mi primer voto fue para la mirada violeta de Felipe González , que luego traicionaría al socialismo en aras de la revolución burguesa que la derecha tuvo la obligación histórica de hacer, pero que nunca hizo. En adelante fui más precavido. Supe que los palacios de invierno son inexpugnables y que no hay revolución que merezca las lágrimas ni el desencanto de un poeta. Después de aquel 15 de junio de 1.977 terminé la carrera de Geografía e Historia a la que había llegado tarde, como tarde habíamos llegado a todo la gente de mi generación. Después de aquel 15 de junio de 1.977 emprendí una historia de amor que dura todavía y otra de desamor con la política como herramienta para cambiar al mundo. La democracia era eso: un pacto de desamor del que se guardan sepias conclusiones para los que luchamos por ella y un amor de conveniencia con infidelidades permitidas para que los de siempre se aprovecharan. Que todo cambie para que, en el fondo, todo siga igual, como en “El gatopardo” .
De aquellos ideales de igualdad, fraternidad, justicia y libertad quedan entre las páginas del libro de mi vida todas las hojas de los años que se ha llevado el viento y el perfume de aquella aventura idealista de la que tuve hijos como Veinte poemas desde los ojos de la libertad , Los destierros y, al cabo de los años, entre otros, como frutos tardíos de mi paternidad, un Discurso de espumas descreído. En ese libro, amontonadas como melancolías, yacen las ruinas de mi particular palacio de invierno inconquistable. Después de treinta años de vivir en democracia sigo viendo, como entonces, "... legiones de nieve / derritiendo los fuegos de la Idea /...la elegía reinante de los desposeídos / hundiéndose en la gélida besana / del porvenir / y el trigo de sus lágrimas / que es el pan de los héroes / de los invictos y los adalides / de los mediocres y los cresos".
El palacio de invierno de los zares ahora lo ocupan otros inquilinos. En democracia, hay otros amos y otras tiranías. Eso sí: se permite votar y discrepar y hay otras amarguras que no nos dejan conciliar el sueño, como el maldito terrorismo y la pobreza de los eternos perdedores. Por eso, hace años, dentro de la confortable democracia por la que luché, elegí "esa forma remota de extravío / extramuros del alma de quien crea / su clandestinidad". De mi Palacio de invierno .
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
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