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American Death Of Life, de Leo Zelada
Llegó la hora y cientos de personas en un radio de varios kilómetros a la redonda han empezado a correr hacia el norte. La migra gringa ha empezado ha detener a las personas más lentas y desvalidas, principalmente ancianos y mujeres adultas que no han llegado más allá del kilómetro y medio dentro de California. Estoy sudando a chorros, pega duro el sol. Veo como van atrapando a mis costados a los demás, yo voy trotando seguro y rápidamente esquivando los obstáculos. Corro como si no me importara nada, corro como un caballo desbocado buscando desesperado el crepúsculo, corro escuchando las balas de la policía migratoria zumbando a mi alrededor, corro como loco sin mirar atrás, no tengo miedo, por que nada poseo. Llevo trotando más de 1 hora con pequeños intervalos de descanso, sin mirar atrás, solo bordeando la carretera con destino a una pendiente que se ve a lo lejos. Al llegar allí, miro hacia abajo, tomo una última bocanada de aire, diviso cerca de la carretera una pequeño soda, de esas que abundan en el vacío de las carreteras. Decido dirigirme cauteloso hacia esta. Se escuchan sonidos de helicópteros cerca. Tengo que salir de acá, en cualquier momento me atrapan. Llego a la soda, abro la puerta con firmeza y me enrumbo hacia el baño de hombres sin mirar a los costados. Me lavo la cara, me peino, me pongo mis lentes y me cambio con ropa limpia y casual que llevó escondida en mi pequeña mochila. Trato con ello de aparentar ser un estudiante californiano de origen latino más, arrojo la mochila en el bote de basura del baño. Salgo y pido un café con el poco inglés que manejo. El que atiende ni me mira y me sirve frío en la barra el café. Afuera de la soda veo una patrulla dando vueltas. No sé que hacer, ¿salir por la puerta trasera o la ventana del baño y correr? Estoy observando trémulo al patrullero que sigue dando vueltas y no se anima a detenerse. Un anciano granjero latino que me ha estado observando desde que entré con ojos atentos y compasivos, se me acerca y me dice campechano, con voz suave y enérgica a la vez - muchacho, veo que vas a llegar tarde a tus clases -dice guiñándome el ojo- ¿quieres que te de un aventón hacia San Diego?, voy para allá - claro, le digo, gracias- En realidad no confió mucho en él, puede ser un coyote, un degenerado homosexual o un policía disfrazado. Pero las calles están patrulladas por lo que veo y esta tal vez sea la única oportunidad que tengo para llegar. Pienso rápidamente en los pros y en los contra de aceptar esta invitación, no tengo otra opción que aceptar, concluyo. Tengo que arriesgarme. Decido irme con el viejo. Salimos de la soda y nos enrumbamos hacia su auto, una camioneta un poco vieja llena de frutas en la parte traseras .Subimos. - Muchacho cómo te llamas - Jorge - le miento- - Yo me llamo José Mármol Cabrera, para servirte. - Un gusto le digo. - Mira desde que entrantes me di cuenta, que no eras del lugar, que querías cruzar la frontera. -¿Cómo? ¿Cómo lo supo?- respondí sorprendido. - Por algo tengo estas canas muchacho. - Es verdad - preocupado contesto. - Tú tal vez te preguntarás por qué este casi anciano campesino, te está ayudando. - La verdad, sí, me intriga saberlo. -Pues bien, yo soy chicano, norteamericano nacionalizado, todo esto hasta el oeste de California - saca la mano del carro por la ventana - Nuevo México y Texas pertenecía a la república de México, mis padres son mexicanos, mis abuelos son mexicanos y esta tierra por más que digan los pinches gringos es tierra mexicana y tú muchacho estás en tierra mexicana, tu tierra. -Pero yo no soy mexicano, sino de Perú mister. -Es la misma cosa, todos los latinos que llegan aquí desde que cruzan la frontera son chicanos. En ello un patrullero que está adelante haciendo una inspección en la carretera me sobresalta. - No te preocupes muchacho, aquí me conoce todo el mundo, les diré que eres mi sobrino que viene de visita. Nos detuvimos y José hablo con un policía que parecía ser el jefe por la ventana de la carretera. Tanto esfuerzo para venir y caer así de la manera más tonta, no es justo, pensé. -Cómo estas José, la semana pasada no estuviste por el pueblo, ¿qué pasó? Ahora te has vuelto puritano. -Puritano, de puro habano, pinche policeman jajaja - jajajaja, cabrón. ¿Qué hago si me detienen? ¿Intentar fugar en el carro llevándome como rehén al anciano? ¿Arrojar al anciano y chocar con los patrulleros que están adelante y abrirme paso entre las balas? ¿Será este el fin del viaje? ¿Morir así es tal vez es lo que busco en el fondo y olvidarme de todo? -Mire te presento a mi sobrino Jorge que ha venido a visitarme, ya acabo el colegio y voy a ver si lo meto a la universidad, a ver si este puede llegar sano y salvo. -Ajá, qué bien - decía el policía mirándome fijamente, yo puse la cara de niño bueno que tantas veces me había salvado de muchos peleas. -Conócelo para que te acuerdes de él y me lo cuides y no le pase lo que mi otro a sobrino. -Descuida, eso haré, oye, no se parece mucho a ti que digamos. La verdad es que no sé que hacer, si llegara el caso que me detengan. -Mira cabrón, no todos los mármol son feos como yo, jajajaja. ¿Tal vez este viaje solo sea un pretexto para mi muerte , de un largo y doloroso suicidio voluntario planificado por mi inconsciente más paradójicamente ejecutado por otros? - Jajajaja, está bien José, yo lo cuidaré. - Bueno, hace calor, me voy a tomar unas cervezas, nos venos el viernes en el bar de siempre Jhon. -Ok, José, pásala bien. -Bye. -Bye. Así de fácil había sorteado a la migra gringa, no lo podía creer, estaba llegando ya a San Diego y no me habían detenido. Después de unos minutos de tensión lograba ver ahora a través de las ventanas de la vieja camioneta los grandes anuncios publicitarios que decían "welcome a San Diego". -Sabes muchacho si deseas, te puedo llevar hasta Los Ángeles, dejo algunos recados aquí y luego enrumbo para allá para dejar mis plantas en el súper market. -Ok, muchas gracias señor. -Muchacho espérame un rato ya vengo. -Ok. Él luego me contaría en el trayecto hacia los Los Ángeles, que había tenido un sobrino mexicano estudiante, que él quería mucho, que nunca se metía con nadie, que era muy estudioso y que en vacaciones siempre venia a visitarlos, que en ese tiempo no pudo obtener la visa para su sobrino, que él se arriesgó a buscarle un coyote para cruzarlo, que el pinche cabrón coyote lo abandonó en medio de una redada por el desierto, que el muchacho fue encontrado cadáver una semana después con visos de haber sido violado. Que la vida es injusta - esto último me lo dijo con lágrimas en los ojos - que él quería mucho a su sobrino, que era casi un hijo para él, que yo le recordaba a su sobrino y él me ayudaba a cruzar sano y salvo la frontera en recuerdo a él. Tantas historias trágicas como esta escucharía en mi trayecto que prefiero olvidarlas, la memoria lastima y todo para cruzar esta pinche frontera. «Me refleja tu imagen una soledad inmarcesible cercana y lejana a la vez, un cruce de tiempos paralelos, una duna en el desierto de Sechura, un recorrer ecléctico entre arenas de topacio, en fin, un hombre montando en una bicicleta de un paisaje desolado no es solo la imagen de un hombre Recorriendo un paisaje desolado. Me quedé dormido en el trayecto, eso siempre sucede cada vez que me pongo nervioso y me entra la angustia. José me despierta, estamos ya en Los Ángeles, no lo puedo creer, mientras dormía hemos cruzado los controles migratorios. ¡Estamos ingresando a la tierra de las oportunidades, veo grandes rascacielos, tiendas gigantescas llenas de multicolores luces de neón, gente elegante y glamorosa caminando alegres por las calles limpias y ordenadas del centro de esta ciudad, ah esto era en verdad el sueño americano. -No lo puedo creer. ¡He llegado, he llegado! - estoy eufórico y triste a la vez. -Sí muchacho llegaste Una sensación tensa y extraña te embarga al ver terminar el viaje. Felicidad por llegar a tu destino y tristeza por lo que dejas atrás. Pensé en ese momento en mis amigos muertos, en mi país desangrado por la dictadura, pensé en mi familia, pensé en mis amigos que conocí en este viaje, pensé en mí. ¿Y ahora que haré? ¿Qué sucederá? ¿Qué haré de mi vida? ¿Qué haré con el partido? Rápidamente después de la euforia un pesado vació me inunda. Incertidumbre: Imperio de los signos. "El viaje es la meta", recordó la mítica frase de. Chatwin. Pero para aquellos caminantes apátridas amantes de lo absoluto no existe, la metas, ni el viaje, sino la falaz impresión que hemos regresado casi al mismo lugar después de tanto esfuerzo, a escasos metros del punto de partida, en esta interminable aventura eterna sin comienzos ni llegadas, sin principio ni final. - ¿Será este el fin del viaje? - Muchacho uno nunca termina de viajar -me quedo pensativo. -Puedes bajar aquí. -Gracias - le digo, dándole un abrazo fraterno de despedida al anciano - sin usted, no lo habría logrado. -Por nada muchacho y deja de estar pensando tanto,¡vive la vida! - ¿Vivir la vida? – exclamo. -Así es, muchacho, suerte. -Adiós – confundido, le digo. Bajas y te sientes como si tocaras suelo sagrado y virgen. Estás temblando de emoción. Caminas y nadie te mira, nadie pude percibir lo que sientes. En la acera del frente en una luz roja, ves una niña pequeña, mestiza, con el cabello largo, el vestido sucio y el rostro lleno de quemaduras rojas, extendiendo su pálida mano para pedirte limosna, tú emocionado te acercas hacia ella - Estás en un mundo extraño. Escuchando hablar a gente extraña, en una lengua extraña- y no sabes por qué insólita y extraña asociación de ideas, ¡Debes estar loco! se te representa de golpe en tu cabeza la imagen de tu país, pobre, dolido, golpeado y de tu vida toda, en este mundo irreal que sabes no te pertenece. Has llegado al fin luego de cruzar 13 paises en 5 años de viaje a pie, pero estas solo, sin nadie a quien abrazar, sin nadie a quien contar tu extraña proeza - solo tú y la pantalla en blanco - sin amigos, sin compañeros, sin familia, completamente destruido por dentro. Abrazas a la niña temblando fuerte, tratando de asirte con desesperación a algo tangible y no a este vano espejismo, el american death of life de luces multicolores que contemplas frente a ti, mientras la niña, te acaricia compresiva y tierna tus cabellos negros. Y tú no soportas tanta inesperada ternura y te pones inconteniblemente a llorar. ¡Habías llegado!
*leozeladabrauliograjeda.blogspot.com
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Carlos Rivera
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