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Diario en migajas, de Ionesco
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Diario en migajas, de Ionesco


Migajas de la vida de Ionesco recogidas por él mismo. Eugene Ionesco (1912-1994), el dramaturgo francés de origen rumano, principal representante del teatro del absurdo que llevó a su culminación en El Rinoceronte (1959), ofrece en este libro al lector los desperdigados retazos de su vida. La obra editada por Páginas de Espuma incluye los dos grandes cuadernos autobiográficos de Ionesco, Diario en migajas (1967) y Presente pasado, pasado presente (1968). En ellos relata su feliz infancia, su dolorosa adolescencia obsesionada con la idea de la muerte de su madre, el enfrentamiento ya adulto con su padre, así como sus reflexiones sobre la literatura, los sueños o la violencia.
Si de repente me paro en medio de las cosas, en medio de las gentes; si levanto la cabeza hacia ese cielo, o si miro la pared, o si miro el suelo, o a mi mano que escribe, o que no escribe, y si, muy atentamente, digo: "¿Qué es esto?" Si miro a mi alrededor, y pregunto en voz alta: "¿Qué es todo esto?, ¿quién soy?, ¿dónde estoy?, ¿qué es la interrogación?", de repente, una luz cegadora lo invade todo, disloca lo que está "comprendido", borra las sombras de la política, por ejemplo, y cualquier otra sombra, y todo lo que nos empuja a imaginar distinciones, significaciones. Ya no puedo plantearme la pregunta: "¿Qué es la sociedad?", incluso ya no puedo preguntarme: "¿Qué tren hay que tomar para ir a Praga?", porque no puedo pasar más allá de la interrogación primera, que es tan fuerte que lo rechaza todo y me impulsa, me desgarra, me desarticula, me disuelve, a mí y a todo lo demás. Solamente un amor loco, sin objeto, puede permanecer intacto en el abrazo y la luz cegadora de la interrogación esta misma es abrazada por la luz, que la transforma en una euforia sin causa y sin razón.

No puedo asombrarme lo bastante, no tengo una capacidad de asombro bastante grande, mi asombro se cansa y no puedo interrogar lo bastante: "¿Cómo es posible?, pero ¿cómo es posible?"

Hubo un tiempo, hace ya mucho, en que el mundo le aprecia al hombre tan cargado de significaciones que no había tiempo para hacerse preguntas; de tal forma la manifestación era espectacular. El mundo entero era como un teatro en que los elementos, los bosques, los océanos y los ríos, las montañas y las llanuras, las zarzas y cada planta, interpretaban un papel incomprensible que se intentaba comprender, que se intentaba explicar, al que se daba una explicación. Pero las explicaciones importaban menos: lo que era esencial, lo que era satisfactorio, era la evidencia de la presencia de los dioses, era la plenitud, todo era gloriosas epifanías. El mundo estaba cargado de sentido. La Aparición estaba alimentada por el espíritu de los dioses, de lo que se puede llamar dioses, el mundo era denso. ¿A partir de qué momento los dioses se retiraron del mundo, a partir de qué momento las imágenes perdieron su color? ¿A partir de qué momento el mundo se vació de sustancia, a partir de qué momento los signos no fueron ya signos, a partir de qué momento se produjo la ruptura trágica, a partir de qué momento fuimos abandonados a nosotros mismos, es decir, a partir de qué momento los dioses no quisieron ya dar el espectáculo, a partir de qué momento no quisieron nada con nosotros, ni como espectadores ni como participantes? Hemos sido abandonados a nosotros mismos, a nuestra soledad, a nuestro miedo, y el problema nació. ¿Qué es este mundo? ¿Quiénes somos nosotros?

Estado de vacío liberador. Como una purificación; yo era como un recipiente vacío y limpio, pero vaciado para ser lleno por un agua nueva. Lo que no ocurrió.
Yo tenía conciencia de una libertad y tenía conciencia del asombro, de estar asombrado por esa libertad. No hubo nueva plenitud. La luz no me colmó, no me habitó. He entrevisto tan sólo, he entrevisto.

"A partir de cierto punto, ya no se puede volver atrás; ese punto es el que hay que alcanzar". (Kafka, Diario íntimo)
Pero en el momento en que ya no tenía más que dar un paso para pasar más allá de ese punto de donde ya no se puede volver, fui presa de una gran vacilación, y luego se produjo como un vértigo, y luego hubo una pena desgarradora, enorme, la llamada del mundo entero que me aspiraba: voces, brazos demasiado tiernos, el universo entero se hacía tierno, colores suaves y luego como una especie de música, y luego un bienestar, y luego una blandura, y luego como una especie de promesa de voluptuosidad, una fuerza indeciblemente envolvente me tiró de abajo, fue como si hubiese tenido miedo a ser cortado en dos. Un dolor, una herida, una desgarradura que no pude soportar. Me dejé caer. Capitulé. Las penas, el plomo, habían sido dos veces o diez veces más fuertes que la aspiración. A partir de esa regresión, o más bien de esa caída espiritual, fue cuando mi vida espiritual quedó interrumpida, en espera quizá. La impresión de haberme vuelto a encontrar más abajo, algunos grados más abajo que antes.
Pronto, no ya las penas, sino los remordimientos, me atormentaron, la nostalgia absoluta de nuevo me turbó. En realidad, no era más que un remordimiento oscuro, una especie de mala conciencia, un peso interior. Las luces tiernas, y los brazos que habían tirado de mí, y los colores, y todo un mundo prometedor de placeres, y todo ese conjunto de seres y cosas, todo ese mundo no fue más que nubes de plomo, espesa bruma en la que yo erraba, respirando penosamente. Todavía hoy, al cabo de tanto tiempo, al cabo de tantos años, la nostalgia absoluta me prueba a menudo, duramente, pero, al mismo tiempo, en cuanto se despierta, es combatida por las penas terrestres que aparecen en cuanto surge la otra nostalgia, como antaño; y las medusas me oprimen.
Hoy me parece que el trayecto necesario es un descenso, ya no es ascensión como antes: en aquel momento tenía la impresión de que era necesario deshacerme de un vestido de plomo para poder ascender; hoy me parece que debo volver a entrar en profundidades sofocantes y atravesarlas. Pero hoy, como entonces, el punto desde el que ya no se puede volver está siempre rodeado de aquella luz muy fuerte, muy dura, el resplandor frío de las hojas de las espadas. Es una luz insoportable, no humana.

En su Diario íntimo, Kafka dice también: "Si caminaras por un terreno llano y si, al querer adelantar, dieras pasos hacia atrás, es en ese momento, cuando la situación sería desesperada; pero como intentas escalar una cota que, desde abajo, parece ser tan vertical como tú mismo, los retornos de tus pasos no son debidos más que a la conformación del terreno y no tienes razón para estar desesperado."
Muy tranquilizador. Ninguna razón para desesperar. Así, pues, y únicamente, no es más que culpa de la configuración del terreno.

Existe el deseo, existe el amor propio, existe el miedo. Si no hubiese ni deseo, ni miedo, ni orgullo, la historia no existiría. El deseo se hace tan grande que se transforma en avidez. Basta, bastaría, debiera bastar tener conciencia de estar aquí, rodeado por la creación, deslumbrado por las epifanías. Hemos perdido, con el gusto de la pobreza, la posibilidad de la contemplación. Los problemas económicos, el odio y los disgustos no existirían si existiese la pobreza, si no existiese el amor propio. No digo nada nuevo, desde luego, pero es tan raro decir esto que se convierte en un pensamiento virgen. Las "organizaciones" son arbitrarias, como fuera del mundo. Cualquiera puede decir "nada tiene importancia", "todo es vanidad", pero estas palabras no son más que tópicos, lo que todo el mundo dice sin tener conciencia de lo que dice, sin recordarse de ello de verdad. Cualquiera puede, igualmente, decir "nos perdemos en lo múltiple", pero eso es también una fórmula.
Pero he aquí lo que ocurre. Descubro en este momento, yo mismo, estas verdades. Es como si nadie me lo hubiese dicho, es una revelación, un descubrimiento. Me acuerdo, sin duda olvidaré dentro de una hora o mañana, me acuerdo, comprendo que soy un ser, un hombre, en el centro del mundo, y veo el cielo y tengo conciencia de que veo estas calles y tengo conciencia de que existo. O más bien tengo conciencia de que soy. Ser es lo que me colma de alegría y me deja estupefacto, ser me asombra más que existir. Soy más fuerte que la nada. Todo lo demás es insignificante: ¿adónde ir a buscar triunfos, dónde buscar una felicidad más fuerte que la alegría, la beatitud inverosímil de la existencia? Vivir fuera de la contemplación, en la acción, en la esperanza, es la estupidez, la ceguera. Sin embargo, la estupidez existe e incluso también la existencia de la estupidez me llena igualmente de un asombro maravillado, lleno de alegría. La luz, el hecho de estar en el mundo. No se puede ir más lejos. En el conocimiento real, esencial: las guerras y las ciencias, la economía y la arquitectura, la miseria o la riqueza, las jerarquías, el mundo dividido en naciones, la administración, la religión, la acción, las filosofías, desaparecen como sombras ante esta realidad única, felizmente aplastante: existo, soy, y cuando pienso en eso todo se calla y cualquier otra cosa carece de sentido. O todo se convierte en una fiesta sin medida, la muerte misma se disipa como humo, solamente el amor loco puede maridarse con esta satisfacción, con esta alegría inaudita de existir.
Tengo la clave de la felicidad: acuérdate, ten conciencia, profundamente, profundamente, totalmente, de que eres.
Ay, yo mismo no utilizo casi nunca esa clave. La pierdo.

El sentimiento de que nos encontramos en un pasado que no se hunde más que en el olvido. El pensamiento de que es como si nuestra existencia no hubiese existido nunca, de que es como unas cifras, borradas por una esponja, sobre el encerado que no conserva ninguna huella, de las que nadie puede darse cuenta de que han existido. Es como si nuestra existencia fuese anulada retroactivamente, a partir del momento mismo en que empezaba a ser; este pensamiento me parece hoy tan verdadero como lo había creído antaño, un día de luz, como aquello de lo que estaba seguro: "ya que soy, soy eterno". Hubiera podido no ser, pero ya que soy, y que somos, no hay ya peligro de ya no ser.

Encuentro también esta página: Hace frío fuera. En la casa, las butacas rojas, las sillas altas, la tapicería, los libros sabios, las mesitas con los cajones y los encajes, están allí, confortablemente instalados, desprendiendo una especie de calor. Los objetos parecen respirar.
Tengo una alegría tranquila; una armonía silenciosa, una ligera embriaguez; algo ha pasado, estoy en otra parte, donde me han transportado con los muebles y la casa. Miro la nieve por la ventana. La calle se ha metamorfoseado. Las aceras son blancas. La planta que trepa por la pared de enfrente, la casa del cerrajero es de plata; la chica, nuestra vecina, va muy aprisa, en pantalones de esquí, con las manos en los bolsillos. Un perro se apresura también.
Estamos a principios de marzo. Con este cielo se creería que estamos de nuevo en diciembre, en las cercanías de Navidad. Navidad vuelve. El tiempo es, pues, reversible, me digo, y mi alma entona un himno mudo.
¿Dónde estoy? ¿En qué provincia alejada? ¿En qué siglo? ¿En una vieja ciudad de montaña? ¿En La Curtea-de-Arges? ¿Quizá en una vieja ciudad inglesa? Con seguridad, me encuentro en una ciudad irreal, una ciudad que es una isla rodeada, pero al abrigo, por el océano de la historia. No nos movemos. Esperamos la fiesta. No desaparecemos. Quizá voy a escaparme. Quizá esta mañana dure siempre. Quizá más allá de mi habitación bien caldeada y de la calle cubierta de nieve, siglos han pasado y siglos pasan, quizá los hombres vivan en otra civilización, mientras nosotros permanecemos suspendidos por encima de la edad, por encima del transcurso de los tiempos, por encima de los abismos.
(Aquella chica que pasaba, eternamente según parece, con las manos en los bolsillos, ¿qué ha sido de ella, desde hace más de veinte años en que cruzaba la calle?)

Estoy perdido en los miles de palabras y de actos frustrados que son "mi vida", que desarticulan, que destruyen mi alma. Esa vida está entre mí y mí mismo, la llevo entre mí y mí mismo, no la reconozco como mía, y, sin embargo, es a ella a quien pido ser revelado. ¿Cómo ser revelado por lo que se nos esconde? ¿Cómo hacer para que todas las máscaras se vuelvan transparentes, cómo remontar el río de las casualidades, del error, de la desorientación, hasta la fuente pura? ¿Cómo corregir todo lo que me ha falseado?, ¿y cómo, con ayuda de la palabra, expresar todo lo que oculta la palabra? ¿Cómo dar una expresión a lo que no es expresable?
Aspiro a lo imposible, a que mis palabras sean transparentes. Miles y miles de palabras, de máscaras y de mentiras y de yerros, deberán decir lo que la palabra oculta. No me queda más que desmentir cualquier palabra desarticulándola, haciéndola estallar, transfigurándola. No se puede decir que lo que me propongo sea fácil. No se puede decir, tampoco, que sea inteligible, pero eso ya no tiene sentido desde el momento en que eso ya no es imposible. En realidad, yo ya no me comprendo muy bien a mí mismo, porque soy presa de las palabras, soy arrastrado, llevado, por las olas de palabras.

Efectivamente, me cuesta bastante comprender lo que quería decir; o, más bien, me cuesta comprender lo que "sentía"; es evidente que si yo hablaba, hace tanto tiempo, en esos términos, de la vida, y de las palabras, y de los signos, y de un yo que se convertía en otro, es evidente que trataba de dar cuenta de mi experiencia vivida, la experiencia de estar perdido en el mundo, separado, perdido en el lenguaje y en mi propio lenguaje, que yo sentía que ya no era el mío, sino el de los demás. Actualmente, pensadores nuevos nos dicen que "es el lenguaje el que habla, y no el hombre o un hombre": ¿se trata de la misma experiencia? Heidegger también nos dice que el ser o no ser es "inautentificado" por un algo social, por un lenguaje común, pues; está perdido en el mundo impersonal del "se"; hay que ponerlo todo en causa, pues; hay que volver a considerar los fundamentos del discurso, volver a los axiomas; este es, me parece, el trabajo que todos los filósofos se han propuesto. Pero cada nuevo sistema de expresión, una vez adoptado por los demás, una vez convertido en convención, o adquirido, o tópico, o ideología, pierde su verdad esencial. La vida se hace palabra. Como yo no soy filósofo, eso pasaba, para mí, en el plano de la afectividad, del resentimiento. Me parece, sin embargo, que el arte es el único que está en situación de poder dar "un sentido más puro a las palabras de la tribu", como decía Mallarmé. En efecto, cualquier obra de arte es la materialización de una experiencia personal casi indecible, es volver a poner en causa a un lenguaje, es nuevo descubrimiento o descubrimiento del mundo, visto como por primera vez por el poeta. Este no puede inventar cada vez palabras nuevas, desde luego. Emplea las palabras de la tribu. Pero el arreglo de la palabra, el acento, una nueva articulación, las renuevan. Esa nueva virginidad que da a la expresión, el lector, o el auditor, o el contemplador de la obra, debe estar en condiciones de recibirla, a su vez.

No hago más que extraviarme. Pero tengo oportunidades de volver a encontrarme si vuelvo siempre sobre mis pasos, al lugar del primer paso; en el resplandor de la primera imagen, allí donde las palabras ya no expresan nada más que la luz. No vuelvo a encontrarme y no me comprendo más que allí donde las palabras, los rostros, las figuras, las paredes, yo mismo, no estamos ya para comprender; allí donde los sonidos son extranjeros y extraños; las significaciones dislocadas por una poderosísima luz en la que se funden definiciones y formas, como la sombra que hace desaparecer a la luz. Es en ese silencio donde renace la palabra.

Me digo: me encuentro en un pasado que ya no se halla más que en el olvido. Es decir: es como si nunca hubiésemos existido. Seríamos como cifras que la esponja hubiese borrado, en el encerado que no conserva ninguna huella de lo que estuvo escrito; nadie ya puede saber si hubo o no hubo algo. Todavía peor: nuestra existencia habrá sido anulada retroactivamente, como si la nada pudiese devorarlo todo haciendo el camino inverso, desde nuestro fin a nuestro comienzo. No habremos existido nunca.
Este sentimiento se alterna, en mí, con la certidumbre que me dice, otras veces, que puesto que existimos no podemos no existir; o podríamos no existir, pero puesto que existimos, no hay ningún peligro de que no existamos ya. Sentimiento de eternidad.

Cuando quiero contar mi vida, es un vagabundeo lo que cuento. Hablo de un bosque ilimitado, o de vagar por un bosque ilimitado. No es de mí de lo que hablo, porque me busco con palabras que no están hechas más que para que yo no me encuentre en ellas y que aumentan el extravío. No puedo decirlas más que a ellas, pero puedo decir, no obstante, mi nostalgia, quiero decir mi nostalgia esencial, y eso también es muy difícil, porque el deseo profundo olvida lo que desea, y se degrada y se pierde, y se despedaza en deseos. El canto inefable es sustituido o por la palabra abstracta o por las realidades concretas de los actos que nos han falseado, que nos han alejado de nosotros mismos. Todos andamos en busca de algo de una importancia extraordinaria y de lo que hemos olvidado lo que era; escribo las memorias de un hombre que ha perdido la memoria. Me quedará la conciencia de que todas las cosas que estoy a punto de decir no son más que sustituciones.
Me dejo, pues, llevar por el flujo de las palabras. La roca no aparece más que un segundo, raramente.
Sólo el grito puede oírse en esta bruma espesa.
Cuando vuelva el silencio, que no se olvide la luz del grito.

Todavía no podemos encontrarnos más que en una revuelta inesperada.

Las paredes se desplomaban, las definiciones se dislocaban. Ya no había ninguna dirección. Los nombres de las cosas se separaban de las cosas. Yo estaba sumergido en un océano de luz azul, yo mismo no era ya más que un vago contorno luminoso. Ya no había forma, ni sombras, ni colores, nuestra realidad se deshacía en miles de trozos, se iba en humo, después se disipaba también el humo y ya no había más que aquel sol inmenso que iba de un horizonte a otro.
Todo lo que yo había creído que eran construcciones sólidas no eran ya más que castillos de naipes que se hablan desplomado. La piedra ya no era más que agua y bruma. El mundo salía, uno, de una multiplicidad de cajones. Porque todo, hasta entonces, no había sido más que una serie dislocada de cajas y de contenidos de cajas. Un cura: una caja; una casa: una caja; una manzana: una caja; una pasión: una caja; una sensación: una caja.
Lo imposible se realizaba. ¿Dónde estaba yo, quién era? Yo era un extraño y estaba solo, infinitamente extraño a mí mismo. Me despertaba o nacía en un universo nuevo, un universo completamente distinto, no sólo un universo lavado, sino un universo desembarazado. La estupefacción era tan grande que aniquilaba cualquier miedo y esa estupefacción no era más que un eco de la plenitud, y lo extraño se transformaba, inmediatamente, en familiar. El mundo era nuevo y familiar, sorprendente, conocido, reconocido, vuelto a encontrar. ¿Cómo decirlo?, un mundo liberado de aquella significación, ¿cómo decirlo?, una especie de respiración viva de la que yo formaba parte.
Esto no duraba más que unos instantes y cuando "esto" desaparecía, era como si el mundo se apagase. Volvía a la noche o a la penumbra, tropezaba con los objetos, con las paredes. Allí estaba yo, a punto de encender penosamente la bujía de la comprensión cotidiana cuya luz no es más que penumbra. La pesadilla de este mundo volvía a empezar sin cesar.

Desde que escribo obras de teatro que son interpretadas, no he conseguido acostumbrarme a los errores de interpretación, ni a los de los "intérpretes" que son los actores, ni a la falsa interpretación de los críticos, o del público.
Sigo queriendo ser "comprendido", es decir, quiero que se comprenda bien lo que he querido decir, puesto que he querido decirlo. Una obra teatral no es un discurso al público; por eso odio que los actores se dirijan a la sala, salvo si es para mostrar que se está poniendo un ejemplo de lo que no hay que hacer y para parodiar a los autores didácticos.
Sin embargo, aun siendo un objeto, una construcción, una sociedad, todo un mundo, la obra, teatral es también algo que debe descifrarse, comprenderse, es decir, se debe comprender muy bien lo que sus personajes quieren decir, dicen, hacen. Y se puede llegar a comprender; la incomunicabilidad no existe si no se quiere que exista, si no se quiere hacer trampa. Es verdad que los licenciados en Letras, los "normaliens", ya no pueden comprender, porque ya no comprenden más que a través de "los sistemas" y todo lo refieren a "los sistemas" y todo lo ponen en función de "los sistemas" de pensamientos, cuerpos de ideas constituidas, rejas diversas que impiden que se adhieran, casi con toda naturalidad, a cualquier cosa "diferente" que alguien quiera decir.
A ese alguien se le sociologiza antes de que sea oído, cuando nada impide que se le sociologice después. Además, no hay tiempo.

¿Con qué derecho pretender también que otros encarnen vuestros sueños, materialicen vuestras imágenes, con qué derecho inventar personajes y mundos? ¿Las invenciones son "verdaderas"? Tanto lo son que no se hace nada más que literatura, poesía, pintura, teatro, a lo largo del tiempo en todos los espacios de la tierra. No se habla más que de personajes imaginarios, se hace un poco de literatura y se hace más literatura sobre la literatura y literatura sobre la literatura de la literatura.
Las obras de psicología, psicoanálisis, sociología, metafísica, de estética por supuesto, de filosofía de la cultura, están casi todas basadas en las obras de imaginación.

A menudo tengo insomnios. Abro los ojos en las tinieblas. Pero esas tinieblas son como una claridad distinta, una luz negativa. Es en esa luz negra donde se me aparece, con una evidencia indiscutible, "la revelación del desastre", "de la catástrofe", "de lo irremediable", "del fracaso absoluto". Todo me parece perdido.
La infancia es el mundo del milagro o de lo maravilloso: es como si la creación surgiese, luminosa, de la noche, completamente nueva y totalmente fresca, y completamente asombrosa. No hay infancia a partir del momento en que las cosas no son ya asombrosas. Cuando el mundo parece "visto ya"; cuando nos acostumbramos a la existencia, nos convertimos en adultos. El mundo de lo mágico, la maravilla nueva, se hace banalidad, tópico. Eso es, exactamente, el paraíso, el mundo del primer día. Ser expulsado de la infancia es ser expulsado del paraíso, es ser adulto. Se conserva el recuerdo, la nostalgia de un presente, de una presencia, de una plenitud, que se intenta volver a encontrar por todos los medios. Volver a encontrar aquello, o la compensación. He sido torturado, lo soy, a la vez por el temor a la muerte, por el horror al vacío, y por el deseo ardiente, impaciente, apremiante, de vivir. ¿Por qué se quiere vivir, qué quiere decir vivir? He esperado vivir. Cuando se quiere vivir, ya no es la maravilla lo que se busca, sino, a falta de eso, a lo que sólo la infancia o una lucidez sencilla y superior pueden tener acceso, a falta de eso, lo que se busca es ser saciado. Nunca se consigue, no se puede conseguir. Los bienes no son la vida. No se llega a vivir. Ese "querer vivir" no quiere decir nada.
Había buscado un falso camino de salvación, me habla encaminado mal.

Envidio a los profesores de colegio, de hace poco tiempo, en las pequeñas ciudades de provincia. Calles con árboles, un río. Educados escolares. El café. El restaurante. El vino. La siesta. Los días soleados. Los libros. Los profesores charlaban, después de las clases, paseando por las calles de la ciudad. Sombrerazos a derecha e izquierda. Por la noche se emborrachaban. Una especie de paraíso.

Un nuevo pánico.

El pánico de hace tres días está superado, las cosas se han calmado, de momento, una vez más.

Yo no tenía aún doce años. Me mandan a pasar las vacaciones a casa de mi tío Alexandre, el hermano de mi madre, que tenía veintitrés años, tuberculoso, y que murió dos años después, a los veinticinco años. Él mismo era enviado allí para cuidarse. El apartamiento en que yo vivía en París, en el entresuelo, en la calle de l'Avre, con mi madre y mis abuelos, era húmedo, triste, sombrío. En el pueblo, Alexandre vivía en una inmensa casa de campo. En realidad era una pequeña ciudad de provincia, medio provincia, medio suburbio, una casa que tenía una cantidad inmensa de habitaciones, una inmensa buhardilla encima del segundo piso, que olía a manzanas.
Para mí era un castillo; subía y bajaba durante todo el día, corriendo, las escaleras, exploraba la casa; había papeles pintados, no como en París; la casa tenía la tristeza de las casas que no nos son familiares, una tristeza y también un misterio o una magia, algo que atraía y repelía, a la vez. Pero las mañanas eran completamente nuevas; otro sol, otra luz, distintos ruidos. Gentes desconocidas, gentes nuevas, andaban por las calles vírgenes para mí, y además la carretera, blanca y rosa, bordeada por casitas. Alexandre trabajaba, tosiendo; yo me iba a dar paseos completamente solo, hacía exploraciones. Una vez, bajo un cielo muy azul, voy hasta el otro extremo del pueblo, lo dejo atrás, estoy en un campo de trigo, a lo lejos el campanario del pueblecito, ya estoy en la plazuela, frente a la iglesia, la plaza está casi vacía, qué hermosura. Un pequeño universo, fresquísimo, limpísimo, que parecía haber aparecido, haber nacido, como un niño, aquella misma mañana.

La idea socialista del progreso procede de la religión. Así, los cristianos piensan que nuestro mundo es un mundo caído, el hombre una criatura caída que debe volver a encontrar el paraíso una vez que haya pasado por las etapas de sufrimiento, de pasión, de purificación. Los revolucionarios piensan, también, que la humanidad se "salvará" después de las guerras, los trastornos, las dictaduras, el terror, necesarios. En suma, eso es el progreso. Que unos materialistas puedan creer en el progreso me parece, en ellos, contradictorio. El progreso es una idea mística. ¿Para qué el progreso? ¿En qué consiste ese progreso? ¿Hacia qué vamos? Si los materialistas fuesen consecuentes consigo mismos, deberían no concebir la realización de una humanidad perfecta más que en la identificación de esta con las leyes de la materia, en la realización de una sociedad que funcionase, sin posibilidad de error o de separación, igual que la mecánica celeste, que la biología. Los socialistas son religiosos sin conciencia de su religiosidad; adoptan, bajo formas apenas diferentes, los mitos de los religiosos. Porque, ¿qué es lo que nos empuja al progreso, qué es lo que nos empuja a la perfección, y qué es la perfección?

Julio de 1967: Veo en el periódico la foto del almirante ruso que manda la flota soviética que se encuentra en el Mediterráneo, en este momento, en los parajes de la costa israelí. Enorme, poderoso, con más galones que un general de Napoleón III, supercondecorado, la expresión misma, dura, del poder. Es la autoridad absoluta. Para mí, es el mismo rostro de la tiranía, es el policía que todos los intelectuales franceses detestan en su país. Pero, dicen esos intelectuales, ese no es el rostro de la tiranía, es la personificación de la dictadura del proletariado. En vista de que han dado otro nombre a la tiranía, como han encontrado una coartada, una justificación consciente, se tiran a sus pies, pueden tranquilamente dejarse hollar por las botas del tirano. ¿Qué pueden hacer? Los "intelectuales" no admiten en su país ninguna traba a su libertad, porque, en realidad, no las hay, porque el poder se deja discutir y atacar, porque el poder no existe y parece como si eso fuese lo que odiasen: una ausencia de autoridad real, un no-poder. De otra manera, no amarían la tiranía y sus botas cuando se manifiesta de una manera tan real, tan "objetiva", tan gigante, tan ogra. Todo el mundo no ama, o no ama más que a medias, a la tiranía. Pero está la cobardía. ¿Para qué luchar contra algo tan fuerte, tan invencible? ¿Por qué solamente odiar a esa tiranía?, es decir, ¿por qué colocarse en un estado de incomodidad psicológica?

Si yo fingiese amar lo que odio, odiaría menos, quizá amaría, me dejaría llevar, me dejaría violar, terminaría adorando. Me basta con decir que, he sido vencido por el ogro, y que el ogro no es un ogro y que es el amor, que es la revolución benéfica. Así es como se sale del trance. Así es como se adopta a los tiranos.

Cuando los intelectuales, los escritores, los artistas, llegan de los países del Este, ávidos de libertad, se quedan asombrados, desesperados, por la incomprensión de las gentes de Occidente. Ya no se asombran, porque saben, ahora. Se han aprendido ya la lección, ya se les ha reñido bastante. ¿Cómo, les dicen? ¿Se han librado del capitalismo, viven en un país socialista, y se quejan? Algunos incluso han sido denunciados por los izquierdistas de París, que no podrían vivir una semana en los países donde imperan las nuevas tiranías. Porque, evidentemente, todo es ambiguo y un poco contradictorio: a la vez, se ama la tiranía y se la odia. A menudo se la admira, pero de menos cerca. Ningún Sartre, ninguna Simone, podría admitir el presentar sus textos a unas comisiones de ayudantes, o de generales, de uniforme. Por eso, los intelectuales de los países del Este intentan, en la soledad, en la incomprensión de los intelectuales de Occidente, ganar poco a poco un poco de libertad: que se admita la pintura no figurativa, que se les deje hablar del amor en sus libros, de su felicidad, de su desgracia, en lugar de tener que hablar de los "mañanas que cantan" o gimen colectivamente; cuando han conseguido estrenar una obra de teatro un poco más libre, de las que se llaman de vanguardia, por ejemplo, se sienten totalmente felices. Hablan de amor, hablan de la belleza del mundo, hacen críticas, se humanizan, les meten en la cárcel. En Francia, toda una crítica nueva, que impera en el teatro, entre otros sitios, intenta reprimir la libertad. Es decir, todo lo que la autoridad del Estado hace en Rusia, toda la censura estatal, está aquí en manos, o es su ideal, de la oposición. Tenemos un Estado liberal y una censura de oposición autoritaria, literalmente. Una reacción de pequeños burgueses que se creen revolucionarios y que están habitados por el demonio del poder. Por el contrario, el liberalismo caracteriza al espíritu de los intelectuales de Rusia y de otras partes. Es un liberalismo oprimido y perseguido, pero es un liberalismo real y auténtico.

¿Pero qué puede hacer este espíritu de libertad y de inconformismo, cuáles son sus armas? En el último congreso internacional de escritores, en Moscú, los "escritores" rusos que hablaban más fuerte, o que hablaban, sencillamente, eran generales, de uniforme, o almirantes, o guardias. Casi se desearía que unos subalternos de uniforme dijeran potentemente su palabra, con el apoyo de puñetazos en la mesa, en todas las reuniones de escritores franceses o ingleses. Para enseñarles a vivir.

Alrededor de 1940: El vicepresidente del Consejo, en un discurso violento, ataca a los húngaros, porque los húngaros insultan en sus periódicos a los rumanos. Todo ello en torno al tema de Transilvania, desde luego. El juez V., que pega a sus criadas y las echa sin haberles pagado su salario -ha hecho lo mismo, durante un año, con siete criadas-, y como es magistrado no se le puede hacer nada; el juez V., nuestro vecino, hace funcionar su aparato de radio y se oye, a través de la pared, la voz del vicepresidente. Las palabras resultan incomprensibles, pero me doy cuenta de que la voz imita a la de Hitler. Desde luego, el vicepresidente no es nazi, y solamente por necesidad marcha con los alemanes contra los rusos, con la esperanza, justificada, de recuperar Besarabia, que Rusia se ha anexionado indebidamente. El vicepresidente no es hitleriano, y, sin embargo, se ha hitlerianizado, en cierta manera: grita, luego la voz se vuelve más blanda, luego vuelve a hacerse estridente, luego grita de nuevo, luego llega el momento de la declamación patética. ¿Cómo es posible este discurso? Es que los húngaros ya no quieren enviar nuevas divisiones al frente ruso. Por eso los alemanes ejercen, contra los húngaros, a través de Rumania, un chantaje, fingiendo asegurar a los rumanos que podrán recuperar la parte de Transilvania cedida a los húngaros. En realidad, Rumania está desmembrada: Besarabia y una parte de Bucovina ocupadas por los rusos, la mitad de Transilvania en manos de los húngaros, y toda la juventud del país a punto de reventar en la guerra.
Sigo oyendo la voz del vicepresidente del Consejo hablando en el nuevo estilo del discurso político, el estilo y las entonaciones de Hitler, y distingo, aquí y allá, entre los aullidos, algunas palabras: "Las dos columnas que pueden resistir sin la bóveda... pero la bóveda no puede resistir sin las columnas..., la bóveda surge de nuevo de las columnas..." Ya no son hombres que hablan, son perros que ladran. Hitler tiene la voz ronca. El vicepresidente del Consejo rumano piensa que él también debe estar ronco. Pero se enronquece mal. Una voz falsamente ronca.
~
Ayer, los profesores estaban muy agitados. El profesor de ciencias naturales, que había escuchado una parte del discurso en la secretaría del Liceo, apareció en la sala de profesores gritando: "Por fin, el gobierno toma posición, nuestro ejército va a reconquistar Transilvania." El profesor estaba peligrosamente sobreexcitado. Yo entré muy de prisa en clase, y di tranquilamente mi clase de francés a mis pequeños alumnos, que ayer estaban muy corteses. Por lo menos, durante ese tiempo, no oigo los discursos, ni los discursos sobre los discursos, y tengo la impresión de que todo pasa al margen de mí: las manifestaciones, las procesiones, las fiestas militares, las matanzas, la inmunda tontería del mundo. Ayer hubo una manifestación en la Facultad de Derecho, ante las ventanas de mi apartamiento: banderas rumanas, alemanas, japonesas, pero ayer tuve cinco horas de clase en el Liceo, abandoné temprano mi casa: pasaba alegremente ante la Facultad de Derecho, feliz con la idea de que no verla llegar los autos, ni los batallones, que ya no vería, en todo el día, las banderas al viento, ni la multitud excitada, y que estaría lejos de aquella escenografía alemana. Porque, lo sabemos, no se puede hacer nada que no haya sido maquinado por los alemanes. Pero en el Liceo tampoco iba a poder quedarme tranquilo. Al salir de clase, a la una de la tarde, el profesor de ciencias naturales nos hizo un discursito sobre el discurso del vicepresidente. Le habla gustado mucho esta expresión del orador: "Mis queridísimos estudiantes queridos." Y también: "Nuestra querida nación" (la palabra nación debiera desaparecer del diccionario). Y luego los profesores comentaron los rumores según los cuales las tropas rumanas y alemanas hablan penetrado ya en Hungría. Debo decir que la mayoría de los profesores estaban desolados: "¿Es verdad, decían, que el ejército ha penetrado en Transilvania? ¡Ah, si fuese verdad, ojalá fuese verdad!", decían con voces vacilantes e hipócritas, pero los rostros estaban lívidos. Ninguno de estos quiere que Transilvania sea reconquistada por el nuevo gobierno, ni tampoco los anglófilos, porque quieren que Transilvania sea devuelta por los ingleses, ni los Guardias de Hierro, que quieren reconquistar ellos Transilvania, y no el vicepresidente actual. La reconquista de Transilvania sería, para unos y otros, actualmente, un desastre. Sin embargo, todos son buenos patriotas. Al salir, los anglófilos se consolaban entre sí: "Pero los alemanes no querrán..., no quieren ver a los ingleses con sus aliados..." Los Guardias de Hierro se consolaban entre sí: "Los alemanes no dejarán al gobierno de Antonesco hacer eso. En realidad, es a nosotros, Guardias de Hierro, a quienes les harán ese regalo."

Los profesores están mal pagados, porque todo va al ejército y a las fuerzas del orden. Doy lecciones de francés en casa. Ayer gané una cantidad bastante buena; luego fui a la peluquería; hacía buen día, el sol y la luz entraban por los grandes ventanales de la peluquería. Partir... ¿Soy todavía bastante joven?... Al mirarme en el espejo, veo que mis cabellos se hacen cada vez más raros en lo alto de la cabeza.

Conspiración alemana en Hungría. La Werhmacht ha intervenido. Los nazis húngaros (los Flechas de Fuego) están en el poder. La noticia no está confirmada del todo. El gobierno de Antonesco está en un atolladero. ¿Cómo encontrar una salida? Constituyen un gobierno de centro. Una conspiración alemanes-Guardias de Hierro les amenaza también. ¿Qué van a hacer para intentar neutralizar a los elementos extremistas de la derecha? Este gobierno rumano marcha al lado de los alemanes, pero se compone, en realidad, de gentes de centro y de la izquierda moderada. Deben recurrir a los alemanes y al mismo Hitler, por un lado, para ser apoyados contra las Guardias de Hierro del exterior, y, en el interior, para contrapesar a la potente Guardia de Hierro, van a intentar conseguir el apoyo de los antinazis, de todos los demócratas, salvo los comunistas, claro está, que por otra parte no sobrepasan a unos centenares de personas.

Razonablemente, Francia parece perdida, los franceses parecen consumirse ante nuestros ojos; de vez en cuando, gruñen todavía vagamente, como gentes molestadas en su sueño.
Que todo se hunda. Quisiera que ya no existiese nada.
Pero con la Historia nunca se sabe. La Historia quizá tenga sus planes. Todo es posible, incluso que Francia vuelva a ser un gran país.

La tristeza de existir. Los cadáveres amontonados en el Cáucaso. El esfuerzo del hombre arruinado en las ciudades incendiadas de Rusia, la miseria y el miedo que consumen a los habitantes de Rusia, de Polonia, de Checoslovaquia, de Yugoslavia, de Grecia, de Bélgica, de Noruega, de Holanda. La pasión de Francia, que todavía era para mí la patria del mundo. El orgullo y la insolencia estúpida de los alemanes, sus crímenes tanto más graves cuanto que son imbéciles, la tontería de los escritores y los periodistas inteligentes de la propaganda europea, anti-judeo-masónica, anti-anglo-americana, el furor que es la locura; los amigos más queridos que he abandonado y que se las arreglan como pueden, entre las guerras; las manecitas arrugadas de mi madre que ya no me acariciarán nunca más; y esta nostalgia, esta sed absoluta que nunca será saciada, y luego las amenazas que a mí mismo me rodean. Y todo este disgusto, y este dolor indecible, y todo este miedo, y los abismos estrellados que me angustian... Todo esto puede ser ahogado, esta noche, en un vaso de alcohol.
¿Qué hacer para ser un egoísta simple? ¿Qué hacer para ser no sólo intelectualmente, sino psicológicamente, indiferente? Sí, al no poder beber hasta el fondo la copa del remordimiento, voy a beber el vaso de alcohol.

No hago la guerra.. Morir por el nazismo sería insensato. ¿Combatir por Stalin y por el imperialismo ruso? Sería una tontería igual. (800.000 soldados rumanos murieron en la guerra contra los rusos, y luego, cuando Rumania cambió de campo, otros 500.000 murieron en guerra contra Alemania. Cuando estaban en guerra contra los soviéticos, los rumanos se batían por el rey de Prusia, por el ocupante. Cuando se volvieron contra Alemania, se batían por los soviéticos, que tomaron, después de la guerra, dos provincias rumanas, ocuparon el país, liquidaron a la élite intelectual, tanto la de derechas como la de izquierdas.)
Me encuentro en Francia, que es, a pesar de todo, mi verdadero país, puesto que es el de mi infancia, a seguro, un seguro precario, amenazado, no me atrevo a asomar la cabeza, pero soy feliz por no ser víctima. Algunos gobiernos, algunos grupos, algunos estados mayores, conducen a las masas humanas a la matanza. ¿La revolución? Ya no creo en ella desde que Stalin entregó a Hitler los comunistas alemanes refugiados en Rusia. No creo ya en ella, por otra parte, desde que al frente de los rusos se encuentra Stalin, ese zar crapuloso. Si no puedo estar entre los dirigentes, entre los que se permiten enviar a los demás a la muerte, puedo al menos arreglármelas para no ser enviado a la muerte por ellos. ¿Actuar? Demasiado lúcido para hacerlo. Existe la acción, ya que las gentes no hacen más que agitarse, para los que la aman. Los que actúan aman la muerte, o el poder. Yo no amo más que la independencia, no quiero ser empujado por los demás. Los que aman el riesgo o la agitación necesitan encontrar o encuentran justificaciones teóricas, pero yo sé que nada cambia y que las revoluciones no hacen más que instalar o volver a instalar la tiranía. Yo sé que no hay razón, necesidad, de nada. Todavía ayer, yo amaba lo que suele llamarse los valores franceses de civilización: eso no es más que un humanismo desplumado. Me niego a ser el agente ingenuo de las fórmulas y concepciones que corren por el mundo. Odio, en este momento, subjetivamente, al nazismo y a Hitler casi tanto como al burgués gordo. Objetivamente, me doy cuenta de que no debo odiar a nada ni a nadie. Sobrevivo. Tengo la sensación de que eso es una falta, tengo que superar esta mala conciencia. La supero. El hombre se conocerá mejor un día, quizá. El psicoanálisis será perfeccionado. Todo será perfeccionado. Nos reiremos de nosotros mismos. Los impulsos turbios de nuestro insconsciente serán iluminados, disueltos, dominados. El mundo de las agitaciones incoherentes desaparecerá. Ya no habrá revoluciones, las enfermedades colectivas serán curadas. Quizá no se sienta ya la necesidad de un mundo milagroso o sobrenatural, porque quién sabe qué represiones, qué obsesiones, provocan estos deseos que no resistirán a un psicoanálisis, a una sociología, perfeccionados. Si ya no va a haber esta especie de enfermedades psicológicas, lo que suele llamarse la vida interior desaparecerá. El Arte resultará inútil. Los hombres se convertirán en funcionarios del cosmos, identificados con sus funciones en el universo, serán perfectos como los astros, y sus movimientos serán los de la mecánica celeste. Viviremos sin esperanza y sin meta, pero la función no necesitará ni esperanza ni duda. La conciencia humana se amplificará, se dilatará, hasta el punto de que acabará por confundirse con las leyes cósmicas, y desaparecerá.

En 1936, la izquierda representaba la libertad, el humanismo, la generosidad. El Frente Popular era indispensable para hacer frente a las diferentes ideologías enemigas de la libertad, enemigas del hombre, a la vez orgullosas y groseras, en su feroz estupidez: una gran parte de los intelectuales europeos, desde Francia a Alemania, desde Italia a Hungría y Rumanía, marchaba naturalmente en "el sentido de la Historia", que era ir a la derecha. No todos, felizmente. Existió aquel Frente Popular para oponerse a la Action Française, a la esclerosis de los corazones de los grandes burgueses, a las diferentes odiosas Guardias de Hierro.
Quizá haya que anotar que ni Sartre, ni Jean Genet, ni Simone de Beauvoir, ilustraban aquel movimiento, pero que otros, como André Malraux, estaban a la izquierda. El nazismo se desfondó. Pero la tiranía ha sobrevivido. Ni un intelectual francés aceptaría vivir una semana bajo las órdenes de los dirigentes chinos o en la Rusia estaliniana o posestaliniana. La tiranía está, hoy, a la izquierda. Y vemos hoy a los mismos intelectuales o a sus hijos, antiguamente progresistas de derechas, convertidos en progresistas de izquierdas, es decir, en antiprogresistas. Evidentemente, no es la idea socialista lo que está en tela de juicio, y estoy convencido de que Polonia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Checoslovaquia, hubiesen podido realizar el socialismo y construir un mundo de alegría, en lugar de verse obligados a instalar tiranías subsoviéticas en sus países, impuestas por la inmunda tiranía rusa. No se puede acusar al socialismo, pero no se puede perdonar a los rusos el haberlo desfigurado y retorcido.
Recientemente, dos escritores soviéticos han sido detenidos, encarcelados, juzgados, por delito de opinión. Ni una protesta en Francia, salvo unas líneas en "Le Figaro Littéraire" y en la revista "Esprit". Sin embargo, un organismo: el Pen Club, creado para defender la libertad de la cultura, existe en Francia, pero sus dirigentes se entienden infinitamente mejor, como burócratas que son, con los burócratas de los partidos y de los regímenes totalitarios de la represión, que con los defensores de la libertad, que son los poetas que sufren en esos países y a quienes las gentes de izquierdas francesas se niegan a comprender, con un desprecio total hacia "lo humano" de que tanto se jactan (¿para qué molestar la comodidad, los viajes del Pen Club, las ventajas burocráticas?, ¿para que perturbar la serenidad del egoísmo y de los intereses bien concebidos?), siendo así que esos poetas en la oposición son las únicas gentes auténticas de izquierdas, y en quienes las gentes con corazón, que está a la izquierda, pueden confiar.
Ahora se nos dice: la libertad, la generosidad, el progreso, están en la izquierda. De esta forma se les da buena conciencia a los enemigos de la libertad, de la generosidad, del amor, de la simpatía humana; se les da buena conciencia a los miembros inconscientes del jurado del Premio Nobel que, después de haber dado el premio al gran héroe Pasternak, se han atrevido, a continuación, a dárselo al lacayo de las dictaduras: Shólojov, o a Sartre, el abogado de las tiranías, que se disfrazan bajo la máscara de los sentimientos "nobles".
Desde luego, la derecha no se ha convertido en la izquierda. No es muy simpática. Pero es cierto que la izquierda encarna a un espíritu más peligroso, más feroz, habitado por la necesidad de tiranía, el de los pequeños burgueses coléricos, el de los que marchan con la Historia, los oportunistas de todas las derechas, de todas las izquierdas, de la Historia.

A menudo hay en abril mañanas límpidas, de una gracia ligera, muy frágil. Parece que el universo acaba de nacer, que acaba de salir del agua original, ilimitada, que está todavía húmedo, que conserva algo de la transparencia de los lagos. El mundo parece totalmente nuevo y puro, su luz intacta. Todo no es más que luz y agua. Es el día primero. El mundo acaba de surgir, todavía es irreal, todo no es, aún, más que una reunión de colores, sus formas se dibujan, dispuestas a fijarse. El mundo hace su aparición. Surgen flores en el asfalto; de repente, en los desiertos, surgen fuentes. Toda la gente es joven, las muchachas caminan sin tocar la tierra. El universo se hace, de repente, transparente, como el velo de una novia. El aire mueve como olas ligeras. El acontecimiento va a producirse, tal vez. El único acontecimiento para el que se creó el mundo. Todo no es más que una espera, un domingo, y esa luz, a la vez gloriosa y tierna, se aparece como un traje de fiesta. La gran esperanza. Se hace una calma en la luz y se oyen las vibraciones de las campanas que van a repicar, los órganos retienen con dificultad sus sones, los arcos de los violines están preparados para tocar. Todas las voces acechan la señal para entonar el himno triunfal. Pero la espera se prolonga y todo el universo no es más que brazos tendidos. El pájaro blanco está inmóvil como el cielo, los árboles de las casas contienen su respiración para oír el anuncio del acontecimiento. La alegría va a estallar, las miradas están fijas en el horizonte para captar el instante en que la luz va a fundirse en una luz más grande...

Sí, la belleza es atroz porque no es más que un fantasma, o porque está fuera de mí, o porque no me pertenece. Despierta en mí la nostalgia de una ausencia esencial, me recuerda que no tengo, que no soy, que no soy, que no tengo.
Si el asombro es como una iluminación, como un fuego que me besa, la belleza no me penetra: entre mí y el universo luminoso que se me aparece existe un muro transparente, inflexible, duro. La belleza es como una luz inaccesible que me rodea, pero que se me escapa, y yo no soy más que una sombra sombría en su esplendor. La belleza es un espejismo. En efecto, eso es: hace surgir la nostalgia insostenible, la sed y el hambre insaciables.

El cielo estrellado. El mar azul. Aquella ciudad del Sur, blanca, inmaculada, surgiendo de la llanura. Una catedral en el sol. Los cabellos soleados de aquella mujer. Aquellos cuadros y aquella música. Aquellas formas demasiado puras. Aquella limpidez, aquella transparencia, todos aquellos colores. Todo esto no hace más que desgarrar los velos oscuros de mi vida de todos los días. Oh, prefiero que nada se me aparezca, me gusta más no oír nada, me gusta más albergarme en la grisalla tibia y soportable de la somnolencia y del olvido. Pero no puedo impedir el ser invadido por el deseo infinito.

La belleza es una huella precaria que la eternidad hace que se nos aparezca y que la eternidad nos retira. Manifestación de eternidad, signo de muerte también. Muchas veces me parece que es una flor maléfica de la nada o el grito del mundo que se muere, o una oración desesperada y fastuosa.
Y después, la ceniza.
La luz me ha cegado. Pero me ha detenido. De otra forma, no estaría aquí escribiendo, sufriendo por querer acordarme de aquel acontecimiento que, sin embargo, no puede ser olvidado jamás.

El asombro hacía que el mundo se me apareciese, a la vez, extraño, pero próximo. La belleza hace que el mundo se me aparezca como extraño. La belleza me vuelve celoso. El asombro me colmaba. El recuerdo participa un poco de la belleza, un poco del asombro. Todo lo que me parecía penoso, insoportable, los acontecimientos más terribles, adquieren una belleza y una extrañeza en el recuerdo. En el asombro, frente al mundo, me digo: "¿Esto es posible?" Y esa transfiguración de una realidad cotidiana que se convierte en una realidad gloriosa, me arrebata, y yo mismo me siento transfigurado. El asombro es como una iluminación total que no le deja ningún rincón de espacio a la sombra. La belleza no hace salir más que una parte del mundo, "en el que no estoy", dejando al resto del mundo, y a mí, abandonados en las tinieblas. Miro, aislado, un tesoro que resplandece en la oscuridad de una caverna.
La luz del recuerdo, o más bien la luz que el recuerdo presta a las cosas, es la más pálida. Pero una cosa de la que uno se acuerda parece surgir, no obstante, de una especie de noche del olvido, como de una nada.



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Carlos Rivera » Noticias de libros » Respuesta

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