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Algunos poemas de Carlos Barbarito
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Algunos poemas de Carlos Barbarito



Nos estamos muriendo.

Andamos por la densa niebla tocando la última
cuerda de un violín que nos pertenece, solos entre
inmensos carteles de angustia, creyendo hablar o
besar cuando en verdad agonizamos de espaldas
y sin remedio.

Mientras el vinagre fluye, y el ácido fluye, y hasta
el veneno, atados a un adverbio, a un alfiler de corbata
morimos. Ciertas manchas, de polvo o de fósforo,
cierto harapo de riguroso lunes, cierta hebra de morfina
necesaria, nos arrastran aunque estemos durmiendo y
nos ponen desnudos ante el destino.

Morimos de sellos, de eternos dolores morimos, de
palos y concilios morimos, sin mares lunares, sin pájaro
en el hombro, sin una línea de garabato. Qué manera de
estarnos muriendo. Rueda de miseria dentro de rueda.
Orfandad y silencio.

El día pesa como difunto en las espaldas y hasta la
Filosofía es un niño que llora arrodillado en las puertas
de la tierra.

Nos estamos muriendo y nada de Lázaros.






CABALLOS


La vida se compone de encuentros y abandonos:
una luz de una vela alumbrando un rostro
y luego oscuro, un pájaro
rozando una piedra con su pico
antes de reemprender el vuelo.
Bajo las olas del mar nos abrazamos,
bajo las olas del mismo mar
nos quedamos solos,
como caballos en la lluvia,
como pesados carros en el lodo;
y al amor sobreviene siempre
una cruz de sangre pintada en una puerta,
un cortejo de encapuchados
diciendo nuestros nombres
por las diez mil calles de la peste.
Yo, como todos, debo ser residuo de una forma
que nos fue arrebatada, de algo
que era como un enloquecido zumbido de abejorros,
no esto, la lluvia calándome los huesos,
el látigo golpeándome la espalda,
un carro del que tiro sin moverlo ni un poco
y tu boca, ardiendo como una estaca pero lejos...






PAGINAS DEL POETA FLACO


Quien siente dolor en los huesos como
yo no tiene sino que pensar en mí.


entró en el hospicio, baboso, desdentado, vacilante
una sensación de quemazón ácida en los miembros,
músculos retorcidos y como al rojo vivo,
el sentimiento de estar en vidrio y frágil
se dejó caer, definitivamente vencido, sobre el camastro
una fatiga demoledora y central, una especie de fatiga aspirante,
una especie de fatiga de muerte, de fatiga de espíritu
a lo lejos, los lentos animales nocturnos mutaban sus formas
adquirían alas, ojos acostumbrados a la luz
los pájaros se convertían en hombres y los hombres en pájaros
pero él ya no podía darse cuenta de ello
ni siquiera del resplandor que entraba por el tragaluz
la oscuridad se hacía profusa y sin objeto,
el hielo ganaba la claridad.





MENINAS



Doña Isabel de Velazco dice

No hay peor infierno que morir intacta.

Y en ese infierno estoy desde hace horas o días o
años, esperando sin esperanza desde los glaciares
de mi vientre que vengan los lobos y me desgarren
a voluntad esta carne que se obstina en seguir
prendida a mis huesos para recordarme mi condena.

Desde mi corazón de mica, espero sus afilados
dientes, sus olores a almizcle, sus uñas jamás
cortas, sus feroces sacudidas. Y yo, o estos
despojos que son ya y ya no yo, deshaciéndome,
disolviéndome entre esas garras y esos dientes
con la infinita felicidad de quien se extravía por fin
junto con su angustia en las ciénagas del olvido.

No hay peor infierno que acabar entera, sin haber
mordido las sábanas en un cuarto bajo los relámpagos,
sin haber sentido surgir de adentro un furor de sangre,
sin haber temblado como poseóda bajo el peso bello
y tremendo de una demencia sin muerte, de una
peste sin muerte.

Sola, bajo la tierra, perseguida por las mismas
visiones que me atormentaron en la larga agonía
junto a las gasas y los cirios: lentas sombras obligadas
a reunir su hacienda con migajas, con dientes de perro,
con biznas de pasto -yo, una de esas sombras- y a
dejar la miserable herencia a un mundo que exige
incendios, golpes de olas, ágiles leopardos.

Yo, la cobardemente pura, pido perdón a Dios.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
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