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Algunos poemas de Joseph Brodsky
Fin de una época maravillosa
Así como la poesía exige palabras, yo -sordo y pelado, taciturno mensajero de una potencia de segunda categoría- sin querer esforzar mi cerebro, me pongo el abrigo y bajo al kiosco por un periódico.
El viento moviliza las hojas. En estos tristes lugares el opaco calor de viejas ampolletas produce -con la ayuda de algunos charcos- efectos de abundancia. Hasta los ladrones cuando roban una mandarina se encuentran con una envoltura luminosa.[1]
En realidad, ya se me olvido hasta el sentimiento con que me contemplo a mí mismo. En estos tristes parajes todo está planificado para el invierno: sueños, paredes de cárceles, abrigos, vestidos de novia, bebidas y minuteros del reloj. Los gorriones y el barro parecen oxidados, costumbres puritanas. Ropa interior. Y en las manos de los violinistas guateros de madera.
Este lugar es inmóvil. Al imaginar la producción quinquenal de hierro y plomo, uno queda con la mente abobada, y añora el antiguo poder cosaco de bayonetas y látigos. Las águilas imperiales, sin embargo, son atraídas como un imán por el fierro. Hasta las sillas trenzadas están hechas con pernos y tuercas. Solo los peces en el mar conocen el precio de la libertad, pero su silencio nos obliga a construir nuevas categorías y el espacio se despliega como una lista de precios.
El tiempo está construido por la muerte. Cuando requiere cuerpos y objetos busca verduras frescas. El gallo imita al carillón; para quien tiene un carácter sublime resulta lamentablemente difícil vivir en una época de proezas.
Al levantarle el vestido a una mujer bonita encuentras lo que buscas y no un prodigio. Y no ocurre así por seguir los pasos de Lobachevsky2[2], sucede porque el mundo abierto tiene que angostarse en alguna parte, y es aquí dónde yace el fin de la perspectiva.
Tal vez el mapa de Europa fue robado por los agentes del poder, quizás los otros continentes están demasiado lejos o tal vez una hada bondadosa me esta hechizando, y no puedo arrancarme de aquí. Para no llamar a la sirviente me sirvo vino, acaricio el gato.
A lo mejor sería preferible una bala en la sien, así como se apunta con el dedo al error. Tal vez huir de acá a través del mar, como un nuevo Cristo. Borracho y atontado por el frío, no es extraño confundir un tren con un barco, no hay motivo para sonrojarse o para sentir vergüenza: el tren - como una canoa en el agua- no deja huellas en los rieles.
¿Qué dicen los periódicos en la sección de tribunales? Fue ejecutada la sentencia, al imaginar eso el ciudadano percibe -a través de lentes con marcos de estaño- a un hombre acostado cara abajo al lado de un muro de ladrillo. Pero no está dormido, ya que los sueños tienen derecho a despreciar las cúpulas baleadas. Perspicacia de esta época que con sus raíces entrelaza los tiempos, incapaces -en su ceguera común- de distinguir entre los caídos de la cuna y las cunas caídas.
Ese prodigio de ojos claros no quiere ver más allá de la muerte, que pena, hay muchos naipes pero no hay con quien interpelarlos para ver el futuro.
El punto de vista de estos tiempos, es la perspicacia hacia los objetos de una vía sin salida; todavía no ha llegado el momento de derramar la inteligencia, solo un escupo en la pared. Y no despertar al príncipe, sino al dinosaurio.
Para el último párrafo ¡Ay! no arrancaría la pluma a un pájaro. A la cabeza inocente no le queda mas que esperar el hacha y el laurel.
(1968)
Siempre he dicho que el destino es un juego
Siempre he dicho que el destino es un juego. ¿Para que nos sirve el pez si tenemos caviar?. El gótico triunfara como estilo por su capacidad para destacarse sin pinchar. Estoy sentado detrás de una ventana, al lado veo un álamo. Yo amaba a pocos, pero los amaba demasiado.
Creía que el bosque es solo extensión del tronco. ¿Para que necesito una muchacha entera si tengo su rodilla? El ojo ruso descansa en las cúpulas de Estonia, tras un letargo de polvo levantado por siglos. Estoy sentado al lado de la ventana, ya lavé los platos. Fui feliz aquí, ya no lo seré.
Yo escribía que en la ampolleta vive el temor al sexo, que el amor como el acto carece de verbo, que Euclides no sabía que llegando al cono el objeto se convierte en cronos y no en cero. Estoy al lado de la ventana, recordando mi juventud, a veces sonrío, a veces escupo.
Dije que la hoja cuando brota destruye al brote, que la semilla al caer en mala tierra no da frutos, que los pastizales en el campo muestran el manoseo de la naturaleza. Estoy sentado al lado de la ventana abrazando la rodilla, en compañía de mi densa sombra.
Mi canción carece de motivos heroicos, por suerte no es posible cantarla a coro. No es raro que debido a estas palabras nadie se atreva a palmotearme la espalda. Estoy sentado al lado de la ventana, en la oscuridad, como en el tren, el mar suena tras las cortinas.
Soy ciudadano de una época desvalida, me reconozco con orgullo como un producto de 2da categoría, regalo mis mejores pensamientos al futuro, como ejemplo de lucha contra el ahogo. Estoy sentado en la oscuridad de una pieza y no es peor que la oscuridad de allá afuera.
(1971)
De ninguna parte, con amor
De ninguna parte con amor, algún día, algún mes querida y respetada linda, pero no importa quien eres; ¡al diablo, que ya no me acuerdo de tu cara!. Un amigo fiel -ni tuyo ni de nadie- te saluda, desde uno de los cinco continentes apoyado por los cowboys; yo te amaba más que a los ángeles y que a mi mismo, y por eso ahora estoy más lejos de ti que de ambos.
Tarde en la noche, en el fondo de un valle dormido, en una ciudad cubierta con nieve hasta la manilla de la puerta, retorciéndose en la sabana -nada se dice de esto más abajo- estoy clavando el cojín murmurando la palabra "tú", detrás de mares sin fin, yo, como un espejo insensato, repito tu silueta con todo mi cuerpo. (1975-76)
Investigador del Polo Norte
Hasta los perros de trineo han sido comidos, en su diario ya no quedan páginas en blanco, mostacillas de letras cubren la foto sepia de su esposa, en su mejilla pego una fecha dudosa. Luego, la foto de su hermana; tampoco tuvo piedad con ella: se trata de un descubrimiento muy importante ¡en nuevas latitudes! Mientras tanto la gangrena poniéndose negra trepa por su muslo como la media de una bailarina de varieté.
(1978)
Estuve en una jaula
Estuve en una jaula en el lugar que debió ocupar un animal salvaje. Con clavos talle mi apodo y el plazo que me quedaba por cumplir.
Viví junto al mar y jugaba a la ruleta, cenaba con cualquier pajarraco vestido de frac. Observaba el mundo desde la altura de un Iceberg, tres veces me ahogue, dos veces estuve crucificado.
Abandone el país que me había nutrido. De los que se olvidaron de mí se podría hacer una ciudad. Vagué por estepas que conservan en su memoria el alarido de los Hunos, me vestía con lo viejo que mañana estará de moda, sembraba cebada, me cubría con cartón y bebía todo lo que me pusieran por delante. Deje entrar en mis sueños la pupila vigilante que acompaña el convoy, mascaba el pan del exilio sin dejar migas, me permití todos los sonidos excepto el aullido, luego pase a hablar en susurros.
Ahora cumplí cuarenta años.
¿Qué puedo decir de la vida? Que resultó ser larga. Únicamente con el dolor me siento solidario, pero hasta que me tapen con greda la boca, de ella solo saldrán agradecimientos.
(1980)
*Poemas obtenidos de la página www.cyberhumanitatis.uchile.cl/CDA/creacion_complex2
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Carlos Rivera
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