Dos poemas del libro “Supervivencia” de Michel Houellebecq
Mundo exterior
Hay algo muerto en el fondo de mí, Una vaga necrosis una ausencia de alegría Transporto conmigo una parcela de invierno, En mitad de París vivo como en el desierto.
Durante el día salgo a comprar cervezas, En el supermercado hay algunos ancianos Evito con facilidad su ausencia de mirada Y no tengo ninguna gana de hablar con las cajeras.
No guardo rencor a quien me encontró malsano, Siempre tuve el don de romper el clima No puedo compartir más que vagos sufrimientos, Lamentos, fracasos, una experiencia del vacío.
Nada interrumpe jamás el sueño solitario Que me hace las veces de vida y de destino probable, Según los médicos soy yo el único culpable.
La verdad, me avergüenzo un poco, y debería callarme; Observo tristemente cómo se escurren las horas, Las estaciones se suceden en el mundo exterior. * * * Ya no tengo el valor de mirarme al espejo. A veces me río un poco, me hago muecas; No dura mucho. Me repugnan mis cejas. Me arranco una porción; se me hacen costras. Por la tarde oigo volver a la vecina de enfrente; Se me encoge el corazón, me quedo quieto donde estoy. Nunca he llegado a verla, puesto que soy muy hábil, Me convierto en un pelele sardónico y dócil. La noche tranquilamente se insinúa en el patio, Detrás de mis cristales, contemplo a la planta. Estoy realmente contento de haber conocido el amor, Me he destrozado por una cosa viviente. Ayer al alba quemé unas fotografías; Fue un placer nuevo, aunque realmente fugaz. Me planteé incluso escuchar la radio: La música hace daño y los discursos irritan. Ya no me indigna el silencio de las cosas, Sólo hablan a aquéllos que viven entre ellas; Hay algunos seres humanos, sus caras son tan rosas, Que parecen bebés. Ficción emocional. * * * Atravieso la ciudad donde la noche se abandona Y calculo mis posibilidades de llegar a la mañana El aire recalentado se enrolla como una sábana de raso En la escalera desierta, mis suelas resuenan. Subo para encontrarme el clásico canapé En el que sin dormir espero, acurrucado entre almohadas, La claridad algo sucia, imprecisa, de la mañana, La hora del reencuentro con los gestos automáticos; La jornada cansada y los ojos que duelen, Los tres tazones de café y el corazón que palpita, El ponerte una ropa cuyo contacto irrita La piel medio dormida, los titulares del diario, Los humanos que se cruzan en el metro de Inválidos, Los muslos de las secretarias, la risa de los técnicos, Las miradas que se lanzan, tal que una pelea de perros, Los movimientos que hacen alrededor de un centro vacío.
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¡Han latido ya tantos corazones...!
¡Han latido ya tantos corazones sobre la tierra! Y los pequeños enseres replegados en sus armarios Narran la siniestra y lamentable historia De aquellos que en este mundo no encontraron amor. La vajilla individual de los viejos solteros, Los cubiertos mellados de la viuda de guerra, ¡Dios santo! Y los pañuelos de las señoritas viejas El contenido de los armarios, ¡qué cruel es la vida! Las cosas ordenaditas y la vida vacía Y comprar, por la tarde, los restos del colmado La tele puesta para no mirarla, comer sin apetito,
Y, por fin, la enfermedad, que lo hace todo más sórdido, Y el cansado cuerpo que se deshace en la tierra, Ese cuerpo sin amor que se apaga sin misterio.
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