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Apéndice a «Teorema», de Pier Paolo Pasolini
El primer paraíso era el del padre. Había una alianza de los sentidos debida a la adoración única de algo erecto, en ese mundo que tenía un rasgo solo, como el desierto en un color leonino, caliente de un sexo desconocido como una estrella de la que ha quedado sólo la luz - era la estación del sol. En esa luz naranja y sin fin, en el cerco del desierto como un regazo poderosos, en la ignorancia de las erecciones paternas pero en su calor (casi de toro ingenuo, de hombre esquilado como los jóvenes), el niño gozaba del paraíso: la protección tenía una sonrisa de conscripto, la paciencia de un rey, y Él estaba lejos, o llegaba quizá con una cara levemente irónica, como tiene siempre quien protege al débil, al tierno - que es casi una mujer. El odio surgió de improviso, y sin razón. El niño odió quizá a ese hombre por su excesiva inocencia. El regazo que era como un sol cubierto por nubes dulces y potentes, el regazo de ese hombre lejano, se convirtió en un oscuro fondo de pantalones, quizá perdió vigor, perdió la inocencia equina, no fue más que humano. Y el niño obedeció. Llegó el día que desde la lejanía naranja del desierto, se ven las primeras palmas, la primera pista que se pierde muda entre las dunas. Y el niño perdió el paraíso. El padre le expulsó, castigándole por su deseo de ser castigado: obedeció también él a la obediencia del hijo (¿también él tenía un padre?). Ese primer paraíso quedó así en el desierto de una verde región, o de una pequeña ciudad de provincia - - en las casas con visillos blancos de una abuela paterna, y alturas imposibles, donde para siempre se perdió el calor de la fecundidad del padre muchacho. El niño cayó de cabeza sobre la tierra, perdió el nombre de Lucifer y tomó, a la vez, el de Abel y el de Caín (así fue al menos en las tierras entre el último blanquear del mar y el primer rosa de los desiertos africanos). Era el nuevo paraíso, y en medio de prímulas y violetas estaba la madre con su pelliza pobre con olor de precoz primavera. Como era terrestre, dulcemente terrestre su dulzura de niña, que no tiene horizonte distinto del que los padres, o los hermanos, o el marido le asignan: y resignada, pero llena de fantasía, sueña, más allá de ese horizonte, con tierras sólo más felices, y heroicas, sin atreverse a desearlas para sí, sino deseándolas sólo para ese hijito a su lado, también él todo rociado del frescor de las prímulas. Discurría un río, en ese paraíso, y cada uno puede darle el nombre que quiera, cada uno tiene el suyo, que es siempre el mismo; porque la casa donde la madre y el nuevo padre se alojan después del matrimonio, está siempre en los alrededores de un río. Éste puede discurrir entre una campiña poderosamente verde o entre las dunas de las orillas del mar: o puede ser párvulo entre rocas esparcidas casualmente al sol. No importa. Alrededor de ese río profundo y verde, o parco de agua entre las piedras secas, crecen solos los frutos, y tienen nombres de paraíso, manzanas, uvas, cerezas. Y las flores, las inútiles flores, no montan menos que ellos: y también sus nombres son maravillosos, prímulas, precisamente, o girasoles, o las rosas de zarza, con esos pétalos que se deshacen entre las espinas, o las campanillas de invierno, o las flores de los tilos... También el sol es una criatura amiga, dulcificada por la indefensa idea que la madre comunica al pequeño hijo valiente a su lado; y como nace por la mañana, muere al atardecer, y deja su lugar a esas estrellas que el niño debe apenas ver, y dejar a sus silencios. ¡Pero no todas las madres son inocentes! Y hasta la más inocente de las madres - y no se sabe cómo puede haberlo hecho - está subyugada a lo que para el hijo es espantoso escándalo. Un ruiseñor cantaba desesperado incluso cuando nadie le oía en los márgenes del paraíso. Y el mismo odio sin razón, nacido solo, como un fruto o una flor del paraíso terrenal - renació. Nuestra vida es un necio identificarse con aquellos que algo de inmensamente nuestro nos pone al lado. Fuimos, así, la madre que peca ante el fruto del llanto sin perdón, el fruto desconocido para nosotros, aterrorizados por su misterio que resucitaba los días del padre - anteriores a los del paraíso terrenal. Resplandeció de nuevo el sol del desierto sobre esa pequeña poma humana, meta de pobre garganta. Pero era horripilante, como, precisamente, el sol de otro tiempo, de otro mundo: el habitual sol de cada día se mantenía apartado, segregado como en un repentino diciembre, y el otro resplandecía; canícula y peste; para crear un profundo silencio, y la madre, que era su niño, mordió con maternal inocencia y filial malicia ese fruto estival. En seguida el nuevo padre - que en comparación con el antiguo era como este mísero sol de invierno en comparación con el que resplandecía sobre él, de los Primeros Veranos - siguió su ejemplo, humilde hombre de la tierra, fácilmente tentado y fácilmente corrompido. También con él nos habíamos identificado porque, en cuanto nosotros mismos, no podíamos existir: podíamos existir sólo si éramos el padre, la madre. Pecamos con sus bocas, con sus manos. Y el Primer Padre nos expulsó. Así perdimos también el segundo paraíso. ¡Son dos, por tanto, los paraísos que hemos perdido! Cogidos de la mano de la madre tomamos los caminos del mundo. Lucifer se separó de Abel y siguió su destino acabando en la oscuridad más profunda. Abel murió asesinado por sí mismo en forma de Caín. En suma no quedó más que un hijo, un hijo solo. Esto al menos sucedió en las tierras donde hace doce mil años se produjo la primera inseminación, y, un milenio después de este acontecimiento, fue nombrado un rey amo de los hombres multiplicados, entre el último blanquear del mar y el primer rosa del desierto. ¡Cuánta vajilla coloreada! Tuvimos que ganarnos la vida: esto nos quitó a nosotros, y fue y es el primer infierno - éste, éste, que tú visitas y recuerdas. Pero debajo del infierno hay otro infierno, igual que antes del paraíso había otro paraíso. Y al igual que no puedes tener más que una sombra de memoria de aquel paraíso, no puedes tener más que una vaga sospecha de este segundo infierno: que vives y no sabes, y arrebatas a ti mismo, pobre hijo con una falsa idea de sí, con un insignificante recuerdo de padres envejecidos o muertos, con una vida cotidiana donde el trabajo (salvo los raros casos en que es un ornamento del sexo) es una necesidad de la vida que aniquila la vida.
*www.pasolini.net/espanol_biogr01.htm
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Carlos Rivera
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