Acuarelas en el horizonte
*Texto de Jaime Siles en ABC de las artes y las letras.
Todavía es pronto para poder decir si la producción poética de la postmodernidad es sólo un montón de escombros y virutas, o si, por el contrario y como siempre ocurre, la poesía atraviesa el torbellino que la Historia le opone y extrae del díscolo y caprichoso corazón del tiempo el único latido del mismo digno de perdurar. Leer a Collins pone en juego precisamente esto: qué es lo poéticamente profundo que late en lo trivial. Su poesía se mueve entre ambos polos: entre un paisaje que resbala, como nosotros, sobre el tiempo, y un tipo de poema que, a veces, flota y no se hunde por completo en él, por más difícil que sea diferenciar su muy confuso magma. Es más: me atrevería a decir que lo peor de la poesía de Collins es también lo mejor que en ella hay: la no disimulada influencia de O?Hara, el guiño a Ferlingetti, los flashes de Cummings y de Williams, el distanciamiento de Stevens, su ironía sobre la memoria de Proust.
Culto y popular. Pero una escritura no se explica sólo a partir de sus influjos y sus fuentes, sino de lo que ella en sí misma es. Y eso sí que es difícil de definir en Collins, un poeta que conoce muy bien la tradición culta -y, sobre todo, y en concreto, a Baudelaire y a Yeats- pero que los combina con la cultura popular, que es de la que toda tradición verdaderamente se alimenta. Y de esa mezcla resulta ese mosaico en el que lo beat alterna con Cole Porter, como los metafísicos ingleses lo hacen con algunos motivos de Larkin y como Belmondo lo hace con la prosa de viajes de Henry James. La tentación de afirmar que Collins es «un poeta menor» en el sentido británico del término -en el que a minor poet no significa lo mismo que entre nosotros- es muy grande, pero sería un error decirlo y una injusticia hacerlo, porque, si algo enseña la historia de la poesía, es a comprender el amplio pluralismo en que se basan su riqueza y su variedad. No: Collins no es un poeta menor, aunque no sea un gran poeta. Sí es un poeta representativo de la complejidad cultural y poética de nuestro tiempo. Su sistema referencial no es de medio pelo, sino de clase media, como lo son sus sentimientos -inmediatos y fáciles- y como lo es también su propia -y no pocas veces plana- percepción. Pero eso no lo convierte en un mal poeta, sino en un escritor canónico -y casi paradigmático- del tipo de poeta que el más reciente modelo anglosajón de cultura quiere imponer a la sociedad occidental: un tipo de escritor que ni problematiza la realidad, ni siquiera su relación con ella, y que evita tematizar las disfunciones del sistema, empezando por las de la propia escritura a las que nunca se suele enfrentar. La poesía de Collins -como gran parte de la poesía que hoy se hace- es de supermercado, biodegradable y de usar y tirar. No deja huella alguna en el espíritu. Sin embargo, hay poemas suyos que se apartan de su más usual corriente: quieren ser otra cosa, y hasta lo son. Me refiero a aquellos en que renuncia a hablar sólo para los oyentes de la misma franja horaria, como en «La niñez», «La presentación», «El fantasma», «Clase de dibujo», «Tarde a solas» y «Silencio», en los que no sólo está el Collins más lúcido, sino que lo que escribe es alta poesía también.
«Rastros de nubes». Conviene, pues, no confundir ni confundirse en esto: Collins supone hoy uno de los modelos de escritura más válidos que existen, pero ese modelo suyo no en todos sino en muy pocos de sus poemas se da. Por eso es necesario saber en cuáles -y por qué- el mejor Collins se produce, dónde hay rastros de nubes y dónde, entre césped y cielo, se asiste a su verdad. Leer a Collins hoy exige todo eso: no sólo reconocerse en sus anécdotas sino transcender los signos de su cotidianeidad. Bloom nos enseñó a desconfiar de las malas lecturas -que hoy son muchas- y Steiner nos ha devuelto la fe en la palabra, que tiene como requisito indispensable la creencia en la cultura y en su recíproca responsabilidad. Collins nos recuerda lo que la poesía tiene de plagio permitido y pactado, y ha llegado a comparar al poeta con el carterista. Insisto en esto para que no se me malinterprete: leer a Collins -como leer a cualquier otro- no puede quedarse sólo en la pasividad de su lectura sino que reclama la asumida actividad de su lección. Sólo en esta última la poesía de Collins transparece, y no como una simple crónica de lo trivial. Por eso mismo conviene insistir en que Collins es, sobre todo, otra cosa.
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