El águila en las venas, Neruda en México, México en Neruda
*Texto de Víctor Toledo
"Porque en mi vida, México, vives como una pequeña águila equivocada que circula en mis venas".
En la poesía moderna, nadie, desde afuera, ha llevado tan intensa y profundamente a México como Pablo Neruda. Y Neruda renació en la luz de México:
MÉXICO de mar a mar te viví, traspasado por tu férreo color, trepando montes sobre los que aparecen monasterios llenos de espinas
En 1939 termina la guerra civil de España, al siguiente año Pablo Neruda cumpliría una gran labor humanista como cónsul para la emigración española, con sede en París. En 1940 regresa a Chile. En julio navega hacia México, llegando el 16 de agosto con el nombramiento de cónsul general de su país. Su estancia en el Norte habrá de ser [muy] fecunda y marcará un nuevo rumbo (…) en su vida privada (en 1947, divorciado de su primera esposa, se casa en nuestro país con Delia del Carril). En México habrá de permanecer tres años de gran actividad poética y política. Son los años que van desde el desmoronamiento de Francia ante la arremetida germánica hasta la heroica defensa de Stalingrado. La guerra europea sacude al poeta, que va comprometiendo cada vez más su poesía con las alternativas de uno de los frentes de batalla, el de la Unión Soviética. Por eso, su estancia en México está cargada de tensiones políticas. Cuenta 36 años y lo acompaña Luis Enrique Délano, cónsul en la ciudad de México; ambos comenzarían a despachar en la calle de Brasil, junto al convento de Santo Domingo. Su arribo es anunciado con anticipación por los medios; en las revistas Romance, y Letras de México, en septiembre, es saludado de esta manera: "Pablo Neruda, el gran poeta chileno, ya se encuentra entre nosotros representando a su país como cónsul general. Letras de México, por medio de estas líneas saluda al magnífico amigo y escritor (...) en nombre de los intelectuales (...) le da la más cordial de las bienvenidas." Primera declaración pública del poeta: "Tienen ustedes en México grandes poetas; quisiera que en Chile los poetas tuvieran, como los de aquí, esa peculiaridad que radica en la forma... Yo no puedo decirles a los poetas de Chile nada sobre ese asunto, porque precisamente yo he perseguido deshacer la forma, la forma que es propia de México.” Vemos que "sus entrelíneas son muy claras. Los poetas mexicanos se dieron por enterados de que Neruda los consideraba apenas unos formalistas. Una tensión se crea desde entonces por unas palabras que Neruda no quiso evitar.” Por esto y otros percances diplomáticos (como cuando insultó en un poema del Canto, al dictador brasileño Getulio Vargas, a la muerte de la madre de líder carioca Juan Carlos Prestes, que no pudo asistir al sepelio por estar en prisión. El poeta eterniza la venganza, llamándole “pequeño tirano, [de] pequeñas alas de murciélago frío/ que se envuelve en el turbio silencio de la rata/ que roba en los pasillos del palacio nocturno”) el epigramista de Excélsior preguntó:
Se reveló que Neruda Con sus poemas ataca, Con sus ataques, destaca, Y Consulado, se ayuda. Entre empeños tan diversos, Tú la consecuencia saques: ¿Libra mejor los ataques, o peor escribe los versos?
Neruda tenía gran influencia de Walt Whitman, el cantor de la grandeza, la democracia y la expansión norteamericana, el Canto General, paradójicamente, será el contracanto libertador de las Hojas de hierba del bardo estadounidense. Las primeras actuaciones públicas del cónsul-poeta fueron a raíz de dos sucesos fúnebres: poemas a la muerte de Tina Modotti y de Silvestre Revueltas; el poeta lee ante la tumba el poema: "A Silvestre Revueltas, de México, en su muerte (Oratorio Menor)". Dice Neruda: “Esta familia Revueltas tiene ´ángel`. En un país de creación perpetua, como el país hermano, ellos se revelaron excelentes y superdotados (...). Una tarde, al regresar de mis trabajos, encontré a un desconocido sentado en la sala de mi casa, en la ciudad de México. Yo no le veía claramente la cara porque se había puesto uno de mis sombreros de paja, pequeño y multicolor, comprado en la Feria. Debajo de sus alas una melena profusa y entrecana protegía su robusto cuello. Más abajo, venían unos hombros de coloso y un traje desaliñado. Junto a él había varias botellas de mi precioso vino chileno, estrictamente vacías. Se trataba del más grande, más original y poderoso compositor de México: Silvestre Revueltas.”
Cuando un hombre como Silvestre Revueltas vuelve definitivamente a la tierra, hay un rumor, una ola de voz y llanto que prepara y propala su partida. Las pequeñas raíces dicen a los cereales: "Murió Silvestre" y el trigo ondula su nombre en las laderas y luego el pan lo sabe. Todos los árboles de América ya lo saben y también las flores heladas de nuestra región ártica. Las gotas de agua lo transmiten, los ríos indomables de la Araucanía ya saben la noticia. … Ahora son las estrellas de América tu patria y desde hoy, tu casa sin puertas es la Tierra...
Poco después funda la revista Araucanía, la cual es suprimida por el Presidente de Chile. El nombre trataba de evitar el juego con la palabra Chile. Era "para dar a conocer la patria (...). Colaboraba en ella desde el Presidente de la Academia hasta don Alfonso Reyes, maestro esencial del idioma", quien siempre fue su aliado. "Debo explicar –diría Neruda- que la palabra Chile tiene en México dos o tres acepciones no todas ellas muy respetables. Llamar la revista 'República de Chile' hubiera sido declararla nonata. La bautizamos Araucanía: Y llenaba la cubierta la sonrisa más hermosa del mundo: una araucana que mostraba todos sus dientes [...] mandé a Chile […] ejemplares [...] al Presidente, al Ministro, al Director Consular, a los que me debían, por lo menos, una felicitación protocolaria". La respuesta fue el funeral de la revista: "Decía solamente: 'Cámbiele de título o suspéndala. No somos un país de indios'. -No, señor, no tenemos nada de indios -me dijo nuestro embajador en México (que parecía un Caupolicán redivivo) cuando me transmitió el mensaje supremo-. Son órdenes de la Presidencia de la República. Nuestro Presidente de entonces, tal vez el mejor que hemos tenido, don Pedro Aguirre Cerda, era el vivo retrato de Michimalonco".[1] Neruda, antes de venir a México, había colaborado activamente en la campaña de este Presidente progresista. En 1943 el Presidente de Chile, Juan Antonio Ríos, visita en México a Manuel Ávila Camacho -de robusta contextura- y este epigrama atribuido a Salvador Novo se publica en Excélsior:
¡Oh, sufrido pueblo azteca! Con tamalada y desfile el Presidente de Chile vino a ver al de manteca...
A pesar de todo, Neruda funda la revista Noticias de Chile. De las dos aparecieron muy pocos números. En la primavera de 1941, en el anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria, pronuncia un "Discurso". Este acto organizado por la A.R.D.E. (Asociación Revolucionaria de Estudiantes) para recibir a dos jóvenes que volvían a México después de una estancia de pocos meses en Chile (asistieron a cursos de verano). Estos estudiantes eran nada menos que Luis Echeverría y José López Portillo -apoyados para la beca por Neruda-; luego fueron Wilberto Cantón y Jorge Espinosa de los Reyes, posteriormente embajador mexicano en Washington.
¡Curiosa mano de Neruda!
La amistad con Andrés Henestrosa y Ramón López Velarde.
Juárez, si recogiéramos la íntima estrata, la materia de la profundidad, si cavando tocáramos el profundo metal de las repúblicas, esta unidad sería tu estructura, tu impasible bondad, tu terca mano. Quien mira tu levita, tu parca ceremonia, tu silencio, tu rostro hecho de tierra americana, si no es de aquí, si no ha nacido en estas llanuras, en la greda montañosa de nuestras soledades, no comprende. Te hablarán divisando una cantera. Te pasarán como se pasa un río. Darán la mano a un árbol, a un sarmiento, a un sombrío camino de la tierra. Para nosotros eres pan y piedra, horno y producto de la estirpe oscura. Tu rostro fue nacido en nuestro barro. Tu majestad es mi región nevada, tus ojos la enterrada alfarería.
El autor de Los caminos de Juárez fue entrañable amigo del escritor de Residencia en la tierra. Cuando iba a ver a Henestrosa para impregnarme más del didxazá (zapoteco), me contaba -de paso- sus andanzas con Neruda cuando el andino estuvo en México de 1940 a 1943. Seguramente la introducción en verso al Canto General, cuando Neruda se refiere a la cultura binizá, tiene que ver con el íntimo compañerismo del escritor istmeño.
Pero anduve entre flores zapotecas y era dulce la luz como un venado y era la sombra como un párpado verde.
Y yo también, que considero a Neruda uno de los tres mayores poetas latinoamericanos, desviaba la plática constantemente hacia los recuerdos sobre éste. “¿Cómo era Neruda?” -le decía-, “Era un hombre con una gran ternura y misteriosamente silencioso” -me contestó Henestrosa-. En esto coincide mi amiga Elizabeth Siefer que escribió una tesis de doctorado para una universidad alemana, sobre el Canto General, y fue invitada a Isla Negra. Neruda estuvo silente, mostrándole su colección de caracoles y el caracol mayor: el mar. Cuando hablaba era como el rumor de las olas profundas elevando una espuma de recuerdos. Neruda siempre decía en público a Henestrosa: “Quien escribió Los hombres que dispersó la danza debe escribir el libro de México”. A menudo disputaban por los libros que querían coleccionar, por los de edición primigenia como buenos bibliófilos. Una vez estando Neruda en casa de Henestrosa, éste comentó que había prestado a León Felipe la edición original de Crepusculario. Neruda se levantó de la mesa y salió apresurado. “Ahorita vengo”, dijo, cuando Henestrosa preguntó a dónde iba. Al día siguiente, cuando Andrés fue a casa de León Felipe a recobrar aquel libro, Neruda ya se lo había llevado. En otra ocasión, mientras buscaban un libro antiguo, encontrándolo Henestrosa, Neruda se abalanzó diciendo: “yo lo vi primero”, y se lo quedó. También se llevó de la biblioteca del oaxaqueño un volumen de las obras de Quevedo, edición del setecientos. Henestrosa vio cómo lo sustraía del librero y se lo llevaba subrepticiamente a la bolsa del saco. “No le dije nada. Al día siguiente me fui a su casa y le dije: Al menos déjame poner mi nombre al libro.” Neruda diría años después que todo coleccionista honrado que se jactara de serlo, había robado alguna vez. Al ser agredido por los fascistas en Cuernavaca, Neruda traía la cabeza vendada; Henestrosa y todos sus amigos (José Revueltas entre ellos) fueron a desquitarse de los nazis. Cuando el bautizo de Cibeles -hija de Henestrosa-, Pablo Neruda prestó su casa que estaba, si no me equivoco, en Mixcoac; según Henestrosa, en esa casa, los exiliados españoles armaron un tremendo desmadre. “Acabamos con la finca. El dueño le pidió a Pablo que devolviera la casa porque habíamos estado alrededor de quinientos invitados, todos enloquecidos con tanto mezcal, con tanto tequila; se subieron a los árboles y los desgajaron; hubo representación de teatro primitivo y teatro griego; actuaron Pepe Revueltas... el propio Neruda...destruimos la finca.” Neruda era tan feo -dice Henestrosa- que en sus fiestas siempre andaba disfrazado para ocultar su fealdad. En una ocasión se vistió de inspector del tren y andaba, de aquí para allá con su uniforme y su gorra revisando lo boletos de los asistentes. Pero esto quizá era un acto poético; recordemos que su padre fue maquinista. El tren y la lluvia, la soledad de los bosques de la Araucanía, eran constantes en la poesía, los ojos y la infancia de Neruda. La lluvia, la ternura, y la inmensidad de la selva donde nació, acompañaban siempre a Neruda que, para escapar de la persecución a que fue sometido por el gobierno de Gabriel González Videla, en 1948, usaba una barba espesa como parte de su disfraz (había sido investido senador en 1945, y el siguiente año recibe la Orden del Águila Azteca). La lluvia era también su traje, su propia larga raíz. Y recordemos que el padre de Neruda siempre estuvo en desacuerdo con el oficio de su hijo, de ahí el cambio de nombre de Neftalí Reyes a Pablo Neruda; su padre fue una figura extraordinariamente significativa para él. Su padre y Temuco lluvioso forman una sola imagen. Neruda andaba en un ululante tren de lluvia escribiendo poemas. Henestrosa escribió alguna vez, extrañando a su amigo, un cuento-sueño que se recoge en Una alacena de alacenas; pero también andan perdidos por ahí, en algunos diarios, dos poemas del distraído Andrés sobre Pablo Neruda. Me encargó buscarlos; a ver si alguno de ustedes los encuentra. Muchos de los libros invaluables y objetos maravillosos (botellas, sextantes, pipas) que reunió en Isla Negra, los encontró en el mercado de La Lagunilla y en el barrio de Tepito; estos lugares, que son como centros de peregrinaje, están en línea recta con La Plaza de Santo Domingo, donde estaba el consulado chileno. Con su sombrero tirolés, Neruda hacía este recorrido los domingos, en busca del misterio en parte revelado, o aflorado por el desgaste de las cosas, por la lengua rasposa del tiempo en los objetos rescatados del naufragio. Pablo Neruda, el aguilucho marino que ahora revolotea su casa de Isla Negra, coleccionaba la eternidad, la rosa pisoteada, arrasada, quemada por los soldados oscuros de la muerte: esta ignorancia no pudo entender que destruía también su herencia salvadora, el precioso legado del testamento de poeta:
Dejo mis viejos libros, recogidos en rincones del mundo, venerados en su tipografía majestuosa, a los nuevos poetas de América, a los que un día hilarán en el ronco telar interrumpido las significaciones del mañana * * * Que amén como yo amé mi Manrique, mi Góngora, mi Garcilaso, mi Quevedo: fueron titánicos guardianes, armaduras de platino y nevada transparencia, que me enseñaron el rigor, y busquen en mi Lautréamont viejos lamentos entre pestilenciales agonías. Que en Maiakowsky vean cómo ascendió la estrella y cómo de sus rayos nacieron las espigas.
Este es el legado para los nuevos poetas: a los mineros les deja su casa junto al mar. Aquí están sus preferencias poéticas (el clasicismo español, el romántico surrealista Lautréamont), quizá el volumen que le tomara a Henestrosa, y está Maiakowsky que Octavio Paz rechazó, porque también impugnó en sus posturas políticas, en nombre de su ideal de libertad individual, a Rivera y a Siqueiros, no sin reconocer “sus grandes dotes” creadoras. Sus diferencias con ellos fueron políticas, morales y estéticas, como con Neruda. Sobre la casa de Mixcoac, “que fue la Villa de los López Velarde” (posiblemente es la casa que era de López Velarde -donde vivió Neruda-. El poeta chileno dice que estaba en Coyoacán (Para nacer he nacido), Gilberto Cantón, Andrés Henestrosa, Luis Echeverría, etc., hablan de la casa de aquél en Mixcoac. Volodia Teiltelboim -su gran biógrafo- tampoco precisa la dirección. Pero puede ser otra y todos referirse a casas diferentes. Luis Enrique Délano refiere lo siguiente: Vinimos en agosto de 1940 transportados por un barco japonés que ancló en Manzanillo. La recepción que se nos hizo fue grandiosa por parte de la intelectualidad progresista de México. Durante mucho tiempo estuvimos viviendo juntos. Primero en el Hotel Montejo, luego en casa de Revillagigedo, y después en una vieja casona, en Mixcoac, sobre la cual se decía que en ella había habitado López Velarde. Recuerdo que siempre fue mucha la gente que visitaba a Neruda. Resulta peligroso enumerarlos, porque siempre alguien se queda en el olvido. Sin embargo de los que me acuerdo muy bien son José Revueltas, en ese tiempo un joven escritor de mucha categoría y que nos obsequiara su libro Los muros de agua. [Y de] otros amigos mexicanos de Neruda que lo visitaban asiduamente […] Juan de la Cabada, Tata Nacho, María Asúnsolo, María Izquierdo, David Alfaro Siqueiros, Alfonso Reyes y otros más. Entre sus amigos españoles en México me acuerdo de Wenceslao Roces, Juan Rejano (…) José Bergamín (…), Pedro Garfías y otros más que acogieron a Neruda con mucho cariño. Te darás cuenta de que entre los mexicanos no nombré a Octavio Paz. La verdad es que Pablo y Octavio fueron muy amigos al principio. Pero después por diferencias políticas y estéticas Octavio Paz dejó de ir a la casa de Neruda y se distanciaron. Nos parece curioso que el mismo pueblo, ahora colonia de la ciudad de México, vivieran, muy cerca, reunidos en el tiempo, tres grandes poetas. Porque aparte de Pablo Neruda, que sintió reencarnar en él el espíritu de Ramón López Velarde, al ocupar su misteriosa casa (esto lo descubrió al habitarla); Octavio Paz creció y pasó su primera juventud en el mismo barrio de Mixcoac, muy cerca de esta residencia. La divinidad tutelar, Mixcóatl, dios de la Vía Láctea: nubeserpiente (de mixtli, nube, y coatl, serpiente), es un dios celeste y guerrero, su cuerpo azul es el firmamento, los círculos blancos en su pecho simbolizan las constelaciones. Este dios, padre de Quetzatcóatl, estaba en el centro del universo, si México, para los aztecas, era el centro universal, el lugar de la casa sería centro del centro. La estadía mexicana de Neruda, pletórica en hechos y matices, quedó inmortalizada en sus Memorias y poemas. Poco antes de la salida del Canto General, publicado universalmente en México en 1950 (lleva ilustraciones de Diego Rivera y David Alfaro Sequeiros, que escribió sobre todo, gracias a la conciencia histórica, de profunda raíz indígena y latinoamericana, que le dio su estancia en México, el Canto nuestra Divina Comedia y nuestra Ilíada, es un libro que me sigue entusiasmando, porque amén del lugar común de que es un libro disparejo, un epítome fallido, por ser –digo- una obra imposible, -¿hay posibilidad para la epopeya en la modernidad y la “posmodernidad”, dónde el individualismo, el Vacío, el súper nihilismo, el cinismo cultural y la desesperación social se reafirman?-, muy pocas tentativas de este tipo podemos mencionar, Borís Pasternak, escribió El doctor Zhivago en prosa, y “no hay movimiento de masas” diría Octavio Paz. Con Omeros de Derek Walcott, se completan los tres únicos intentos de epopeya moderna, epopeyas de la individualidad, la personalidad y del Espíritu. Destaca la intención nerudiana fundacional de un continente, y su perspectiva de lo sagrado, mítica-socio-histórica, más colectiva. Neruda, el aguilucho marino, sabía que el trauma fundamental de Nuestra América es la destrucción casi total de nuestras culturas, de Tenochtitlan a Argentina, y quiso revertir ese nefasto signo. Las tres odiseas retribuyeron con el Nóbel a sus autores, a sus hijos mayores no a sus padres, porque la epopeya engendra a sus propios aedos, ya que es escrita desde el fondo por el pueblo, trasciende –aún en estos híbridos modernos, mucho más que la obra lírica, la individualidad), obra imposible, que me sigue apasionando por eso, porque Neruda la emprendió, a pesar y contra todo, como Hondero entusiasta, con la estatura de la tentativa del hombre infinito, y porque quizá las más grandes obras maestras, en nuestro tiempo, son las obras fallidas, las obras imposibles, las más quiméricas, las necesariamente icáricas o prometéicas, las que aún sabiéndose destinadas al fracaso, emprenden solo los más grandes, los que se atreven, “a cambiar el mundo”, a fundar el nuevo ser, como los padres románticos, a través de la constelación de su vida y su poesía, en este caso, a través de una epopeya moderna, oxímoron total, como el destino luminoso de nuestra poesía actual: su caída es la forma en que obtiene la victoria). Poco antes-decíamos- de la publicación de esta Chansón de Roland, el autor leyó el poema “Que despierte el leñador” en el cine Prado de la ciudad de México. La última parte es uno de los mejores cantos a la paz. El poema refleja muy bien la poética de Neruda en esos momentos, “poética socialista”, poética de entusiasmo y esperanza; el vino, el agua, el trigo y el pan: temas de siempre en la poesía nerudiana surgen ahora pidiendo su alimento: el amor y la belleza. Rosario es alusión hermética (provenzal) a Matilde. El se vuelve a situar más que nada como rapsoda que canta la esperanza de vivir al fin. Así Pablo Neruda continúa los Cantos de vida y esperanza de Rubén Darío, escritos a un año del nacimiento del poeta chileno, continúa la primer poesía antiimperialista de América (el canto “A Roosevelt”), “más Las hojas de hierba, más el anhelo tácito de las razas americanas. En Para nacer he nacido, recuerda a su amigo, el luminoso fantasma: Muchísimos años después me tocó alquilar la vieja villa de los López Velarde, en Coyoacán (…) Logré poner al día dos o tres habitaciones y allí me puse a vivir a plena atmósfera de López Velarde, cuya poesía comenzó a traspasarme (…). Entonces sentí con ansiedad no haber llegado a tiempo en la vida para haber conocido al poeta. No sé por qué me parece que le hubiera ayudado yo a vivir, no sé cuánto más, tal vez sólo algunos versos más. Sentí como pocas veces he sentido la amistad de esa sombra que aún impregna los ahuehuetes (…). Ninguna poesía tuvo antes o después tanta dulzura, ni fue tan amasada con harinas celestiales (…). Pocos poetas con tan breves palabras nos han dicho tanto y tan eternamente de su propia tierra. López Velarde también hace historia. Por ese tiempo, Cuando Ramón López Velarde cantaba y moría, trepidaba la vieja tierra, galopaban los centauros para imponer el pan a los hambrientos. El petróleo atraía a los fríos filibusteros del Norte. México fue robado y cercenado. Pero no fue vencido (…). En la gran trilogía del modernismo es Ramón López Velarde el maestro final (…) Sus grandes hermanos, el caudaloso Rubén Darío y el lunático Herrera y Reising, han abierto las puertas de una América anticuada (…) pero esta revolución no es completa si no consideramos este arcángel final que dio a la poesía americana un sabor y una fragancia que perdurará para siempre. Sus breves páginas alcanzan, de algún modo sutil, la eternidad de la poesía. El estilo en el Canto General, efectivamente, ayuda a vivir a López Velarde “algunos versos más”: Veamos estos versos del Canto General de “México 1940”
Aquellos que borraron bravamente la frontera del predio y entregaron la tierra conquistada por la sangre entre los olvidados herederos, también aquellos dedos dolorosos anudados al sur de las raíces, la minuciosa máscara tejieron, poblaron de floral juguetería y de fuego textil el territorio.
Comparados con los de la “Suave patria”:
Patria: tu mutilado territorio se viste de percal y de abalorio.
Suave Patria: tu casa todavía es tan grande, que el tren va por la vía como aguinaldo de juguetería.
Los endecasílabos son los mismos, con la misma palabra y rima final (territorio, juguetería), rima asonantada también, utilizada por los poetas provenzales, muy cara a Pellicer, quizá aprendida por éste del poeta de Jerez. El adjetivo estilístico juguetería, es muy velardiano. Mantienen estos versos, además, un tono parecido al del gran poema de López Velarde (y el Cuauhtémoc, “el joven hermano” del Canto General, establece fraternidad con el Cuauhtémoc, el “joven abuelo”, de la “Suave patria”). La visión histórica mexicana, de Neruda, profética y fundacional, es (además de la de los muralistas mexicanos de profunda raíz prehispánica), la de Ramón López Velarde: el México “robado y cercenado”, “mutilado”, “no fue vencido”, aún es muy grande.
*www.revista.agulha.nom.br/bh22neruda.htm
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