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Apología al apologista

*Juan de Espinosa Medrano. Apologético en favor de Don Luis de Góngora. Edición anotada de Luis Jaime Cisneros. Lima: Universidad de San Martín Porres, 2005.

*Texto de Elio Vélez Marquina

Los trabajos y los días académicos y filológicos que Luis Jaime Cisneros Vizquerra ha dedicado por varias generaciones de colaboradores y amigos al estudio de uno de los hitos librescos más importantes de la cultura barroca de nuestra época colonial han desembocado con justicia en la publicación de la que es, sin duda, la edición más autorizada y confiable del Apologético de Juan de Espinosa Medrano. No obstante la crítica pueda celebrar este volumen, deberá tomar conciencia de que se trata de un doble festejo, pues este, además, inaugura la colección “Biblioteca de Estudios Coloniales” de la Universidad San Martín de Porres. Esta iniciativa, que ya incluye en sus proyectos la publicación de los sermones del mismo autor bajo el amparo del mismo estudioso, constituye, pues, uno de los logros más recientes en el ámbito académico en lo que compete al estudio de nuestra historia literaria del siglo XVII.
Luis Jaime Cisneros entrega en edición anotada el texto del Apologético, publicado en Lima en la imprenta de Juan de Quevedo y Zárate en 1662, en vista de que se trata de la versión más fiable y completa de la obra del religioso: la edición de 1694, que responde a la misma ciudad y editor, a pesar de ofrecer un texto en parte mutilado, ha sido la fuente de más de una de las ediciones modernas que dieron a conocer la obra de Espinosa Medrano. Así, la de Ventura García Calderón (París, 1938), la de Luis Nieto (Cuzco, 1965) y la de la Universidad Católica (Lima, 1973). A partir de la edición de 1662 solo existían a la fecha dos ediciones: la primera fue realizada por Augusto Tamayo Vargas y se publicó en Caracas en la Biblioteca Ayacucho en 1982. Sin duda, esta ha sido la edición más consultada por la crítica debido a su fácil acceso. En segundo lugar, está la edición de José Carlos González Boixo, publicada en Roma por Bulzoni Editore en 1997, de la cual José Antonio Rodríguez Garrido, ya publicó una justa y oportuna reseña (Colonial Latin American Review, vol. I,1999: 157-162) señalando las deficiencias de la misma, tanto en aspectos filológicos como hermenéuticos. Además, cabe recordar que aquella edición recogía en buena parte -y en esto radicaba mucho de su mérito- los aportes que Luis Jaime Cisneros venía haciendo desde 1962 hasta 1992.
Así, la edición de Cisneros no solo establece un texto confiable, sino que además delimita de manera coherente los parámetros culturales que explican la génesis y el funcionamiento del Apologético en la sociedad peruana del siglo XVII. Esta entrega nos permite reconstruir en buena parte la cultura de Espinosa Medrano en su doble vertiente: teológica y literaria. Quizá, uno de los aspectos más descuidados del estudio de la vida de Juan de Espinosa Medrano con respecto de su obra sea el simple hecho de que se trata, en todo momento (aun en la defensa retórico-literaria) de un personaje eclesiástico vinculado estrechamente al espacio del Seminario de San Antonio en Cuzco. Este aspecto de la personalidad del Lunarejo conduce a Cisneros a esbozar importantes hipótesis que enriquecen la lectura de sus obras: en primer lugar, el estudioso apunta que el Apologético no solo evidencia varios rasgos de oralidad que lo aproximan al ámbito de la oratoria, sino que más precisamente lo asemeja al “sermón universitario” (1-2). De esta manera, la “singularidad” que de la obra acusa el prestigioso comentarista radica por una parte en el uso de los recursos de la oralidad del ámbito académico-universitario y, por otra, en la evidente defensa que de los “criollos” se lleva a cabo en la misma (1-4, 11-14).
Quizá la defensa que en el Apologético se hace de la “nación” criolla sea uno de los aspectos más seductores para la crítica de nuestros días y, ciertamente, es uno de los temas sobre los que más llama la atención Cisneros. Esto porque él ha partido su estudio y edición de aquella de 1662, en vista de que la de 1694 “recorta” aquellos pasajes de los preliminares, por ejemplo, en los que el autor se detiene en denostar los prejuicios peninsulares sobre la “naturaleza” de los criollos americanos. Este motivo lleva a Cisneros a resaltar aquellos rasgos de oralidad que sin duda en su momento dieron al texto de Espinosa Medrano todo el acento de un debate vivo, aun cuando el tema (el desprestigio del gongorismo) era ya asunto un tanto olvidado: esto explica la vehemencia de un Espinosa que en su encendida defensa de quien él llama y ratifica como el “Homero Español”, dejaba, en realidad, relucir el furor por la patria chica frente a los prejuicios negativos europeos. Así, la conciencia que de su naturaleza diversa poseía el defensor de Góngora y Argote se puede ver esbozada en las notas de Cisneros, dejando un largo camino por recorrer a los estudiosos contemporáneos. Defensa que por lo demás, si es que se siguen los aportes de esta edición, no debería alejarse del ámbito académico propio del Seminario de San Antonio en Cuzco: espacio que se configura como un centro de elite intelectual alternativo al ámbito letrado de la ciudad de Lima.
Aun cuando en esta edición se enfatiza el hecho de la oralidad implícita del Apologético no se descuida el hecho de que, ante todo, se trata de una obra pensada para la imprenta. Al respecto, el estudio introductorio de Cisneros ofrece un revelador “Colofón” (103-107) que ilustra con ejemplos aquella intención del Lunarejo. En todo momento, se resalta el hecho de que en la obra existe una conciencia estructural que lleva al autor a establecer puentes entre los capítulos y citar secciones y números de la obra como cuando refiere su comentario al vocablo “peregrino” en la sección 6, número 47 (104). Asimismo, se anota de igual manera los yerros en los que incurrió el autor: se ha detectado, por ejemplo, una redundancia entre la Sección IX,77 y la X,113 al momento de nombrar un catálogo de escritores con sus respectivos calificativos (105-106).
Asimismo, aquí se ofrece no solo la traducción de los pasajes latinos de la obra, sino también una adecuada y seria explicación de las fuentes librescas utilizadas por el clérigo. Las ciento siete páginas que constituyen el estudio introductorio de Cisneros reparan minuciosamente en cada parte y apartado del texto: se comentan desde los preliminares hasta cada una de las doce secciones del mismo. Todo esto bajo la premisa de que es realmente importante establecer las coordenadas de la nada aleatoria erudición del Lunarejo: por ejemplo, la presencia de una autoridad como San Jerónimo no resulta casual en su caso, puesto que dicho padre de la Iglesia fue, como es sabido, el patrono de los traductores y estudiosos que inauguró el género apologético en sus constantes debates con Rufino. Este último, pues, había acusado al discípulo de Elio Donato -el famoso comentarista de Virgilio- de ser un seguidor de la herejía de Orígenes. Espinosa Medrano acude a esta autoridad no solo para legitimar su saber patrológico, sino también para establecer una postura retórica beligerante, igualmente atenta a los ataques europeos.
Por su parte, las notas a los textos (ubicadas al final entre las páginas 221 y 245) incluyen, además de las traducciones de las citas latinas, notas histórico-biográficas y datos bibliográficos que aseguran la lectura crítica del texto, sobre todo para el especialista preocupado en reconocer las fuentes empleadas por el autor. Otros aciertos son, por ejemplo, las enmiendas al “catálogo de escritores” (229) que parece haber sido hecho por el editor para facilitar el hallazgo de las autoridades manejadas por Espinosa Medrano: Cisneros corrige algunos nombres (como el de César Histerbacense) y suma treinta y cinco nombres de autores omitidos en la edición de 1662.
En lo que respecta al trabajo lexicográfico, Cisneros regala un generoso y útil “Glosario” (247-283) que recoge principalmente las voces cuyo sentido inmediato al momento de la publicación del Apologético hoy se ha perdido o trastocado. Para ello, se trabaja con el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias y con el Diccionario de autoridades de la Real Academia (1726-1737). No obstante se ha recurrido a otros diccionarios del siglo XVIII como el de Esteban de Terreros y Pando u otros del siglo XIX como el Panléxico de Juan de Peñalver. Incluso cuando estos manuales no ofrecen alguna luz como en el caso de la voz “construyente” (IV, 21 en el Apologético y p. 256 en la edición de Cisneros), se llega a interesantes conclusiones como es el advertir que el Lunarejo usa el término en un sentido gramatical, puesto que “construyente” es aquello vinculado a la constructio del sermo o frase o discurso. Por otra parte, hubiese convenido incluir en el “Índice onomástico” (285-288) las páginas en las que se acude a los distintos autores consignados.
Como anotación final a esta entrega, acaso reste añadir que si bien se trata de una edición anotada y no de una crítica (puesto que no hay comparación formal entre las ediciones de 1662 y 1694) tanto el trabajo interpretativo como las generosas anotaciones y aclaraciones bibliográficas y léxicas constituyen ya un acierto plausible de los méritos académicos con los que Luis Jaime Cisneros ha trabajado a lo largo de estos años el volumen en cuestión. Sin lugar a dudas, la comunidad académica podrá, a partir de esta edición, iniciar una serie de investigaciones en torno a la figura de Juan de Espinosa Medrano, en vista de que la labor filológica que demandaba el Apologético, ya ha sido cubierta por uno de sus más destacados especialistas. Así, su peso dentro de la sociedad criolla del siglo XVII, su relación con los núcleos políticos de Madrid y Lima y, sobre todo, su aporte a las Letras Hispánicas habrán de ser revaluados con las investigaciones del porvenir que sepan recoger los aportes de este maestro de maestros.

*ajosyzafiros.perucultural.org.pe/07gal7.htm
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Escrituras » Respuesta

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